Donde duerme el agua: Octubre
Donde se duerme el agua. Así leo que llama un agricultor castellano al hueco en el que queda el agua bajo los surcos, en la huella de las ruedas, bajo el barro que cuaja y se seca, dejando cápsulas donde sigue el agua viva pese a estar atrapada, como en artificiales cuevas minúsculas bajo los senderos, protegida, serena, cuidada, pero encerrada
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No me gusta escribir en los libros, marcarlos, subrayarlos ni anotarlos. No sé qué tipo de infinito respeto me causan las páginas de los libros, que no deseo ensuciarlos con mis sorpresas, mis ignorancias, mis curiosidades, mis impulsos o mis impresiones.
Además que hacerlo sería como desechar ideas de un autor por otras, pensar que unas son mejores que otras, enjuiciar su capacidad, su valía, su acierto, diciendo esto vale porque me has impresionado, y esto no vale nada al no haberme sugerido nada. Y quién soy yo para eso. Seguramente no es demérito del autor si no demérito mío que no he logrado entrar en cada idea, expresión o referencia.
Aunque también, ciertamente, me sucede, obviamente, y hay ideas giros frases o notas que me impresionan. Selecciono dentro de las obras. Lo hago, como todos, pero no deseo que lo sepa el libro, el autor ni el tiempo. Como si las páginas tuvieran la capacidad y la conciencia de conocerlo.
Por contra lo que hago cuando algo me ha dejado su paso y quiero regresar a él, es dejar entre las páginas papeles, notas, calendarios, marcapáginas, tiques de compra, billetes de transporte, recortes de periódico o cualquier papel que tenga a mano en ese momento.
Se que es otro modo de que alguna vez el tiempo lo sepa, pero me parece más escondido. Más emboscado. Más privado.
Hoy, en El Corazón Aventurero de Jünger, he dejado varios y he usado esos pequeños sobres de papel que dejan en los asientos de los aviones para respirar en caso de mareo.
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En los tiempos muertos, en las esperas, lo mejor es Meditar en silencio.
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Impresiona encontrarse frente a la naturaleza más primitiva. Volcanes, bosques antiguos, inmensidades de océano. Algo primitivo, ancestral, se despierta en uno. El tremens de lo sagrado.
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Y llega la muerte. Como siempre cuando menos se la espera. Siempre por sorpresa. Siempre envuelta en el manto negro del asombro y la pérdida. Atando a su paso los hilos de la memoria de otras muertes y despertando con ellos rumores, rencores, lágrimas y vacíos propios. Deshaciendo en jirones besos palabras y afectos que ya nunca se darán. Dejando inmensas orfandades. La hermana muerte que abre la puerta del no saber. Que obliga a mirar esperanzas, a cabalgar tigres, a agarrar entrañas de misterio, a arrodillarse humildes ante el no saber. A esperar. A confiar. A seguir recordando que el amor -todo amor- pide eternidad.
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Cada criatura. Cada realidad. Cada brizna del cosmos. Cada momento puede ser una puerta donde ver a Dios. Incluso en medio del dolor, el sinsentido y el no saber. Sólo hay que empeñarse en bendecir al Señor. Bendecir, decir bien, apostar por la bondad y la belleza. No ceder a la oscuridad. No dejarse vencer por el desaliento. Seguir diciendo bien con la convicción de que el enfoque que demos a nuestra vida determinará si no nuestra realidad, sí que nuestra forma de estar en ella. Porque aunque haya cosas que no puedan cambiar porque no esté en nuestras manos cambiarla, sí que cambia nuestra forma de estar en ellas cuando nos sostenemos en decir bien, pensar bien, sostenernos en el bien. Cuando, pese a todo, nos esforzamos en la esperanza y la confianza en el Dios de la vida que resucitó a Jesucristo, cuando bendecimos en vez de maldecir nuestra suerte, nuestra situación, nuestra debilidad, entonces, pese a todo, el mundo se hace mejor.
