Cultura

Horror vacui

Siempre he pensado que el arte es aquello que no necesita una explicación para llegarnos al alma. O, dicho del revés, que no es arte lo que requiere de una interpretación para transmitir algo. No es que restrinja a la categoría de arte únicamente a lo que pueda calificarse como bello, en cuanto a cumplir unos cánones armónicos; hay obras que nos sacuden y nos desgarran con una belleza que va contra lo establecido. Pero todas ellas –sean bellas o estremecedoras– hablan sin palabras. Ahí identifico yo –que soy una simple mortal que habla en voz alta– el valor y el mérito de una obra: tanto más nos grita, tanto menos requiere de palabras. Quizá porque soy una amante de las palabras, las explicaciones y los discursos bien desarrollados… Creo que precisamente por eso valoro y aprecio tanto ese mundo que queda a salvo de la palabrería. Tanto más ajeno e inaccesible me es, tanto más lo necesito y admiro. Sin que lo ultrajen, sin que lo rebajen y comercialicen.

Esta semana me salió una noticia que me llamó la atención. Un amigo, apasionado de la cultura, había hecho un comentario y, como sabemos, las redes son expertas en hacerte llegar cosas que capten tu atención. La cuestión era que se había subastado por unos 15,50 millones de euros… “Un cuadro en blanco de la etapa sin ideas de Pablo Picasso”. Sí. Lo confieso. El titular logró que hiciera clic. ¿A qué se referían con un cuadro en blanco? Pues en efecto, a un lienzo en blanco. Tal cual. Busqué en Amazon cuando costaba un lienzo en blanco y los encontré de varios modelos, tamaños y precios, pero os podéis imaginar que ninguno alcanzaba ¡ni de lejos! la décima parte del valor por el que se había subastado aquel que, a mis ojos, era igual o un poco más grande. Seguí leyendo: «Mmmm Je Ne Sais Pas –¡era el nombre del cuadro! que hasta tenía nombre– pertenece a un brevísimo lapso de tiempo inmediatamente posterior a la etapa rosa y anterior al Protocubismo, esencial para el posterior desarrollo del Cubismo». «Si uno fija la mirada en esa tela sin pintura, puede notar de algún modo cómo bulle el cerebro el artista, como si vibrara el lienzo por la presión de un torrente de color en gestación que, sin embargo, aún no ha roto la barrera que separa lo ideal de lo tangible».

Algo dentro de mí se iba a indignar, pero –¡menos mal! – resultó que era una broma. Puede que fuera muy ingenua, o que mi desconfianza hacia los “expertos” les creyera capaces de llegar a ese grado de especulación en función de según qué intereses. No sería la primera vez en que la realidad superara a la ficción. Y aquello me parecía una versión ridícula, pero hasta cierto punto posible en el mundo del arte –perdón, porque pagan justos por pecadores–, del cuento de Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador”, con un montón de personas cultas e importantes, delante de un trozo de tela en blanco, felicitando al nuevo dueño por su impresionante adquisición.

Bromas aparte, me quedé pensando en la explicación con la que había justificado aquella “obra de arte”. Concretamente, en lo del vacío que se respeta, el lienzo en blanco que no es ultrajado y que tanto significa en la trayectoria del pintor. De su silencio, que no es déficit de talento, sino un exceso que no es capaz de comunicarse y que supone un antes y un después en su expresión artística. De la impotencia y la frustración a la que se enfrenta el artista que experimenta que ha perdido su inspiración, que es mucho más que la fuente de ingresos, que es el sentido de su vida, el por qué y el para qué de su existencia.

Aquello no era una experiencia exclusiva de los artistas, o a mí no me lo parecía. ¿No sucedía también en la relación con Dios? Esos momentos en los que el alma creyente palpa con mayor intensidad el silencio y la ausencia de Dios. Cuando su presencia se difumina y sus palabras resultan inteligibles. Cuando vivimos el no saber, no entender nada de sus planes y sus modos, el no ser capaz, no oír casi, no sentir… Ese vacío, al fin y al cabo, que pone patas arriba el por qué y el para qué de una existencia que hace apenas un momento vivía confiada y despreocupada en una experiencia sensitiva y evidente, donde todo parecía tan claro. Antes era todo tan cristalino, y de repente todo se ha vuelto oscuro.

