Cultura

Los nuevos «analfabetos»

Cuando era niño en cierta ocasión vi algo que me impresionó muchísimo. Y es que algunas personas mayores de mi entorno a la hora de firmar algún documento, no lo hacían con un bolígrafo. No. Lo hacían con la huella dactilar. Yo aquello, de primeras, pues no lo entendía. Pero un buen día me atreví a preguntar y me explicaron que esa era su firma porque no sabían escribir. Es más, en esa misma explicación también me dijeron que, con toda seguridad, tampoco sabían leer. Recuerdo que en esos momentos era algo absolutamente incomprensible para mí. Pero la vida, y el devenir de la misma, me lo han hecho comprender a la perfección. Quizá te estás preguntando el por qué cuento esta historia, es decir, qué quiero trasmitir o hacia dónde quiero llegar. La respuesta que puedo dar es que me estoy dando cuenta de que esa realidad que me explicaron siendo niño denominada analfabetos, o no ha desaparecido del todo, o está surgiendo una nueva modalidad. 

Llevo ya unos cuantos años impartiendo clases en niveles de ESO y Bachillerato. Y lo he hecho en diferentes comunidades autónomas. Y arriesgándome y asumiendo el que se me califique de antiguo hacia arriba, me declaro abiertamente defensor de la clase magistral. Porque donde esté una buena oratoria y una magnífica pizarra -de las de escribir con tiza, por favor- que se quiten los «powerpoint» y demás artefactos que lo único que consiguen es una perfecta dispersión. Es cierto que mis alumnos saben leer y escribir. Decir lo contrario sería una mentira de las gordas. Claro que saben. Sin embargo, no comprenden lo que leen ni saben redactar una idea. Las pruebas que les hago para la asimilación de la asignatura -no utilizo nunca la palabra examen- consisten en leer un texto y que saquen una idea crítica del mismo. Lo que pretendo es que sean capaces de exponer el por qué están de acuerdo con eso que han leído o, por el contrario, el por qué les puede parecer una absoluta estupidez. En definitiva, lo que busco es que lo argumenten, que se estrujen el cerebro y elaboren su propio discurso. Ingenuo de mí, lo máximo que consigo es un excelente resumen; con alguna que otra falta de ortografía, pero el resumen es de matrícula de honor. No voy a dar mi opinión sobre quién tiene la culpa de esto porque, a decir verdad, alguien debe tenerla. Y no la digo porque estamos ante un tema demasiado serio como para desviarlo hacia discusiones y desahogos personales que nada van a solucionar. Lo que sí diré es que creo que no estamos cayendo en la cuenta de que ya hay varias generaciones -y lo que te rondaré morena- instaladas en el no querer saber.

Hace unos días leía en un libro de José Carlos Ruiz, «El arte de pensar», que se debería recuperar el sapere aude que Kant recuperara de la Antigüedad Clasica. ¿Para qué? Pues para no tener tontos. Y a raíz de esto puede surgir el interrogante de por qué no debe haber tontos. El autor citado lo argumenta diciendo que los tontos son «perezosos, cómodos y cobardes». Y yo me pregunto: ¿Es esta la realidad en las aulas de nuestros centros educativos? ¿Es la pereza uno de los mayores vicios de nuestros días? ¿La comodidad es la reina y señora de nuestras vidas? ¿La cobardía es la consecuencia del no querer saber? ¿Son la pereza, la comodidad y la cobardía las semillas desde donde está germinando un nuevo analfabetismo? Muchas preguntas me surgen pero, siendo sincero, no tengo una respuesta objetiva ni medio formada siquiera. Solo sé que el lenguaje para hablar de educación en nuestros días hace referencia a «las competencias». Y no sé yo si los frutos de tanta competencia, son tantos incompetentes en lo elemental.

Fr. Ángel Fariña, OP