Religión

Adviento para insomnes

¡Levántate, resplandece, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Is 60, 1

La noche nunca ha sido un lugar demasiado seguro. En la medida en que avanza la historia y la tecnología, lo nocturno intenta siempre ser domesticado, pero nunca se ha logrado del todo. Algo hay en ese tiempo de oscuridad que no termina de cerrarnos.

Sin embargo, los seres humanos estamos configurados con la noche. Los ritmos de sueño, descanso y quietud son cada vez más valorados en una vida que necesita de equilibrios. Uno de los mayores artilugios humanos ha sido el de iluminar artificialmente la oscuridad, aunque nos ha llevado a arrinconar la noche necesaria para reponernos de lo diurno. Nos asusta, pero la necesitamos.

Esta relación entre nosotros y la noche nos abre al descanso, pero también a los miedos más hondos. No hay películas de terror que no tengan su culmen en escenas medio oscuras y después de la medianoche. Los cuentos para dormir eran una manera de esquivar las angustias que lo oscuro nos podía traer a la conciencia.

Tal vez la oscuridad y el silencio nos recuerdan la muerte y sus peligros. El sueño solo se consigue si cerramos los ojos y nos abandonamos a otro estado, del que no tenemos suficiente control. El insomnio, cada vez más recurrente, tal vez es una manera de no soltar el control que el miedo a vivir algo indeseable nos provoca. La noche también es necesaria para descansar de nuestra propia complejidad. La noche nos configura.

El Adviento nos lleva a una noche. En medio de la intemperie oscura de una noche cualquiera, Dios es “dado a luz” en la fragilidad de algunas y algunos que están habituados a la aspereza de los tránsitos nocturnos. En Jesús, Dios ha decidido entrar en todas las noches, haciendo su morada en todos los miedos y hostilidades.

Este Adviento puede ser ocasión de entrar en la noche. No para perdernos en la oscuridad, sino para descubrir el hilo de esperanza que Dios traza en ella. Necesitamos despejar la mirada, atrevernos a lo inexplorado y, sobre todo, confiar en Aquel para el cual “la noche es clara como el día” (Sal 139). Su modo de iluminar es a través del calor y la sencillez de un niño nacido en la pobreza de los márgenes más oscuros. Si nos atrevemos un poco, también pueden ser los nuestros.

¡Feliz Adviento en tu noche!

fr. Ignacio Castro Ortega op