Religión

Meditación de Adviento (I)

¡¡Cállate y escucha!!

Se acercan días -por no decir que ya están aquí- de gastar más de lo habitual.  Y todos, tarde o temprano, vamos a caer en el consumismo. No es cuestión de entrar a debatir si esto está bien o está mal. No. Simplemente es así. Modas y efemérides se adentran en nuestro vivir que, de forma inevitable, nos llevan a consumir. El fenómeno «Black Friday», por poner un pequeño ejemplo, lo hemos acomodado a nuestra vida sin saber muy bien cómo. Y resulta que tanto lo hemos adaptado que lo hacemos coincidir con el encendido del alumbrado navideño -al menos así ocurre en la ciudad en la que resido-. Unos, a raíz de esto, ponen el grito en el cielo porque les resulta muy pronto que el «espíritu navideño» pulule desde el último viernes del mes de noviembre. Otros -los más piadosillos- se echan las manos a la cabeza porque el totum revolutum que se respira en estas fechas anula, según parece, lo que debería ser, es decir, que las cosas no se están haciendo «como Dios manda». Pero sea como fuere hay algo que, a mi juicio, tendría que preocupar bastante más que un simple choque de culturas, o el hecho de encender con más de un mes de antelación -antes de San Andrés, incluso- la Navidad. Me refiero a algo tan preocupante como es la indiferencia. Y me preocupa, aún más, en aquellos que nos decimos creyentes.

No es nada nuevo decir que la indiferencia se ha convertido en la seña de identidad de nuestras sociedades. Una señal que cada vez se extiende con más facilidad y, aunque no lo parezca, radicalidad. Y no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta de ello pero, la indiferencia es la expresión más violenta de la «muerte de Dios». Es cierto que siempre se nos ha dicho que aquella y la otra manera de pensar decimonónicas fueron las culpables de este «asesinato». Y que uno de sus muchos pecados consistía en rebajar a Dios poco a poco hasta mostrarlo como un símbolo que se podría representar de muchas maneras. Una de estas múltiples representaciones sería la de ser -Dios- un simple bastón para cansados. Así las cosas, mientras se generaba una contienda entre los que ridiculizaban a Dios y a sus adeptos por un lado, y los que condenaban a los que hacían semejantes manifestaciones ridículas por el otro, la indiferencia, cual serpiente sigilosa, se adentraba por todas y cada una de las fisuras que la mencionada contienda iba generando. Y cómo no, el campo de la fe y la espiritualidad también se vio afectado por este fenómeno siendo inevitable que aparecieran las grietas. Y así hemos llegado a nuestros días y a nuestra realidad religiosa, a saber: que los creyentes nos estamos haciendo indiferentes a la indiferencia que nos rodea y que nos dejamos contagiar por ella. Y nos podríamos preguntar lo siguiente: ¿Tiene esto solución? ¿Esta «indiferencia creyente» se puede mitigar de alguna manera? ¿Existe alguna forma de tomar conciencia de la situación para no ser indiferentes a la indiferencia? Quizá alguien opine que es mejor dejar las cosas como están. Vamos, pura indiferencia impregnada de desidia. Sin embargo, pienso que al menos deberíamos intentar hacer una lectura creyente de la realidad. Porque las respuestas a estas cuestiones planteadas pueden ser afirmativas. Y el Adviento nos puede dar algunas pistas a seguir de cómo hacerlo y, por qué no, lograrlo. Porque un Dios del que no se tienen noticias -y existen quienes se dicen creyentes y no las tienen- parece que no puede ser esperado. Y un creyente que no espera… ¿se puede denominar tal?

Una de las muchas pistas que nos ofrece el Adviento para tratar que la indiferencia no siga ganando terreno, puede ser el silencio. Sí, estas cuatro semanas antes de Navidad son propicias para estar calladitos. ¿Para qué? Pues para poder así escuchar con nitidez el latir de lo que viene. Y es que en medio de tanto bullicio, prisas, ruidos externos e internos que no nos permiten percibir todo aquello que calma y apacigua, más el puente de diciembre -que este año es acueducto-, el silencio se hace imprescindible para el que cree y espera. Ahora bien, no se trata de un silencio que nos aísle de la realidad cual caverna de Platón. No. Ese silencio lo único que consigue es embrutecernos. El silencio del Adviento debe ser más bien un silencio atento, expectante. Un silencio que escucha con atención, porque nos capacita para vivir de forma más plena. Y este callar necesario junto a la escucha imprescindible nos van a permitir descubrir los vestigios de cómo lo trascendente inunda toda nuestra existencia. Porque solo cuando nos vaciamos de todo aquello que aturde y despista y nos mostramos honestos de verdad, la divinidad puede colmar de su belleza todo nuestro ser.

Es cierto que cuesta mucho callar interiormente. Silenciar todas esas vocecitas que nos aturden e inquietan y no permiten que nos escuchemos. Y es ahí donde la indiferencia nos puede atrapar y cebarse hasta con nuestro razonamiento. Ahora bien, cuando lo conseguimos, es decir, cuando logramos acallar todo estruendo en nosotros, siempre vamos a salir beneficiados porque llegamos a medir de forma más precisa el alcance de lo que el Adviento nos anuncia: que todos necesitamos de esa experiencia trascendente que colma e inunda; esa experiencia que asombra, maravilla y que trae la paz. Me viene a la mente escribiendo esto algo que Antoine de Saint-Exupéry nos dice en su preciosa obra póstuma titulada Ciudadela: «En el silencio la verdad de cada uno se anuda y echa raíces». Así pues, este Adviento guardemos silencio, gustemos del silencio y crezcamos en el silencio. Quizá de esta manera podamos mitigar la «indiferencia religiosa», y Dios, el que siempre está viniendo, no ser un desconocido en nuestro mundo.

Fr. Ángel Fariña, OP