Solidaridad

Sylvie

Aquí en Yaundé mi comunidad está en el barrio Etoug-Ébé. Me atrevo a decir que es un barrio “normalito”, en donde tenemos vecinos de todo tipo: taxistas, comerciantes, gente que vende en el mercado, un par de comunidades religiosas de otras congregaciones y algún que otro vecino que, a juzgar por su casa, ha de tener bastante más solvencia.

En el centro del barrio está el Centre national de rehabilitation des personnes handicapees (Centro nacional de rehabilitación para personas discapacitadas), y en el recinto hay una Iglesia que, provisionalmente, es la sede de la Parroquia de San Felipe. Cada mañana, a las 6:15, nos encontramos la comunidad matinal para celebrar la eucaristía. Normalmente asisten también personas con discapacidad y entre los habituales está Sylvie, que tiene una discapacidad intelectual.

Sylvie es de las mías, de las que llega “con la hora pegada” casi cuando el sacerdote va a salir. Yo entro y me siento cerca de la puerta, pero ella avanza sin disimulo por el pasillo central. Le encanta sentarse en el primer banco y lo lleva fatal cuando alguien está ocupando “su sitio”. Suele estar atenta, participa, baila (aquí es un must), y es muy efusiva en el momento de la paz, como no la mires y le respondas rapidito, ¡hay riesgo de que su brazo salga volando por los aires! Si hay alguna hoja en el banco, siempre hace por leerla, aunque a veces….. tiene el texto girado boca abajo.

Cuando alguien nuevo llega, es la primera en “salir pitando” para investigar quién eres y que haces aquí. Yo no fui la excepción, llegué nueva y ¡encima blanca! (esto va a dar mucho de que escribir). Los primeros 4 o 5 días que nos vimos, hacía un esfuerzo para recordar mi nombre, hasta que alguna de nosotras terminábamos ayudándole. Una mañana se acercó muy contenta y me dice bonjour ma soeur Mónica. Fue una primera prueba superada, se había aprendido mi nombre. Cuándo nos despedíamos me dice muy seria: cuídate mucho. Yo le dije que también se cuidara ella mucho, y su respuesta me dejó muy pensativa, me dijo: no, cuídate tú mucho, porque eres blanca.

Estoy segura de que lo dijo de corazón y con muy buena intención, pero algunas semanas después sigo sin tener clara la profundidad de su respuesta. Lo que por ahora tengo claro es que es una persona acogedora, con una sensibilidad especial y a pesar de su discapacidad, es perfectamente consciente de lo que dice y de a quién se lo dice. Muchas mañanas viene con nosotras a desayunar y en el camino hablamos un poco. Lo que le pregunto me cuenta, si algo no hizo bien solo me mira y me dice oui ma soeur, y ella a mí solo me insiste en si estoy bien y en si me estoy cuidando. Yo me estoy cuidando, pero también me doy cuenta de que van apareciendo ángeles que también me cuidan en esta nueva aventura, y uno de ellos es Sylvie.

Siempre me quedo pensando en lo importante que es el cuidarnos unos a otros, nos conozcamos de siempre, o de hace apenas unas semanas. Yo misma a veces caigo en el error de pensar que el cuidado y el estar pendiente de los demás es una carga, pero Sylvie me recuerda cada mañana que el cuidar de los demás muchas veces es tan sencillo como el preguntar si estás bien y si te estás cuidando.

Mónica Marco