Opinión

Decir Adiós

Supongo que, como todos, recordamos bien eso de niños que tus padres, o tus hermanos, o lo tíos o los abuelos, o el peluquero o el panadero o el señor del quiosco, vamos “los mayores”, cuando eso de educar era algo bien visto, y se hacía entre toda la comunidad, digo que seguro recuerdan cuando te decían que se saludaba correctamente: la importancia de decir hola al llegar al llegar a un sitio, y adiós al dejarlo.

Recuerdo también una frase de Madame de Staell que decía que la cortesía cuesta poco y gana mucho, y otro de esos apócrifos atribuidos a Oscar Wilde -se non e vero e ben trovato-, que dice que la medida de la civilización de una sociedad es la educación de sus integrantes. Del libro Agua y Jabón de Marta Riezu, me resuena también especialmente estos días la conexión entre educación y cortesía, y elegancia.

Y digo estos días, porque justamente me toca despedirme de algunas realidades que han sido importantes (¡y mucho!) en estos años para mí, y no puedo dejar de darle vueltas a la importancia de decir adiós, y de hacerlo de la mejor manera posible.

Decir adiós implica una toma de conciencia de que no somos imprescindibles en ningún sitio, aunque desde luego mientras estamos seamos necesarios. Supone una toma de conciencia con uno mismo, de nuestra limitación y finitud, y bien acogida, con un agradecimiento por ello: ¡menos mal! Seríamos totalmente insoportables sin ellas.

Bien dicho, un adiós obliga a hacer balance de cómo ha estado uno en un determinado lugar: de logros y errores, de aciertos y fallos, de éxitos y fracasos, de alegrías y decepciones. Es un sano ejercicio de verdad y de humildad que identifica lo bien hecho, y lamenta lo mal hecho.

Decir adiós bien, o así creo yo, supone también renunciar a señalar errores de otros, sus desaciertos, malas acciones, faltas de consideración, egoísmos o hasta daños y heridas infringidas. El tiempo coloca a cada uno en su lugar. Y si uno quiere irse de un sitio con elegancia, lo mejor es ni mencionarlas. No hace falta. Nada hay oculto que no se descubra, y no debe ser uno quien apunte contra otros cuando se va de un lugar.

Para decir adiós bien es imprescindible un ejercicio de gratitud y de memoria. Los proyectos, las vidas, se construyen siempre siempre con otros, y lo que uno haya hecho de bueno, lo que uno haya podido organizar o sacar adelante, es siempre gracias a otros. No hay proyecto nunca de uno mismo en exclusiva. Dependemos siempre de otros, otros nos hacen ser, otros nos construyen, y cuando uno se tiene que ir de un lugar, agradecerlo es imprescindible.

También decir adiós obliga a pedir perdón por lo que uno haya podido hacer que a otros les haya causado daño, dolor o sufrimiento. Desde luego si fue sin desearlo, pero más aún si fue de forma consciente. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. También por aquello que no supo o no quiso o no le dio la vida hacer, y que de algún modo, causó perjuicios. Es obligatorio para decir adiós bien dicho, hacerlo. Reconocerse en la verdad.

Decir adiós bien también supone emocionarse, y romperse un poquito por dentro, y saber que echarás de menos cosas, ritmos, planes, lugares. Gentes especialmente. Con sus nombres propios. Aquellos que se han hecho un poquito tuyos, como tu un poquito suyos. Vamos, que decir adiós obliga también a alguna lágrima, porque donde hay afecto, cariño, amor, cuidado, y hay pérdida, hay siempre emoción y corazón. Malo si al irse de algún sitio nuestro corazón no se resiente, porque entonces no habremos puesto siquiera parte de él allí.

Decir adiós, y para un religioso obviamente de una forma particularmente más señalada, es reconocer que la itinerancia, el cambio, el ir a otros lugares donde puedas dar y tener también vida, es parte natural de la existencia. O de las opciones elegidas. Como Jesús de Nazaret, allí donde se te necesite, sin (metafóricamente) casa ni nido ni almohada para reposar. Eso de salir de la “zona de confort”, no porque esta sea mala -no lo veo yo…- sino porque puedas quizás echar una mano en otros lados a que haya más vida, más reino, más evangelio y más Dios.

En fin. Que me temo que decir adiós es un arte que no tengo nada perfeccionado, pero que me preocupa hacerlo bien, que me gustaría hacerlo bien, y que, intuyo, la vida seguirá instruyéndome en él.

Fray Vicente Niño Orti, OP