Queridos Reyes Magos…
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que aquella niña con mejillas sonrosadas os confesaba sus deseos por Navidad. Si no fuera porque sois sabios y magos, es posible que ya no reconocierais en mí a la misma persona que con tanta ilusión y confianza se dirigía a vosotros. Hace tantos años que no os escribo que debo comenzar pidiendo disculpas.
Os confieso que nunca dejé de creer en vosotros. No fue un desengaño acerca de vuestra existencia lo que hizo que dejara de dirigiros mis cartas, sino un absurdo engaño en el que caí. Pensé que ya era mayor para estas tonterías. Que la vida tenía suficiente dosis de sufrimiento como para madurar. Creí que había que tomarse las cosas en serio y eso significaba renunciar a los sueños. Que debía conformarme con la realidad sin esperar nada mejor.
Mucho antes de entrar en el convento había abandonado la costumbre de escribiros. Con el hábito religioso pensé que la renuncia debía ser definitiva. ¿Qué tipo de fe, formal y seria –como quería que fuera la mía−, os incluiría? ¿Podía una monja de una Orden de grandes lumbreras como es la de los dominicos reconocer su ilusión por la llegada de los Sabios de Oriente? Y si vuestra llegada se reducía a los presentes con que nos obsequiabais… ¿Qué se le iba a regalar a una religiosa con voto de pobreza, vida común y clausura? Definitivamente, debíais pasar a mejor vida. Enterraros en el baúl de los recuerdos. Encerrar los sueños en el cajón de lo imposible. Y domar la ilusión con el látigo de lo razonable.
Identifiqué la insensatez con la ingenuidad, y me protegí contra ellas a golpe de realismo. Confundí la responsabilidad con el esfuerzo y, el día que dejé de creer en vosotros, dejé de creer en la Gracia. Vosotros, Majestades, sois la representación de lo que no nos merecemos. Sois la personificación de los regalos que la vida nos da sin esperarlo ni haber hecho méritos para ello. Sois el amor que no reclama ni un ¡Gracias! La ternura que no pide que se devuelva. Sois la parte inútil de la existencia, como el papel de regalo que abarrota las papeleras la mañana del 6 de enero; el derroche del cariño que disfruta con la expresión en el rostro del otro, y nada más. Sois la generosidad que multiplica milagrosamente lo que tiene y discurre e inventa el modo de hacer feliz.
Debo agradeceros los innumerables regalos que, a lo largo de estos años, sin querer reconocerlo, me habéis hecho llegar. En el silencio de la noche, sin dejar huellas, vuestros presentes fueron apareciendo puntuales. Con su cartel, para que no dejara de darme por aludida. Eran para mí; pensados a mi medida. Algunos de ellos hubieran estado en la hipotética lista, si os hubiera escrito. La gran mayoría, también es cierto, superaron cualquier expectativa, plan, o idea: jamás se me hubiera ocurrido pedirlos. Algunos me extrañaron. Al abrirlos, me desilusionaron, pero me conocíais, y ahora me doy cuenta que incluso esos –sobre todo esos− eran para mí, y para hacerme feliz. Cuando pensaba que ya había cubierto mi cuota de lo razonable, aparecía otro nuevo paquete a mi nombre. Debía disimular. Hacerme la fuerte, la que no se emociona ni está intrigada por el contenido. La que, en la mañana de la Epifanía, disimula que sigue durmiendo, como si los nervios no la estuvieran consumiendo. ¡Ya somos mayorcitos!
Queridos Reyes, con frecuencia he escrito en este blog que debemos dejar de intentar hacernos un dios a nuestra medida. Esta Navidad he contemplado el tamaño de este Dios y es el de un niño. Y me he dado cuenta, que somos nosotros lo que debemos hacernos a Su medida: ¡niños!
Por eso he vuelto a dirigirme a sus Majestades, con ordenador y sin tantas faltas de ortografía, pero la misma de siempre. Y con ilusión os enumero a continuación lo que quiero que me traigáis en este año 2025. Como he sabido que hacen ahora, al lado de cada regalo os comparto el link en el que podréis conseguirlo, para facilitaros el trabajo:
Quisiera un poco de la disponibilidad de la Virgen María; algo de la humildad de san José; y de la ecuanimidad de santo Domingo. Un poquito de la pasión por las almas de santa Catalina de Siena; del talante contemplativo y místico del Beato Susón; del humor de santo Tomás de Aquino; de la capacidad de servicio de san Martín de Porres; y de la apertura de mente de san Alberto Magno. Me gustaría un poco de la fraternidad del Beato Jordán y la Beata Diana y también, si queréis, algo de la valentía de san Melchor de Quirós. Os agradecería la discreción y elegancia del próximo santo Pier Giorgio Frassati y la capacidad de sufrir sin desesperar ni amargarse de santa Margarita de Citta di Castello. En realidad, os pediría muchas cosas más, pero sé que debéis repartir, que tenéis mucho trabajo y que debemos ser generosos, sin querer acapararlo todo. Creo que podría resumir mi lista pidiéndoos un poco de la caridad que tuvieron y de la alegría que les caracterizó a todos ellos.
También sé que sois magos y sabréis cómo alcanzarme lo que os pido, así como encontrarme. En todos estos años, nunca os habéis despistado con mi dirección.
Os espero, Majestades, con la ilusión de los niños y el agradecimiento de los pobres.
Sor Teresa Cadarso, OP
