Cultura

Rezando el Rosario con los dadaístas. Por Carmen Bueno Acero

Recuerdo que, a los estudiantes de Filosofía de los años 80, nos encantaba el dadaísmo y, en general, todas las vanguardias artísticas. Nos sentíamos identificados con aquellos jóvenes inconformistas con inclinaciones artísticas que, en 1916, fundaron el Cabaret Voltaire en un pequeño local de Zurich, situado en el número 1 de la Spielgasse. Les unía –y nos unía– el rechazo a una razón positivista, puramente tecnocientífica, así como a unas costumbres sociales rígidas y obsoletas. Ese primitivo grupo de dadaístas, formado por Tzara, Juanco, Arp, Hugo Ball … no pretendía convertirse en una tendencia artístico-literaria, sino en un «modo de vida», basado en la libertad y el amor, cuyo principal objetivo era transformar la poesía en acción o, lo que es lo mismo, pasar de la poesía centrada únicamente en el significado racional, a la «poesía fonética» en la que los elementos fundamentales son el ritmo y la repetición de cada sonido puro de la palabra (en terminología lacaniana, hoy diríamos el poder del «significante»). Este tipo de poesía no se orientaba a evocar significados en nuestra mente, sino a despertar toda una serie de sensaciones en el cuerpo. Si bien, el primero en componer poesía fonética fue Hugo Ball, quien llevó este tipo de poesía a sus más altas cotas fue K. Schwintters (1887-1948) con su obra «Ursonate in Urlauten» (Sonata Primitiva): un poema sinfónico que sigue la estructura de una sonata musical clásica y ha sido considerada como la catedral de la poesía fonética (M. Micheli, «Las vanguardias artísticas del siglo XX», Alianza Forma).

Pasaron los años, y por una «bonita casualidad» volvió a surgir en mí esa necesidad de orar que durante tanto tiempo había estado sepultada, pero latente, en el fondo de mi inconsciente. Además de la misa, me llamaba poderosamente la atención el rezo del Rosario y comencé a investigar en su sentido. Descubrí que, aunque el origen podemos encontrarlo en la oración coral comunitaria de la Orden de Cluny fundada en el año 910, fue en el siglo XIV cuando las órdenes mendicantes difundieron el rezo del Salterio de María, sobre todo en la zona renana, con la finalidad de proteger a las beguinas de la sospecha de herejía. Se trataba de establecer una oración sencilla y metódica que sirviera para meditar los pasajes del Evangelio, siguiendo los parámetros de la «Devotio moderna». Por fin, en 1475, el prior de los dominicos de Colonia creó la primera Cofradía del Rosario, convirtiéndose la Orden en los grandes difusores del Rosario. Es en esta época cuando empieza a identificarse a Santo Domingo con el Rosario, así como la conocida tradición de que la misma Virgen María le encomendó a este santo la tarea de difundir esta oración por el mundo entero (cf. dominicos.org). 

Pues bien, si bien el rezo del rosario tuvo su momento de esplendor, a partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó a perder prestigio, incluso entre algunos católicos que la consideraban una oración repetitiva y carente de valor espiritual. Fruto de una razón ilustrada mal interpretada, se entendía que rezar era fundamentalmente un proceso de comprensión lógico/racional, desatendiendo aquello que los dadaístas ya habían denunciado: que la energía mental –como también señalaba Freud a principios del siglo XX y posteriormente Lacan– proviene del cuerpo y que, por tanto, sentir el cuerpo como un amigo, y no como un enemigo, era fundamental para orar en armonía con nuestro auténtico ser. 

Y es que, si nos fijamos bien, los fieles devotos del rosario y los dadaístas con su «poesía fonética», siglos más tarde, buscan –a mi entender– satisfacer un mismo deseo inconsciente: reconciliarse y orar con el propio cuerpo, para que esa energía pueda ser simbolizada y los conduzca al espacio de lo sagrado (cf. Mircea Eliade, «Lo profano y lo sagrado», ed. Guadarrama). De ahí que el rezo del rosario y la «poesía fonética» compartan dos rasgos fundamentales. El primero es la automatización del lenguaje, donde se prescinde del significado de las palabras tal y como aparece en el diccionario. De este modo, cada unidad del lenguaje se convierte en una especie de mantra que, con su vibración acústica, adormece la mente racional y equilibra el latir armonioso del corazón. El segundo es la búsqueda de un «murmullo coral», visible tanto en las «Letanías» como en las recitaciones de poesía fonética. Se trata de un sonido colectivo capaz de transportarnos, bajo las condiciones adecuadas, al «ruido blanco» que subyace en toda tradición mística u oracional. 

Pero, como decía antes, somos hijos de la ilustración y como tales no nos resulta fácil renunciar al poder que nos otorga una razón que creemos que puede explicarlo casi todo. Y aunque nuestra capacidad racional sea la vía fundamental de acceso al conocimiento, de eso estoy convencida, también el cuerpo nos habla a su modo, y es necesario que simbolicemos sus menajes. Porque también nuestro cuerpo –fuente de donde brotan nuestros deseos– necesita orar y encontrar la paz. Y esto no es una tarea fácil. Seguir el ritmo del rosario requiere de una enorme paciencia y constancia en su aprendizaje, porque, aunque sepamos rezar lentamente con el entendimiento, es complicado adquirir el ritmo que necesita esta oración, como también es complicado poder disfrutar de un «poema fonético». Todo esto, y la mirada agradecida hacia esas señoras que cada tarde han mantenido viva la tradición, me ha llevado a entender que en mi juventud con los poemas dadaístas, y ahora con el rezo del rosario, busco satisfacer un mismo deseo: conseguir que mi cuerpo ore y mi mente pueda volar hacia la meditación de cada uno de los misterios del Rosario que nos conduce a través de la Virgen a dialogar con Dios.

Carmen Bueno Acero