Opinión

Alegría “in artículo mortis”

El día que llegué a ese hospital me llamó mucho la atención. En la puerta de las consultas externas había un hombre vendiendo cupones de la ONCE. Eran las 8 de la mañana y ya estaba al pie del cañón, con música incluida. Sonaba la BSO de la Vida es bella. No una ni dos canciones, toda la mañana con aquella melodía en la puerta de un instituto oncológico. Me pareció cruel, pero pensé que era una simple coincidencia. La siguiente vez que tuve que ir me acerqué con curiosidad, a ver qué escuchaba. La escena era la misma: un carrito verde con un altavoz bastante alto reproduciendo aquella pieza musical asociada indisolublemente a la preciosa y también dramática historia de una familia de prisioneros en un campo de concentración. Me gustaba aquella canción, pero aquel no me parecía el mejor lugar para escucharla.

De la película de Roberto Benigni siempre aplaudí la genial manera que tiene de enseñar la unión entre amar de forma heroica y hacerlo con gracia, con alegría. Llevando magistralmente la contraria a quienes consideran que lo del sentido del humor es un recurso para la gente que todavía no sabe lo que vale un peine. Estamos bastante saturados de invitaciones a vivir la alegría. Pero me da la sensación de que se habla de ella como si de aplicar un filtro se tratara: lo mismo que te quitas las ojeras, te plantas la sonrisa oportuna para poder publicar la foto. El tema se frivoliza y el vivir alegres se interpreta como si fuera privilegio de quienes tienen una vida fácil y se lo pueden permitir. En consecuencia, un comentario alegre y un rostro risueño se convierten, en determinados ambientes, en algo insoportable. No está el horno para bollos, dicen, como si no comprendieras lo que están pasando.

Lógicamente, cuando la situación es complicada y el sufrimiento entra en escena, nadie cree en la alegría ni la espera. En una dirección, el escepticismo hace su aparición cuando nos encontramos que el otro sufre con paz y acoge su dolor en clave cristiana, como ocasión de un encuentro que trasforma. Se desacredita la fuente del gozo, como si fuera consecuencia lógica de una falta de realismo, más que una auténtica respuesta a la situación: ya caerá.

En la otra dirección, aparece la cobardía, los respetos humanos. Porque a la persona que sufre no queda bien mencionarle la cruz ni hablarle de abrazarla en la confianza y el gozo que vienen de Dios. “Tú puedes”, es lo que hay que decir; pero ¡Ay de ti si le dices que no!, que no es cuestión de querer ni de poder, sino de abandono pacífico en un Padre que nos ama y en el que, habiendo experimentado que “todo contribuye al bien”, podemos seguir confiando, aún en el dolor. 

La semana pasada me llegó el testimonio de un joven, Fray Pablo María de la Cruz, que, con el diagnóstico de un cáncer terminal ha hecho este fin de semana su profesión en la Orden del Carmen “in articulo mortis”, con todo lo que eso significa. En el titular de la noticia actualizaba la frase de otro carmelita: «La cruz es mi alegría, no mi pena» (beato Tito Brandsma).

Pensé que su alegría era incuestionable. No se le podía acusar de vivir en las nubes. Este joven, a sus 21 años, con el desgaste de su enfermedad y la perspectiva de una muerte cercana, había optado por la alegría y no precisamente porque le faltara realismo. Con su testimonio me acordé del buen hombre a la puerta del hospital con la famosa BSO en modo bucle. Quizá fuera precisamente la puerta de ese hospital un lugar privilegiado para apelar a la belleza de la vida sin frivolizarla. El campo de batalla en el que seguir invitando a la alegría. Que no es una conquista, sino el arma con el que librar cada batalla. Amar con alegría no son dos actitudes complementarias, como si el amor se refiriera a los demás y lo de la alegría a la satisfacción con uno mismo. La alegría del amor es el grado de su heroicidad: “Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente”. El gozo es la prueba de que se da con gusto, con generosidad, sin victimismos.

Y esta semana los dominicos celebramos al joven Beato Pier Giorgio Frassati. Tenía el artículo escrito cuando leí la segunda lectura de su Oficio y no me resistí a añadir uno de los testimonios que de él se conserva:

«El centro de la acción estaba en él en lo profundo de su alma, en la intimidad con el Dios del amor, cuya presencia lo embriagaba. Ahí encontraba él la alegría de vivir y, a los veinticuatro años, la fuerza de morir. En toda su vida de estudiante fue un joven piadoso; pero la piedad no apagó el fuego de su mirada, no le oscureció la frente, no extinguió la sonrisa de su cara. Al contrario, todo en él brillaba de gozo, porque dejaba que su hermosa naturaleza floreciera al sol de Dios (…) Los designios de Dios son incomprensibles, porque ve las cosas desde una perspectiva mucho más alta y lejana que nosotros, en general y en lo particular. Pero nos es permitido pensar que, al llamar a Pier Giorgio a su reino, cuando todos los que lo conocían habían puesto en él tantas esperanzas, Dios quiso que su muerte inesperada e imprevista pusiera de relieve la belleza de la vida, y atrajera la mirada de los jóvenes que pueden inspirarse en él».

Sor Teresa Cadarso, OP