Opinión

Donde duerme el agua: Diciembre

Lo dice todo aquel que se detiene a analizar con algo de razón, análisis y sentido común, lo que cada día vomitan los medios oficiales, telediarios mayoritarios, cadenas de masas y periódicos de cabecera: ¿por qué tratan de inocularnos tanto miedo? ¿por qué no hacen otra cosa que generar alarma, desinformar y aterrorizar? A poco que piensas en los datos, porcentajes, números y supuestos informes que nos gritan, no sostienen estos el miedo tan rabiosamente como sus titulares y presentadores y vocingleros nos arrojan. ¿Por qué hacer eso y a la vez quejarse de polarización, enfrentamiento y agresividad social? ¿Por qué armar esos espacios sociales de miedo?

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Maranatha. Ven, ven Señor. Ven ya. No ves cómo estamos. No ves que te necesitamos. Que soñamos, esperamos, anhelamos, deseamos, que no haya más miedo, dolor, mal, enfermedad ni pecado. Nunca. No ves que estamos perdidos, que nos tenemos ni príncipes, ni jefes, ni cabezas que sepan orientarnos en medio de la noche, que ellos están tan perdidos como los demás. No ves que deseamos con todo nuestro ser tu luz. Incluso más que nuestro miedo, más que el remordimiento, más que la culpa, confiados en tu perdón y tu misericordia pues nada que podamos hacer alcanza a redimirnos. Más que nosotros mismo, esperamos tu regreso. Ven, no tardes, ven ya. Maranatha. Pero que sea tu voluntad, no la nuestra, la que se haga.

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Quizás es que “in media vita” ya hemos perdido a mucha gente, pero cada vez con más frecuencia me llegan memorias de quienes fueron y ya no están, de quienes en momentos de mi vida me acompañaron, y ya se fueron. Me llegan unos audios de unas conferencias, de unos retiros, que Miguel dio, y era, el poder de la voz, de la memoria, de la actualidad, como si no hubieran pasado ni cinco ni diez años desde que le oía. Me llega igual también un par de fotos de Jorge, de quienes le recuerdan y le siguen y le perpetúan en su combate, y es como si volviese a verle y a oírle y a leerle como hace veinte años.

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Quizás se nos había olvidado la lluvia. Quizás se nos olvidan las cosas más reales y cercanas, las que nos hacen humanos. Quizás necesitamos que nos recuerde algo, alguien, que nuestra vida no es sino un sucedáneo de vida y que nos estamos perdiendo lo que hace a la existencia realmente importante. Quizás la lluvia logre despertar la pasión de estar vivo.

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Descubro por Jesús Beades, esto de las redes y los trinos, a Eriks Essenvalds, compositor sueco que es una mezcla entre Arvo Part y John Tavener. Es música para elevar. Para ahondar. Para profundizar. Para orar. Y, esto de las cerezas enganchadas unas a otras, de su mano, a James MacMillan, laico dominico me entero, que siendo parece ser de sobra conocido en su Gran Bretaña natal – es escocés -, ha saltado globalmente que dicen ahora, por componer una pieza para el funeral de Isabel II. La música como espacio de encuentro con lo trascendente, como ventana a lo sagrado, y del mismo fuste que el silencio.

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Desde hace demasiado tiempo, siempre postergándolo, tenía pendiente una labor ardua, la de fichar mi biblioteca. Por una serie de circunstancias concatenadas que tiene que ver con el espacio, el tiempo, la disciplina, la atención y el consejo, al fin me encuentro en ello, y casi como el personaje del retorno de don Quijote de Chesterton, me temo que va a llevarme más tiempo del esperado. Quería haberlo terminado este mes (no tendré así a ojo más allá del millar de volúmenes aquí, quizás algún ciento más, pero poco más) pero, evidentemente, cada estante me lleva más tiempo del pensado. Y ya digo, no por el número, ni por la reordenación que cada estante lleva, donde se retocan muchos otros expurgando o aumentándolos, sino, perspicaz lector, porque cada libro acaba llevándose más granos del tiempo que cae que el sellado en las páginas primeras o que la mera ficha bibliográfica anotada en un cuaderno de tapas verdes que hace mucho compré para eso. Cada libro acaba recabando la atención que diariamente no se le da, como perros abandonados que buscan carantoñas mendigando afecto. Pide que se revise su índice, su bibliografía o la solapa de la biografía de su autor, si es que olvidado estaba. Pide que recuerde cuándo o cómo o de dónde o por quién llegó hasta allí. Pide que se lo contemos, como los niños que preguntan cómo os conocisteis papá y mamá, o de dónde viene esa lámpara extraña o aquel cuadro del salón. Pide al fin, que retomemos el vínculo que lo trajo hasta mi biblioteca. Lo cual genera otros problemas. Una especie de sensación de infidelidad cuando, como es mi caso, diletante, multiinterés, quizás disperso, veo saltar temas y autores, y materias, y campos de conocimiento, y entretenimiento, y géneros, y ámbitos, a veces bien dispares. Libros de viaje, filosofía antigua, novela de aventuras, teatro clásico español, musicología, santo Tomás de Aquino, política, literatura de montaña, espiritualidad, clásicos, teología moral, ensayo neoconservador, biografías, el zen y el aikido, poesía, pintura romántica, santos y santas, la orden, la escuela de salamanca, los Padres, el periodismo de autor, Jünger, los árboles y los bosques, la generación inglesa tras Newman, historia, militaría, las lenguas muertas, el ajedrez, anecdotaria, pensamiento… No sé si las bibliotecas son relatos de una vida, de unos intereses, de un camino de conocimiento o de entretenimiento. Como decía aquél, no se si cuentan quiénes somos, quiénes quisimos ser, o quiénes aún podríamos ser. Pero si son, para el propio que lee su biblioteca, como una historia de todo lo que nunca se terminó de hacer.

