Religión

Las JMJ

¿Cómo te ha ido en las JMJ? Es la pregunta obligada al regreso de pasar diez días con trescientos jóvenes de la Familia Dominicana de España en Lisboa.

Y hay distintas maneras de contarlo.

Una la que cuenta las anécdotas. Dormir en un polideportivo en el suelo, con duchas y baños compartidos; colas en cada sitio para hacer cada cosa; inmensas bullas y cantos y alegrías por todas las calles con una ciudad tomada por los jóvenes peregrinos; caminar bajo el sol, o esperar bajo el sol, o celebrar bajo el sol; trenes y tranvías y autobuses en los que no cabía ni un alfiler y recordaba a las imágenes esas del metro japonés con trabajadores que apretaban para cerrar puertas; largas horas aguardando para los momentos de encuentro con el papa Francisco; la noche de la vigilia, en un campo de tierra, más de un millón y medio de personas, como si estuviéramos en un campo de refugiados -a eso recordaba, aunque desde luego nada tiene que ver la experiencia, válgame Dios, no desearía frivolizar con esa realidad…-; la de comer cualquier cosa en cualquier sitio y casi siempre con prisa; la del encuentro entre jóvenes de naciones y lenguas distintos como si fuesen parte de una inmensa familia que intercambiaban cualquier cosa -pulseras, camisetas, banderas, pines, comidas típicas de su nación…- a modo de recuerdos; los inmensos mares de banderas de cualquier punto del planeta; las risas, los cantos, las conversaciones, los autobuses…

También la que saca claves de esas anécdotas: que hay una juventud que no vive solamente en la comodidad o el ocio digital y que es capaz de seguir haciendo cosas con sentido aunque supongan incomodidades; que es capaz de reunirse en número de millón y medio y no darse ningún altercado, violencia o agresión; que entiende la fe desde la alegría, la vitalidad, y el disfrute; que se relaciona con otras culturas y naciones desde la cercanía, la curiosidad, la apertura y el encuentro de paz; que escucha al Papa y se siente interpelada por lo que dice (¡no tengáis miedo! ¡escuchad a Dios y al mundo! ¡brillad con vuestra vida!), comprendida por lo que ora (el sufrimiento de los jóvenes, las amenazas que les acechan, los estados de ánimo de duda, o de angustia, de culpa o de tristeza…), y se siente reconocida en lo que Francisco lanza como forma de ser Iglesia (¡todos, todos, todos!); una juventud capaz de caer en silencio de adoración -¡un millón y medio de personas!- ante el santísimo, porque ha ido al encuentro con el Señor…

Está también la forma de verlo que tiene una voz radicalmente opuesta al encuentro y que habla de poca sacralidad en espacios, ornamentos, músicas o actitudes, y que casi que por sistema, por opción, por planteamiento religioso, eclesial, teológico o ideológico, se niega a ver algo positivo en la JMJ. Mucho se ha dicho ya al respecto y no pondré más voz yo a eso.

Hay también la que tiene una mirada crítica del evento aun habiendo participado en él, que ve con cierta tristeza cómo pareciera una moda eso de las JMJ entre los jóvenes españoles que acuden al rumor de la masa y de las canciones casi como si fuesen con la pandilla de Tamara de concierto… Conciertos que en vez de ser de Taburete eran de Hakuna, pero con un aparente mismo ambiente, estilo y hasta look. Algo he podido intuir similar entre los franceses, poca hondura en su manera de vivirlo, pero quizás en menos número. Esto de la sociedad globalizada puede que apunte a que muchos otros (México, Italia, Chile, el mismo Portugal…esos percibí yo) lo viviesen así. Aunque hay también que reconocer que sin que fuesen pocos, tampoco era la inmensa mayoría de los peregrinos patrios… pero sí muy ruidosos.  Muy llamativo también, en eso de lo ruidosos, como entre los españoles saltaban gritos de corte político -supongo que por el marco político electoral que llevamos viviendo en los últimos meses- que apunta no exactamente a votantes de Pedro Sánchez… si es que podían votar, todo sea dicho. Y además en ese grupo – ¿minoritario? ¿muy ruidoso? ¿muy llamativo? – pareciera se tendía a un aparente estatus económico y social quizás por encima de la media. ¿Es decir eso que las JMJ es sólo para ricos? De ningún modo. Muchos chavales llevan mucho tiempo ahorrando e ingeniándoselas para cómo conseguir el dinero para ir y estar allí. Ese ruido no eran mayoría, pero sí eran bastantes, y habla -también en la Iglesia está y el papa lo avisa…- de un exceso de mundanidad y de connivencia con precisamente no lo mejor de nuestro mundo… Si hablamos de ruido y de crítica, imposible pasar por alto aquellos grupos eclesiales que se sienten que por estar en camino y danzar en círculos, son especiales, distintos, que todo pueden y todo merecen sin respetar a otros…

