En Camino
Hace unos años y sobre todo en los años de pandemia surgió un plan que me encanta hacer. Caminar por la Sierra de Córdoba. Junto a una amiga quedamos sin ninguna hora concreta, con la libertad de despertar, prepararnos con algo cómodo y quedar en el inicio del camino. El camino se hace muy ameno, la naturaleza nos abre paso, los sonidos de los pájaros nos dan la bienvenida, los encuentro con distintas personas en el camino nos hacen estar en familia y las vistas que van apareciendo conforme vamos subiendo hacen que vayamos descubriendo la belleza de Córdoba.
Gracias a las conversaciones que van surgiendo mientras caminamos vamos compartiendo inquietudes, nos vamos descubriendo y aprendiendo. Y en el disfrute del camino, el tiempo, la naturaleza, los encuentros, los sonidos y el silencio y el admirar lo que tenemos delante, aparecemos en el Sagrado Corazón de las Ermitas de Córdoba. Sin darnos cuenta llegamos al final y es una satisfacción. Allí nos encontramos con otros hermanos que llegaron como nosotras o de otras formas (en bicicleta, corriendo, en coche) y allí nos dan la bienvenida a su casa los hermanos Carmelitas. El Señor nos espera, no solo en forma de enorme Sagrado Corazón que se ve desde cualquier rincón de Córdoba, sino en la pequeña capilla que se encuentra al final del camino, donde en silencio nos invita a recogernos y descansar en Él. Luego suele ser tradición admirar las vistas y ver que la naturaleza es majestuosa. Y delante de ella, con los brazos abiertos vemos que Jesús nos arropa, a nosotros que somos minúsculos a su lado pero estamos ahí admirando toda su maravilla. Después de esa satisfacción, la bajada es rápida, sencilla y llena de alegría.
Un día junto a un pequeño grupo de adolescentes, con la máxima ilusión de compartir mí maravillosa experiencia quedamos para dicho plan: “hoy subiremos a las Ermitas”. Todas listas y preparadas. El punto de salida era diferente y yo ya me sentía algo insegura “¿llegaremos bien”?. Nada más salir, surgió la pregunta: “pero, ¿está muy lejos”? Nunca me la había planteado, para mí era un “no” pero al pararme, pensé que salir de un lugar más lejano tal vez era un “sí”. Continuamos.
Iniciamos el camino de tierra, y pregunta: “pero, ¿cuánto se tarda hasta allí arriba?”, tampoco sabía contestar, siempre lo había hecho sin control del tiempo. “Allí arriba” además también me sonaba a esfuerzo extra, que hasta entonces no había observado. El paso era más lento, con un sobreesfuerzo que yo no conocía. Pero seguían existiendo en el camino esos puntos que nos motivaban: el descubrimiento de las bonitas vistas, el maravilloso paisaje, los encuentros con otros hermanos, las conversaciones, alguien que animaba y alegraba. De vez en cuando aparecía de nuevo alguna queja pero tras ella una fantástica roca para sentarse. Reconozco que en medio de ese camino me vino el pensamiento de volvernos, pero el Señor por medio de alguna niña siempre mandaba el mensaje de “hay que llegar hasta el final”. Fue curioso que en la última etapa fue en la que más conversación hubo, más relajación, ms admiración y sin darnos cuenta, llegamos al final. La expectativa que tenía de: “cuando lleguemos entramos, conocemos las ermitas, vemos las vistas y nos vamos”, se quitó en cuanto vimos que nos estaban cerrando justo cuando llegamos. Curiosamente no tuvimos sensación de frustración, sino todo lo contrario de disfrute. La alegría de vivir ese camino juntas, la motivación, la bonita naturaleza, las risas, la satisfacción de haber llegado a pesar del cansancio fue lo fantástico del camino y el final.
En este tiempo de Cuaresma en el que nos encontramos me venían al recuerdo estas experiencias. Estamos en un camino que se repite cada año, pero del que no podemos vivir el final si no experimentamos cada uno de los momentos del camino. Tenemos que estar atentos de lo que el Señor nos va poniendo delante, algún hermana/a al que acompañar, en bonito detalle, un rato de encuentro en oración con Él, una amena conversación, un aprendizaje propio. Seguro que no estaremos exentos de complicaciones o de tentaciones en nuestro camino pero ahí también nos encontraremos a nosotros mismos, veremos una mano amiga, una señal suya que nos hará llegar, disfrutando, al final del camino.
Belén Rodríguez