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Que existe actualmente toda una pléyade de inquietos reflexivos pensadores, escritores, comunicadores, periodistas, columnistas, políticos, académicos y activistas insatisfechos con el modelo social, cultural, político y artístico dominante, es innegable. Dense una vuelta por mi timeline de twitter para corroborarlo. Que sea una generación como algunos le hemos llamado, quizás está por ver. Que hay casi tantos rasgos para unirlos, como para separarlos, quizás sea uno de los detalles del tiempo de la posmodernidad que nos ha tocado en suerte vivir (Hadjadj dixti). En un par de meses estaremos hablando de eso. Mientras, -mientras fuera llueve y juegan fútbol-, unos cuantos desbrozamos algo de todo eso.

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A mí, de todo esto del asalto a las instituciones, la amenaza a la democracia y la destrucción del orden del derecho para ir a una “democracia iliberal” (sic…) me da miedo dos cosas. Una la profecía autocumplida. De tanto llamar al lobo, de amenazar con que vienen los bárbaros, de gritarlo a los cuatro vientos, no sé si convencidos o como estrategia -e intuyo que los que lo ven como forma de atacar al contrario usan a los que se lo creen-, vaya a ser que acabe pasando y realmente nos alcancen bolivarianas dictaduras o radicaliberales modelos… me da miedo que de tanto gritárselo, acaben haciéndoselo. Y dos, y más difícil de explicar, es que, si fuesen otros los que hiciesen cosas parecidas y no ninguno de estos, ni con este sesgo, ni buscando lo que estos buscan sino cosas bien diferentes -el bien, la verdad, la justicia, la belleza-, quizás, a lo mejor, tal vez, no estaría completamente ni del todo, de modo absoluto y total en contra… y es que a mí lo de “liberal” nunca me ha terminado de sonar bien… Miedo al fin de ellos, y quizás, también, de mí. Miedo de nosotros.

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Sapientia

Adonai

Radix Jesse

Clavis David

Oriens

Rex Gentium

Emmanuel

Ero Cras. Vengo mañana. Las Ferias Mayores de Adviento. Los títulos que le hemos dado a Cristo los hombres. Sabiduría. Señor. Raíz del tronco de Jesé. Llave de David. Amanecer. Rey de las naciones. Emmanuel,

Cielos, que nos llueva la Salvación. Todos -más o menos conscientemente- esperamos un salvador. Esperamos alguien o algo que nos logre al fin abrir las puertas de todo lo que no sabemos, de todo lo que no podemos, de todo lo que no logramos, de todo lo que nos supera, de todo lo que nos domina. Necesitamos que nos salven de la muerte, del mal, del pecado, de nosotros mismos. Necesitamos comprender, conocer, entender quién somos, para qué, de dónde venimos, a dónde vamos. Necesitamos que nos den luces y pistas de cómo relacionarnos, de cómo, en qué, dónde alcanzar sentidos para lo que nos rodea. De por qué el mundo y la vida.

Y el Salvador vino. Y viene. Y vendrá. Para dar luz. Para traer sentido. Para traer paz. Para traer amor. Para abrirnos las puertas de todo lo que no podemos saltar. Para salvarnos.

Mañana estaré. Ero Cras.

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Tiene algo de extraña la soledad de la Navidad. O media soledad. Lejos de la familia de sangre, pero con la otra familia. La elegida. La del servicio. Parece que acerca más al misterio profundo de la noche de Belén. Noche de pastores en vela. Noche de frío y congoja de los padres. Noche de milagros de ángeles. Rezar con los hermanos. Prepararles las viandas -mi inclinación de cocinero-. Celebrar la misa del Gallo con los feligreses. Aunque son ya años, hay algo siempre nuevo en la Navidad así. Siempre algo a lo que uno no termina de acostumbrarse. Una extraña soledad… que no es mala.

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Leo de cuando en cuando a columnistas, escritores y poetas que lo de procrastinar y andar jugando con la dead line de la entrega, les da un extra y un plus de creatividad. Este año, con mi cuento de Navidad -segundo año que me sumo a esta preciosa tradición de crear uno-, lo he comprobado como totalmente cierto.

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Acaba el año. Vuelvo al ejercicio de mirar los difuntos de los 365 días pasados y de encontrarme con sorpresas, con nombres de los que no me había enterado de su deceso. Memento mori. Pensar en la muerte, para pensar en la vida.

Y así vuelvo a pensar en todo lo no hecho, no llegado, no cumplido. Vuelvo a hacer examen de conciencia y a avergonzarme por esos nombres a los que no respondí o a los que respondí como no debía. Por los proyectos o planes que no cumplí.

Qué extraña la condición humana. No tengo tan claro lo que sí he hecho, lo cumplido, lo sí llegado. Y me imagino y supongo, que algo bueno también habré traído. Pero ciertamente, qué extraños somos, que nos pesa más lo que no alcanzamos, las sombras que los brillos.

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Nos pide Francisco que recemos por Benedicto. Es anuncio de que está próxima su muerte. Preparo su obituario para un medio, y me quedo, una vez más, asombrado de la inmensa talla que ha tenido este sacerdote de la Iglesia del post-concilio. La conocía, obviamente. Le he leído y siempre he quedado asombrado. Hubo tiempos en los que leí más críticamente, pero el paso, el poso y el peso de los años lo ha ido engrandeciendo, dándole talla de verdadero gigante. Rezo por él.