Pero hay también una visión esperanzada que mira tras lo que ve. Que intuye una oportunidad en lo vivido, como una siembra de experiencia de encuentro con el Señor, que no sabemos cómo fructificará, y que constata que hay de veras una vivencia profunda y religiosa en la Jornada Mundial de la Juventud de encuentro con Dios. Jóvenes del mundo entero en modo católico, es decir universal, mostrando el rostro de una iglesia mundial y plural que no renuncia a esa identidad particular de cada lugar, lengua, cultura, tradición y nación que muestra la belleza de los campos de banderas. Una juventud que busca a Dios y que se coloca allí donde cree que puede ser encontrada por Él, que ora, hace silencio, contempla, escucha la Palabra, celebra la eucaristía, recibe el sacramento del perdón, adora al Señor sacramentado, recibe las catequesis, es decir, una juventud que quiere tomarse en serio su fe. Una juventud que recibe un mensaje de no dejarse engañar por los falsos ídolos de hoy, de la imagen, del maquillaje, que escucha que ha de fortalecer su esperanza para no caer en el desamparo del descreimiento de que no hay mañana posible, que vuelve a recordar que sólo Dios es capaz de dar sentido y plenitud a su vida, que sólo el amor y el amar merece todo, que Dios vino para salvarnos a cada uno y no como algo abstracto y etéreo, sino como algo bien real que nos libera de la culpa, los miedos, la angustia… Una juventud que quiere y busca que la Iglesia sea realmente un lugar para todos, plural, como la sociedad es plural… y que también, como jóvenes que son, ha de ir madurando, entendiendo, creciendo, aprendiendo, discerniendo…

Aún alguna cosa más. Una. La mística de la masa se ve, se palpa. Se contagian emociones, percepciones, sentimientos… por algo se han usado tanto las masas para la manipulación, y por eso precisamente no hay que dejar de tener un sentido crítico a cualquier concentración que sea tan profundamente emocional. Dos. El cuidado en los momentos de celebración y oración con el Papa -el Via Crucis, la Vigilia, la Eucaristía Final- de una belleza contemporánea en música, performance, arte y danza, me han hecho pensar que igual el cardenal portugués Tolentino Mendonza algo ha participado. Tres. Al final, como casi todas las cosas importantes, la experiencia se juega en las distancias cortas. Dios actúa a través de causas segundas, de casualidades, de momentos escondidos, de conversaciones y palabras e instantes, de comunidades y grupos que te acogen, te adoptan y te reciben y te hacen ver el rostro del Señor que te quiere. Cuatro. Las JMJ son lo que son, y son para quien son, tienen más que ver con el primer anuncio y con la invitación a madurar en la fe, que con una religiosidad hecha, formada, constituida y adulta, por eso pedirle según qué cosas a estos encuentros, es errar en el juicio de lo que son.

Las JMJ pues, como todo, como siempre, tienen distintas lecturas. No hay que renunciar a la crítica, pero siempre, tras la Gracia, convendría mirar lo que sí tienen de buenas, de santas, de oferta y de posibilidad de encuentro con el Señor para los jóvenes de hoy.

Fray Vicente Niño Orti, OP. @vicenior

Fotografía. David Naval. www.davidanaval.com @davidnavalphoto