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Recorre cada vez más la imaginación común la idea del trabajo como castigo y mal. Idea que resuena en la caída del hombre y la expulsión del paraíso, y que habla del anhelo y la esperanza de un tiempo sin cansancio, sin agotamiento y sin esfuerzo, proyectando las esperanzas hacia atrás, en una realidad anhelada donde lo divino y su contemplación, la plenitud de la existencia, lo fuesen todo: cielo futuro y paraíso pasado, exitus y reditus, el fin es el principio. Pero hasta que se alcance el anhelo escatológico o la parusía esperada nos llegue, el aquí y el ahora son tiempos de trabajo, de esfuerzo, de cansancio, de entrega. Y si en otros tiempos -¿de veras?- pudo entenderse como don humano el trabajo por colaborar con lo creado en transformarlo y mejorarlo, hoy, sometidos a nuevas esclavitudes neoliberales de condiciones de trabajo precarias, sueldos irrisorios, estatus de vida imposibles de lograr, y labores que poco pueden tener que ver con el desarrollo personal, espiritual o intelectual del hombre, el trabajo se nos revela como un mal necesario, pero mal. Y ahí perdemos mucho. Perdemos la capacidad de experimentar que tallar una piedra no es sin más pagar una hipoteca, sino construir una catedral, colaborar a que la belleza se extienda. Perdemos la capacidad de experimentar el agotamiento, caer rendido una noche en una cama, como un bienestar fruto del tiempo empleado en hacer de este mundo un lugar mejor. Y está también ese deseo en el corazón del hombre. La prueba suele ser que ante los sueños de millones de sorteos y loterías, los planes no son no hacer nada, sino hacer lo que uno sueña que le encantaría hacer.
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La memoria de la historia. De quienes antes pensaron, soñaron, lucharon, crearon, idearon y trabajaron. La memoria de que quienes mueven el mundo son los poetas. La memoria de sus muertes entregadas por un ideal. La memoria de que hubo quienes los mataron, o encerraron, o humillaron, o despreciaron, por no compartir su visión del mundo, prefiriendo matar a escuchar. La memoria de que pese al odio, siguen presentes hoy. Y que se les sigue queriendo humillar, despreciar, encerrar, profanar y matar otra vez en una constante venganza maligna contra todo lo justo, bello y bueno que representan.
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No dejes que la crueldad, que la ira, que el enfado aniden en tí. Si llegan, acéptate, corrígete, peléate contigo, pero que no aniden en tí. Son, además, recuérdalo, los mantos externos y las espadas afiladas de otras cosas: tus miedos, tus carencias, tus oscuridades. Apuesta por el bien, por la bondad, aunque todo a tu alrededor parezca que se mueve por intereses espurios. Combate el buen combate con armas justas, ideas elevadas y sentimientos nobles, pues aunque pierdas y seas derrotado, una vez más, como siempre lo has sido, tu corazón seguirá limpio.
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García-Máiquez -siempre en su sabiduría y en ese su seguimiento de la figura del padre- conminaba hace ya meses a hacer un ejercicio de agradecimiento y memoria sobre la figura del padre, y revelarnos a nosotros mismos qué aprendimos de nuestro padre. Yo, que aún lo tengo conmigo, le hice caso. De mi padre lo primero que aprendí es la fe. Una fe sin aspavientos, seria, profunda, tomada en serio, pero sin alharacas ni exhibiciones. Con la normalidad de la realidad y la verdad. Quizás lo segundo más importante que aprendí es a aceptar la vida como es, no como nos gustaría que fuera, en un realismo ni fatalista ni iluso, sino más bien estoico, que en Córdoba llaman senequismo. Creo que como tercera cosa importante aprendí la importancia del humor, de tener correa, de saber decir las cosas y acoger las cosas, a no dar ni darse demasiada importancia y a intentar mirar todo desde una risa limpia, un humor fácil y agradecido. También aprendí una cierta austeridad en el gasto, en medir y ahorrar, pero no de un modo acaparador, sino para poder gastar cuando las cosas merecen la pena, o cuando es necesario por esos imprevistos que siempre aparecen. También la urbanidad más elegante: ceder el paso, usar los cubiertos adecuados, estar de forma adecuada en cada lugar, vestirse de forma acertada para distintos momentos, a usar el usted, el por favor, el gracias. Educación vaya. También que se ama con acciones y gestos concretos, diarios, entregados, y también aprendí que amar es amar por encima de uno mismo, incluso del propio carácter. Desde luego que aprendí también que hay que vivir equilibrado, en prudencia, sin traicionarse a sí mismo, en fidelidad a uno y a los tuyos. También sin duda alguna la importancia y el gusto por leer, por estudiar, por aprender, por conocer, por la cultura y las artes. Recuerdo cuando me llevó – con once o doce años- a comprar mi primer libro de adulto, y las exposiciones, los conciertos, los viajes, las iglesias, los museos, los castillos que en familia visitamos. También a ser paciente y confiar que el tiempo pone las cosa en su lugar, y si no las pone, es que donde están era su lugar… Y el orden. Sin duda la importancia de ordenar lo que nos rodea como un espacio de comodidad, de facilidad y de mejor vivir por fuera… y por dentro.
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