¿Ves?
Todos los años desde hace algún tiempo, los jóvenes del Movimiento Juvenil Dominicano (MJD) organizan la Pascua Rural en Caleruega y sus alrededores. Es una forma de vivir los días santos del Triduo y, al mismo tiempo, prestar un servicio a las comunidades cristianas de la “España rural”. Por las mañanas tienen formación y por las tardes se reparten en grupos para preparar la liturgia y celebrarla en los pequeños pueblos que les han adjudicado. La primera noche, en el coro de las monjas, se celebra la oración de envío. Algunos a los que conocimos siendo novios, llegan ahora con sus niños en brazos, otros nos anuncian sus nuevos trabajos o nos presentan a su pareja. Desde el otro lado de la reja, hemos crecido juntos como jóvenes en el carisma dominicano.
El año pasado me pidieron que les impartiera el taller de formación del Viernes Santo. El título me lo dieron hecho: Habitar el dolor. Al final del mismo, tenía que proponer algún tipo de pregunta o dinámica que propiciara un intercambio entre los asistentes. Como no tengo formación pastoral ni del sector de la educación, ese punto me costó especialmente. Ni tengo ideas ni me adapto con facilidad a esos contextos. Después de darle muchas vueltas, se me ocurrió proyectarles una escena de la película de La Pasión (de Mel Gibson) y formularles una pregunta que me había hecho muchas veces. En realidad, no tenía una respuesta concreta así que lo hacía pensando en que el diálogo entre un público tan variado como el que me encontraba podía aportar interesantes perspectivas –más que pretender darles yo ninguna solución.
La escena en cuestión era el encuentro de Jesús con su Madre camino del calvario. En ella, María consigue zafarse del gentío y aterrizar junto a su hijo, caído en tierra bajo el peso de la cruz y con el rostro desfigurado de dolor. «Estoy aquí», le dice ella, como en los flashbacks que muestran a un Yeshua siendo niño. Jesús, lleno de sangre, condenado a muerte, la mira y contesta con una frase del libro del Apocalipsis (21, 5): «¿Ves, madre? Yo hago nuevas todas las cosas». Mi pregunta era: ¿Qué narices pinta ahí esa frase? ¿un fracasado, moribundo y condenado puede afirmar tal cosa cuando va camino de su ejecución? ¿A qué se refiere? ¿No es el sufrimiento una de las pruebas más evidentes de que todo sigue igual, que seguimos siendo igual de crueles y que el mundo sigue siendo un lugar igual de injusto?
El viernes pasado estábamos meditando el Vía Crucis y llegó el turno de la IV estación: Jesús se encuentra con su Madre, camino del calvario. En un segundo, sin saber cómo, mi memoria proyectó el rostro desfigurado de Jesús diciendo: «¿Ves? ¡Yo hago nuevas todas las cosas!». Y me estremecí.
Había pasado casi un año desde aquella charla. Pero no un año cualquiera. Un año en que me había tocado habitar el dolor en muchas de sus formas. 12 meses en los que, a ritmo acelerado, había ido cayendo todo a mi alrededor: la salud mía y de personas muy queridas; la fortaleza y los recursos físicos y también mentales en variadas proporciones; la estabilidad; la vida de alguien en quien me apoyaba, el aprecio de personas con quienes creía que podía contar; la admiración por quienes pensaba que estaban libres de intereses personales. Aun peor: había caído por tierra lo que creía que era mi misión, mis perspectivas de futuro y, lo más terrible, mi relación con y mi idea de Dios. Todo había ido derrumbándose sin poderlo evitar. Poco a poco, sin saber cómo ni por qué, las circunstancias me habían ido despojando de lo que amaba, de lo que me confería seguridad, certezas o apoyo. No de todo, ni de todos, -¡gracias a Dios!- pero sí en una proporción que me había hecho tambalear.
El sufrimiento tiene la capacidad de ponerlo todo patas arriba y cuestionar hasta la idea más arraigada. Es imposible nacer de nuevo sin morir de alguna manera. No se puede cimentar el edificio de nuestra vida sin derrumbar el que nos hemos construido sobre arena. No nos podemos revestir de Cristo sin despojarnos de la vestidura del hombre viejo. El manantial no puede brotar si no es removida la tierra que lo ahoga dentro de nosotros. Pienso que quizá sea ese el sentido de esa frase ahí, en pleno calvario. El sufrimiento nos desnuda, para hacer de nosotros una criatura nueva. La cruz nos desarma, para que conozcamos un Dios que nada tiene que ver con nuestras ideas. Nos duele que nos arranquen tantas cosas en la misma proporción en que nos hemos apoyado en ellas. No nos desestabilizaría tanto perderlas si no las hubiéramos absolutizado. No nos humillaría tanto el recorrido si no nos moviera tanto el orgullo de creer que nosotros escribiríamos mejor nuestra historia.
Desde luego, existe el riesgo de quedarse en el camino. Es muy real el peligro de que se derrumbe la ridícula construcción de nuestra existencia y nos hundamos con ella, sin llegar a resurgir de nuestras cenizas. Es el silencio del sábado santo: ¿y si todo ha sido un engaño? ¿y si Dios no sale victorioso por nosotros? ¿y si hemos sido unos ingenuos y hemos dado la vida por un absurdo? ¿y si estábamos equivocados?
Supongo que es cuando más hay que aferrarse a lo que nos ha dicho: «Yo hago nuevas todas las cosas». Lo está haciendo. Aunque no podamos verlo todavía. Y, pasado este día, como Job después de ser despojado de su familia, su salud, sus bienes y su idea de Dios , exclamaremos:
«Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible. Dijiste: “¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla?”. Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión. Dijiste: “Escucha y déjame hablar; voy a interrogarte y tú me instruirás”. Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42, 2-5).
Sor Teresa Cadarso, OP