Esta experiencia, como el supuesto lienzo en blanco de Picasso, no es el principio del fin ni significa el fracaso más absoluto. Supone un momento clave llamado a ser el principio de una vida nueva, abandonada y confiada en un Dios que no poseemos ni controlamos a nuestro gusto ni cuando nos viene bien. En el fondo, el alma sabe que Él sigue estando, pero no puede comunicarse ni comunicarlo, se le escapa. No es una ausencia como tal, sino una presencia distinta, de la que ha dejado de ser dueña y gestora. Precisamente en esa desposesión, ante la impotencia y el fracaso de esa experiencia, el alma descubre que todo es gracia y pasa de ser protagonista a ser instrumento. El cristiano, como el artista, deja de creerse dueño de la belleza para ser testigo y transmisor de una Belleza que no es suya y, al mismo tiempo, que no puede callar.

En ese momento tan lleno de luchas y no poco sufrimiento existe la tentación que el arte, particularmente el barroco, bautizó elegantemente como Horror vacui, miedo al vacío. Aquellos, los artistas, rellenaban cada esquina. Cada minúsculo espacio debía de estar pintado, o esculpido o lo que fuera y por nada del mundo podía quedar un hueco sin trabajar. Todos sufrimos horror vacui alguna vez, ganas de llenar nuestros vacíos, nuestros fracasos, el silencio y los tiempos aparentemente huecos. Porque permanecer en el vacío supone una fortaleza que muchas veces no tenemos. Y la sociedad, el estilo de vida del siglo XXI nos lo ponen más fácil que nunca. Para no mirar de frente ese lienzo en blanco que nos reprocha tenemos el móvil, el ordenador, los cascos, los planes y las agendas saturadas, el hablar por no callar, y el comprar por no parar. Como el pueblo de Israel mientras Moisés ha subido al Sinaí se construye un becerro de oro porque no soporta la espera y quiere un dios a su medida; ante el silencio y el vacío, todos tenemos la misma tentación. Ante su aparente silencio y el absurdo de una oración que no nos dice nada, todos tenemos miedo y ganas de abandonar. La cuestión es no sucumbir. No huir. Permanecer. Respetar el lienzo en blanco, soportar el fracaso del momento sin tirar el pincel ni rasgar la lámina ni, lo que sería peor, estropear el blanco con unas pinceladas forzadas y puramente nuestras, creyendo que la gracia, el talento, el don es algo que depende únicamente de nosotros.

Timothy Radcliffe, uno de nuestros Maestro de la Orden, en una conferencia a los abades benedictinos, les animaba a ser “guardianes del vacío en el que Dios quiere revelarse”. Cierto que los Monasterios deberían ser lugares privilegiados para eso. Pero no solo ellos. Cualquier cristiano está llamado, en este mundo más saturado que nunca, a respetar sin avasallar ni rellenar ese espacio aparentemente vacío en el que se revela Dios.

«La gloria de Dios se revela siempre en un espacio vacío. Cuando los israelitas salieron al desierto, Dios vino con ellos sentado en el espacio entre las alas del querubín, encima del trono de la compasión. Este hueco era el trono de la gloria. Era solo un pequeño espacio, el ancho de una mano. Dios no necesita mucho espacio para manifestar su gloria. (…) La vida monástica nos invita a salir del centro, y a entrar en la fuerza gravitatoria de la gracia. Nos invita a descentrarnos. Una vez más encontramos a Dios revelado en un vacío, una vaciedad, esta vez en el centro de la comunidad, espacio vacío reservado para la gloria de Dios. (…) Quizá esta es la vocación última del monje, mostrar la belleza de ese vacío, ser individual y comunitariamente templos para que la gloria de Dios more allí».

Sor Teresa Cadarso, OP