Enséñanos a contar nuestros días
Toda la vida hay que aprender a vivir y toda la vida hay que aprender a morir, dice Séneca, así a de ser…
Se abre el verano como puerto de viajes, escapadas o huidas, a veces relax o también aturdimiento. He de apuntar, por justificar esta reflexión, que en dos o tres semanas, alrededor del solsticio, cuando dicen que baila el sol, he estado en varias despedidas de personas muy cercanas y queridas, he acompañado el duelo para ese viaje insoslayable, fatal, del que nadie regresa.
Me llamó la atención la sorpresa de la gente en una de estas ocasiones cuando fui al tanatorio. El aparcamiento estaba lleno de coches, la gente se quedaba impresionada y comentaba pero ¿cómo hay tantos coches aquí? y era casi el día que cualquiera debería de salir de vacaciones, y era uno de esos días, como todos, en que la gente vive y la gente muere.
Pero, a contrapelo de nuestra común inconsciencia, los coches no-fúnebres estaban allí. Ciertamente en estos días podría esperarse una larga cola en el hipermercado, en un aeropuerto, o en la gasolinera, en un conciertazo multitudinario, pero no en la morgue olvidada en los arrabales de la ciudad universitaria. Hemos apartado tanto la muerte, tanto la hemos apartado y expatriado de los lugares cercanos de la ciudad, de las ermitas olvidadas, de los hogares pueblerinos donde antes se moría despacio y se amortajaba con cariño y decoro, que la gente se asusta de la muerte como si esta no hubiera estado siempre ahí. Siempre ahí, entre los trabajos y los días, entre tantas excursiones de ida y vuelta.
Está el tanatorio abarrotado de coches, que tal vez un par de días antes se aprestaban para salir de vacaciones, excursiones de ida y vuelta, mas de repente esta excursión intempestiva, definitiva, sin vuelta, que sabemos desde siempre y sin embargo nos sorprende tanto.
Mirad lo que dice Séneca, sabemos de la muerte desde que tenemos uso de razón, pero quizás lo que no sabemos es ponerla en su lugar, porque el tiempo es breve, tanto que a veces nos precipitamos en aprisionarlo, en anudarlo, en llenarlo de vacíos o en matarlo, como dicen los más aburridos.
Fijaos también en la campaña de la DGT, esta precipitación del alcohol, la distracción del móvil, querer estar a todo en un instante…
Pienso todo esto mientras hago la portería de Cáritas en el Centro de día, este lugar de visita a veces tranquila y otras desesperada porque es un lugar de rehabilitación y aprendizaje, de trabajo sobre las drogodependencias, pienso en tantas vidas anheladas y malgastadas. Y recuerdo con Saint-Exupéry, el sabor del instante sublime, de revelación que él trataba de conquistar en el vuelo nocturno, como un raro insecto.
Dice que lo propicio de los viajes es el gusto inefable del desapropiarse, el éxtasis fugaz abierto a lo eterno, algo bien distinto a la excitación, o la evasión.
Ese tiempo que tantas veces deseamos ansiosamente y nos desencaja, tiempo breve que hay que matar, o en el que hay que matarse, arrojándose por el abismo de la anomia y el sinsentido con el ruido y el aturdimiento.
Escribo mientras mis pensamientos revolotean como las moscas de verano desde la portería de Cáritas a la tranquilidad de lo rural, y me vuelve una y otra vez la campaña de la DGT con el desatino que hay detrás de lo patético de sus avisos.
En el escritorio La vida breve de Séneca, y en la memoria de las despedidas recientes, el salmo que tantas veces me sostuvo acompañando la vejez, la enfermedad y la muerte de mis seres más queridos:
Enséñanos a contar nuestros días para que adquiramos la sabiduría del corazón.
Sagrario Rollán
