El papa León en España
Especial Visita del Papa León a España
Confieso que esperaba con ilusión la visita del papa León XIV a España. A mi edad, uno ya no se deja impresionar fácilmente por las noticias. He visto pasar muchos acontecimientos que parecían decisivos y que terminaron olvidados al cabo de unos meses, pero la visita de un Papa sigue siendo algo distinto.
Recuerdo con cariño y nostalgia la visita de san Juan Pablo II a Barcelona, y también la de Benedicto XVI para consagrar la Sagrada Familia. Los papas siguen teniendo la capacidad de reunir a personas muy diferentes alrededor de una misma fe y de recordarnos lo que realmente nos une. Y eso queda en la memoria profunda del corazón.
Lo digo además como catalán. De esos catalanes que crecimos queriendo nuestra tierra, nuestra lengua y nuestras tradiciones sin sentir jamás que eso nos separara del resto de España. Nunca he tenido que elegir entre ser catalán o español, porque siempre he considerado que ambas cosas forman parte de mi identidad. Por eso, cuando conocí el programa de la visita, me alegré especialmente al ver que León XIV acudiría a Montserrat. He subido muchas veces a la montaña santa y he rezado mucho ante la moreneta. Montserrat forma parte de la historia espiritual de Cataluña y también de la mía.
Pero precisamente porque conozco bien lo que representa, no puedo evitar pensar que algunos interpretarán esa visita en clave política. Estoy convencido de que el Santo Padre no viaja para respaldar proyectos partidistas de ningún signo. Pero vivimos tiempos en los que muchos observan la realidad con las gafas de la política puestas. Y Montserrat, por desgracia —y de verdad lo digo: por desgracia—, se ha ido adueñando de ella solamente un sector catalán que lo ve como un símbolo que les acerca a la ruptura con España.
Tal vez por eso me pregunto si no habría sido conveniente acompañar esa visita con algún otro gesto hacia lugares que también ocupan un espacio central en la vida religiosa de nuestro país. Pienso en Santiago de Compostela, meta secular de peregrinos; en Zaragoza, con la devoción a la Virgen del Pilar; o en Andalucía, cuya religiosidad popular sigue congregando a miles de fieles año tras año. Madrid, todos lo sabemos, es un centro institucional y geográfico, pero España, menos mal, es mucho más. Y no se trata de hacer una lista de agravios ni de reclamar cuotas territoriales. Nada más lejos de mi intención. Simplemente me pregunto qué imagen de la Iglesia española transmite el conjunto del viaje. ¿No es España más que Madrid y Barcelona? Y ojo, que Canarias es una inmensa alegría que vaya. Más allá de lo que cada uno pensemos del hecho migratorio.
Porque, al final, los viajes papales son también un lenguaje. Hablan a través de los lugares elegidos, de las personas que se encuentran y del tiempo que se dedica a cada realidad.
Y aquí aparece una segunda reflexión.
Al leer la agenda, me llamó la atención el notable espacio reservado a encuentros institucionales. Obispos, autoridades, representantes públicos… Todo ello es lógico y necesario. La Iglesia tiene una estructura y un Papa debe relacionarse con quienes tienen responsabilidades de gobierno.
Pero confieso que me sorprendió el contraste entre algunos tiempos. Hay encuentros con la Conferencia Episcopal que ocupan varias horas, mientras que otras realidades eclesiales parecen recibir una atención mucho más breve. Pienso en Cáritas, en las obras sociales, en las prisiones, hospitales, comunidades religiosas o las simples parroquias. Quizá existan razones organizativas que desconozco. Seguramente las habrá. Pero a veces tengo la sensación de que la Iglesia corre el riesgo de mostrarse más a través de sus estructuras que a través de sus rostros. Y los rostros son importantes.
Lo fueron para san Juan Pablo II. Lo fueron para Benedicto XVI. Y lo son también para León XIV, cuya sensibilidad pastoral nadie pone en duda. Su visita a Canarias es prueba de ello.
Pero hay además un tercer detalle que me ha hecho pensar.
Mientras el Papa compartirá momentos de cercanía con la comunidad benedictina de Montserrat, no está prevista una visita a la comunidad de Cuelgamuros, a la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Y los saco a ellos, no para abrir aquí debates históricos que llevan años enfrentando a unos y otros. Bastante división tenemos ya en la sociedad española. Sino porque en el contexto social y político que vivimos, es un símbolo. Un símbolo de libertad religiosa, de oración, perdón y reconciliación.
Me parece extraño tener que recordar que allí vive una comunidad monástica cuya misión principal es la oración. Verlo de otro modo es renunciar en mucho al propio mensaje de fe.
Desde hace tiempo observamos cómo el Estado muestra una creciente voluntad de intervenir en aspectos que afectan directamente a ese recinto religioso. Cada gobierno tiene derecho a desarrollar sus políticas, faltaría más. Pero también existe una frontera que no puede rebasarse: la autonomía de la Iglesia en aquello que pertenece a su vida interna y a sus lugares de culto.
Me preocupa, como católico, la facilidad con la que algunos responsables políticos parecen considerar legítimo intervenir sobre instituciones eclesiales cuando estas no encajan en determinadas lecturas ideológicas de la realidad. Quizá no todos compartan esta preocupación. Lo comprendo. Pero creo que la libertad religiosa merece ser protegida con el mismo cuidado para todos.
Y con tristeza digo que pareciera además nada apoyada por nuestros pastores, que prefieren no enfrentarse con el gobierno. Me produce tristeza la sensación de soledad que transmiten los monjes. Puede que haya muchas conversaciones discretas que desconozcamos. Seguramente las hay. Pero desde fuera, la impresión es que la comunidad benedictina ha quedado demasiado sola frente a una presión creciente.
Dicho todo esto, no escribo estas líneas desde la queja, ¡aunque pudiera parecerlo! Al contrario. Las escribo desde la alegría de recibir al sucesor de Pedro y desde el afecto que sigo sintiendo por una Iglesia que me ha acompañado toda la vida.
Como decimos en Cataluña, qui estima una casa, la vol endreçada. Quien quiere una casa procura verla bien ordenada. Y precisamente porque quiero a la Iglesia, me permito estas reflexiones.
Quizá esté equivocado. A mi edad también he aprendido que conviene desconfiar de las propias certezas. Pero sigo pensando que una visita papal es una oportunidad extraordinaria para mostrar toda la riqueza de la Iglesia: sus pastores, sí; sus grandes santuarios, por supuesto; pero también la inmensa variedad de rostros, sensibilidades y tradiciones que la componen. Y las regiones distintas que forman un país unido como es España que se formó sin duda alguna desde la experiencia cristiana.
En cualquier caso, cuando León XIV llegue a España, rezaré por él como he hecho siempre con los Papas. Intentaré verlo por televisión todo lo que pueda, que uno ya no está para según qué cosas masificadas. Y pediré que su presencia nos ayude a mirar menos aquello que nos separa y más aquello que, desde hace siglos, nos mantiene unidos en una misma fe.
Arnau Sunyer i Clota
