El plan del verano… seguir a Domingo de Guzmán.
Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Una vez más llega el verano y, con él, la posibilidad de hacer una escapada vacacional. Las opciones son muchas y varían según el presupuesto y los intereses de cada persona. El objetivo, sin embargo, suele ser prácticamente el mismo: cambiar de ambiente para romper la rutina, sobrellevar mejor el calor y disfrutar de un tiempo de descanso en familia o con los amigos.
En las comunidades cristianas, especialmente en aquellas parroquias que cuentan con grupos juveniles, estos planes suelen incluir campamentos, peregrinaciones o actividades que combinan el ocio con la vivencia de la fe. Tal fue el caso de un grupo de casi sesenta fieles de la parroquia San Francisco de Asís de Murcia, pertenecientes al Camino Neocatecumenal, que decidieron dedicar seis días a recorrer algunos de los lugares más emblemáticos de la provincia de Burgos.
Se trataba de un grupo marcadamente familiar, integrado por personas cuyas edades iban desde apenas un año hasta los sesenta, aunque la mayoría eran jóvenes de entre dieciocho y veintiún años. Unidos por la fe y por la amistad, emprendieron un itinerario que tenía como hilo conductor la figura de santo Domingo de Guzmán.
Su recorrido comenzó en Caleruega, cuna de nuestro Padre Santo Domingo, con el deseo de seguir sus huellas y recorrer el camino que, según la tradición, realizó siendo un niño de siete años cuando fue enviado a Gumiel de Izán para iniciar sus primeros estudios bajo el cuidado de su tío, arcipreste de la villa.
Llegaron al pueblo el lunes 27 de julio y, después de un merecido chapuzón en la piscina municipal, visitaron el Pocito de Santo Domingo. Más tarde participaron en el rezo de las Vísperas junto a las monjas dominicas y los frailes, en el coro del monasterio. La jornada concluyó con la cena y el descanso en el frontón municipal, convertido por una noche en improvisado albergue de peregrinos.
Al día siguiente llegó el gran reto del viaje: recorrer los veintiún kilómetros que separan Caleruega de Gumiel de Izán. La caminata comenzó a las seis y media de la mañana, aprovechando las horas más frescas del día, y los primeros peregrinos completaron el recorrido en poco más de cuatro horas.
Pero, como suele suceder en toda peregrinación, el verdadero milagro no fue llegar a la meta, sino lo que ocurrió durante el camino. Mientras avanzábamos entre campos y senderos, las conversaciones fueron dando paso al conocimiento mutuo. Hablamos de sus inquietudes sobre la fe y la moral, de sus sueños, de sus proyectos y también de sus dificultades. Poco a poco, el trayecto dejó de ser simplemente una caminata para convertirse en una auténtica experiencia de encuentro, de fe y de vida.
Resulta profundamente esperanzador contemplar la vitalidad de una comunidad cristiana en una sociedad cada vez más secularizada y con un sentido de la fe cada vez más débil. Ver reunidas a tantas familias numerosas, cuyos padres descubrieron el Camino Neocatecumenal hace ya varias décadas, y comprobar cómo aquellos que un día eran desconocidos hoy se reconocen como hermanos en Cristo, constituye un verdadero signo de esperanza.
Más alentador aún es descubrir que sus hijos y sus nietos representan ya una segunda e incluso una tercera generación que ha recibido la fe como un tesoro compartido. Entre ellos no existe únicamente una amistad nacida de la convivencia, sino una auténtica fraternidad cristiana, fruto de una misma experiencia de encuentro con el Señor. Esta es la Iglesia viva que describen los Hechos de los Apóstoles: una comunidad perseverante en la enseñanza, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración (cf. Hch 2,42-47), donde nadie pasa necesidad porque todos se sienten verdaderamente hermanos (cf. Hch 4,34-35).
Fray Diego Rojas, O.P.
