No se puede servir a Dios y al dinero
Estoy segura de que este pasaje del Evangelio de Lucas lo hemos leído muchas veces y que, a priori, decimos que lo tenemos “bastante claro”, o al menos eso es lo que suelo decirme a mí misma. Quizá en la realidad está más claro sobre el papel que en la práctica, pero creo que lo importante es la actitud de estar en camino.
Hace unos domingos la liturgia nos presentaba este texto, y reconozco que todo lo que ha venido tras la lectura del Evangelio está siendo todo un revulsivo para mí, que lejos de ayudarme a seguir profundizando en el sentido último del texto, lo que desencadenó fue una buena dosis de indignación, incomprensión, desconcierto y hasta enfado.
Ese domingo, en nuestra parroquia, se iniciaba la Fête des récoltes. Una fiesta parroquial que dura de octubre hasta enero. Hasta aquí podría parecer un “fiestón”, pero esta idea se me borró rápido de la cabeza al empezar a entender de qué se trataba.
El contexto es: el edificio de nuestra parroquia está en proceso de construcción, y ahora estamos “de prestado” en el centro de discapacitados. El objetivo de la Fête des récoltes es que los fieles hagamos nuestros donativos para contribuir a la construcción. Hasta aquí, nada raro, está claro que, si la Iglesia es de todos, de todos depende mantenerla. Es verdad que me resultó un poco extraño que se vinculara el inicio de esta “fiesta” a este Evangelio, pero en un primer momento no le di más importancia. Me desconcertó también que dijeran que se mantendrían las colectas extraordinarias para la construcción (3 días a la semana se hacen dos colectas, la ordinaria y una segunda para la construcción), pero bueno… asumí que ya cada uno donaría lo que pudiera cuando pudiera… ¡si es que puede!
Según siguieron explicando sobre nuestra fête estoy segura que mi desconcierto e indignación se hicieron notar, y que mi cara fue todo un poema. Nos comunicaron que cada familia tenía asignado un importe para donar y una fecha en la que tiene que hacerlo. Si, que tiene que. Lo mismo las Congregaciones, las asociaciones, las corales y otros grupos parroquiales. Los importes impuestos no son precisamente bajos, pero, en cualquier caso, lo que me chirría es que te obliguen a hacer un “donativo” y te den la fecha para hacerlo. Nos lo informaba el presidente del Consejo Parroquial, en francés, así que, en el fondo, tenía yo la esperanza de no haber entendido bien. Pero sí, había entendido bien y mi indignación pasó a enfado cuando el párroco, tras la bendición final, remarcó la obligatoriedad de hacer el “donativo” y empezó a nombrar a las familias para acercarse al ambón a recoger un sobre vacío – marcado son su nombre – para usarlo en su fecha asignada.
Desde entonces, semana a semana, el domingo, llaman familia a familia para acercarse a hacer su “donativo” en el momento de las ofrendas. Las familias (y grupos en general) son llamados explícitamente uno a uno y al final de la Eucaristía se informa públicamente del importe “donado” por cada una. Para “mayor claridad” (léase con cierta ironía), en la entrada de la Iglesia, tenemos pegadas las listas de nombres y fechas asignadas, y en otra lista las familias que ya han “donado” junto con el importe exacto.
Reconozco que este planteamiento y esta dinámica están siendo muy fuertes para mí. Semana a semana, lejos de entender, me cuestiono más fuertemente qué tipo de Iglesia es la que promovemos. Tengo claro que aquí la Iglesia ha tenido un proceso de vida distinto al europeo: ha pasado por las colonias, los misioneros, y el asistencialismo, y que poco a poco ha ido tomando las riendas de su propia historia. Soy consciente de que el proceso de paso del asistencialismo al protagonismo no es ni inmediato ni fácil, pero aún con todo esto, me cuestiono que determinadas formas – como esta – sean evangélicas.
Creo que esta dinámica lejos de ayudar a crear conciencia de que la Iglesia es de todos, y que, entre todos, colaboramos para que se mantenga, funcione y continúe dando fruto, lo que hace es dar a entender que para formar parte de esta Iglesia hace falta “pagar una cuota”. Domingo a domingo veo familias que caminan orgullosas por el pasillo central a dejar sus sobres, y cuando escuchan que se dice públicamente el importe que “donaron”, su sonrisa es enorme pues dieron más de lo que se les pedía. Pero también veo como familias dejan de venir porque no tienen los medios para cubrir el “donativo” que se les pide. Este planteamiento me indigna y me enfada. No puedo evitar pensar en que estamos acogiendo a los ricos y echando a los pobres (en sentido económico), y creo firmemente que esto es antievangélico…. y cuando me acuerdo que todo empezó tras leer el Evangelio en el que se habla de no servir a dos señores creo que hasta se me hincha la vena del cuello.
Comentando esto con hermanas, religiosos de otras congregaciones y amigos cameruneses, todos coinciden en que este tipo de prácticas están siendo muy frecuentes en ámbito diocesano, para indignación de los religiosos y en detrimento del Pueblo de Dios. ¿Cómo entender que nuestra Iglesia caiga en estas prácticas? ¿Cómo hacer para ayudar a crear conciencia sin imposiciones? ¿Cómo ser presencia y testimonio desde la vida religiosa en una parroquia diocesana con este tipo de prácticas que obligan también a tu comunidad?
Esta reflexión y crítica me salen del corazón, sobre todo porque sintiéndome Iglesia, no me siento ni representada ni cómoda con estas formas.
Mónica Marco, CSD
