El perdón de mi abuelo
Ayer el Evangelio nos invitaba a perdonar, un valor muy evangélico: perdonar siempre, perdonar aunque cueste, porque si sólo amamos a los que nos quieren ¿qué mérito tenemos? Un perdón que antepone el amor al rencor, que es compasivo, que libera, que ayuda a sanar heridas y abre nuevos caminos. El perdón no tiene límites, porque si los tuviera dejaría de ser perdón. Hasta Jesús, en su entrega en la cruz, murió perdonando, “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Siempre que pienso en el perdón, me acuerdo de mi abuelo Ángel. Durante la guerra civil española, fue injustamente denunciado de espía en Guadarrama, dónde nunca había estado, metido en la cárcel y trasladado a una cárcel en Valencia dónde había gente muy peligrosa, en medio de una guerra. Él contaba que cuando se iba a dormir, no sabía si iba a despertar al día siguiente, pero gracias a Dios sí despertó, todos los días siguientes. Comían lo que encontraban: gatos… El intentaba portarse bien con todos, barría y no se metía con nadie, así fue ganándose a unos y otros.
Cuando acabó la guerra, en mi pueblo, Cazorla (Jaén), escogieron a mis dos abuelos para los tribunales. Allí decidieron romper todos los papeles, ya había habido demasiado sufrimiento, mucha gente inocente, y no querían que continuara, era mejor empezar de nuevo. Entre esos papeles, estaba el de la persona que había acusado a mi abuelo, y por deferencia se los dieron a él; también los rompió, sabiendo y sintiendo en su propia piel tanto sufrimiento durante los tres años que duró su encierro, los rompió; y no sólo eso, nunca le dijo a nadie quién había sido. Mi padre más de una vez le preguntó quién fue, pero él se llevó el secreto a la tumba. Y creo que fue lo mejor que pudo hacer, para parar la espiral de odio, o del mal.
Gracias abuelo, por enseñarnos a poner el amor por encima de todo, por enseñarnos que ni el dolor ni el sufrimiento, impiden amar, y que el rencor no sirve para otra cosa que perpetuar el dolor. Que es mejor empezar un nuevo camino, curando las heridas y dando oportunidades a las personas que nos han hecho daño. Gracias por enseñarnos con tu vida, que el perdón no tiene límite alguno y que ser cristiano implica amar hasta el extremo.
Belén Sánchez
