Solidaridad

El valor del testimonio

En los últimos tiempos, mucho se habla del consumo de información… yo diría del consumismo de información. Cada vez tenemos acceso a más información, tenemos todo lo que queremos – y lo que no queremos – a golpe de click, y cada vez siento que sabemos menos.  No pienso en un saber académico (que por sembrar un poco de polémica diré que también), sino del saber de la vida, de lo que sucede en nuestro entorno, de cómo nos afecta, o cómo lo afectamos nosotros. Quizá este sea otro problema, que nuestro entorno es cada vez más tecnológico y menos personal. Creemos que podemos trasladar nuestras relaciones al plano digital y, aún reconociendo todo lo que ayuda, en el fondo soy más de la vieja escuela.

Hace unos días, con grupos de niños y adolescentes, estuvimos trabajando la sensibilización sobre los derechos humanos, especialmente en lo que a migrantes y refugiados se refiere. Y fue aquí en donde este pensamiento de la información, la formación y el testimonio se posicionó (nuevamente) en un primer plano.

Me llamó fuertemente la atención que, durante las primeras conversaciones, parecía que estos temas no iban con los chicos. Daba la sensación de que eran cosas que salían en la tele, o que encontrabas en internet, pero no tanto que se tratara de una situación que les afectara de lleno. Este planteamiento me resultaba francamente incómodo. Seguramente no era mala intención sino “la dinámica de su vida”. Así que intenté romper esta frialdad (aparente) con una pregunta: De los que estamos aquí, ¿quienes nacimos en un país que no es España? Casi la mitad levantamos la mano, yo incluida. Les pedí que se giraran a mirar. No estaban descubriendo una información nueva, se trataba de sus propios compañeros, pero la mayor parte de las miradas fueron de asombro. Un dato que tenían delante todos los días y al que no prestaban mucha atención. Todos los que levantamos la mano, en algún momento, fuimos migrantes. Ahora bien, captada la atención, teníamos por delante varios días de charlas, actividades y testimonios desde diferentes perspectivas. Cada una de ellas tuvo sus aspectos positivos, pero hubo una que se llevó la palma: el testimonio de migración de un chico de 18 años.

A la hora que habíamos quedado, apareció un chico alto, guapo, sencillo, y muy simpático. En el camino a la sala en donde sería su charla, nos cruzamos con un grupo de niños pequeños con quienes se detuvo a hacer alguna broma, metiéndoselos en el bolsillo de inmediato. Me sorprendió su tranquilidad, su buen humor. Quizá tenía tan metida en la cabeza la idea de que su testimonio era duro, que me había olvidado de la posibilidad de la alegría.

Compartió su testimonio de migración con un buen grupo de adolescentes. La historia efectivamente era dura, pero nos la contó con sencillez, compartiendo de corazón, sabiendo que lo que no se comparte y no se visibiliza, para muchos, es como si no existiera, y el drama de tantos migrantes necesita continuar siendo visibilizado a todos los niveles. Hubo muchas preguntas, con alguna respuesta no pudo evitar emocionarse. Hubo silencios profundos pero a la vez muy elocuentes. Por supuesto hubo momentos más distendidos y hasta aplausos cuando se tocó el tema fútbol.

Durante este rato, logró que todos cayéramos en la cuenta de que hay muchas realidades de las que pretendemos ser ajenos, nos conformamos con un simple “si yo no puedo hacer nada”, y cambiamos de tema, pasamos al siguiente vídeo, a la siguiente noticia… Nos hizo abrir los ojos ante dramas y violaciones de derechos humanos que no imaginábamos que en pleno siglo XXI fueran siquiera concebibles, pero desgraciadamente siguen existiendo. Este tiempo compartido fue muy rico, nos ayudó a abrir mucho los ojos y el corazón, y a entender que si no somos parte de la solución, callando o mirando para otra parte, somos parte del problema.

Hubo dos momentos que calaron especialmente hondo en el grupo. Le preguntaron si, con todo lo que había vivido, volvería a hacerlo… y tras un silencio dijo “lo que he vivido no se lo deseo a nadie, yo no lo volvería a hacer”. También alguien le pidió un consejo para el grupo, y nos sorprendió a todos diciendo que el mejor consejo que podía dar a otros chicos casi de su edad es que escucharan a sus padres, a sus profesores, que aprovecharan la oportunidad de estudiar y de vivir y compartir con sus familias.

Este testimonio caló y lo hizo muy hondo. Nos abrió los ojos a la realidad, a una realidad cruel que no deseamos a nadie, pero ante la cual no podemos voltear la vista a otro lado. Espacios compartidos como este tienen un valor infinito, te (des)colocan, te abren los ojos, incluso te dan la lección de que, a pesar de las dificultades, es posible sonreír, trabajar para sobreponerse, reconstruirse, y luchar por un futuro mejor.

Gracias por compartir desde el corazón. Ahora ¿qué vamos a hacer? ¿qué vamos a cambiar?

Mónica Marco, CSD

Imagen: Documental «Fronteras» de David Naval en www.davidnaval.com