Elogio de los libros
El placer de los libros empieza mucho antes de abrirlos. Está en el gesto de sostenerlos, en el peso —ligero o rotundo— que descansa en las manos, en el crujido apenas audible al separar sus páginas por primera vez, en su olor, en su rostro -la portada-, en lo que evoca su título, en las memorias o las posibles sorpresas que trae el nombre del autor, en la contraportada y su texto, en la propia idea del libro.
Y es que un libro es, antes que nada, un objeto de civilización: un artefacto humilde y sofisticado a la vez que ha acompañado a la humanidad en su intento, siempre incompleto, de entenderse a sí misma y de mejorar el mundo.
Tener libros es una forma de habitar el tiempo. Los hay que llegan a nuestras estanterías tras una búsqueda deliberada, y otros que aparecen casi por azar, como si nos eligieran. Se acumulan sin prisa, formando una cartografía íntima de intereses, obsesiones y etapas vitales. Cada lomo en la balda guarda no solo una historia, sino el recuerdo del momento en que entró en nuestra vida: aquella recomendación insistente de un amigo, el hallazgo en una librería escondida, el regalo pensado con cuidado por alguien que nos conoce bien, en el puesto de libros de saldo y viejos con su polvo y sus marcas y la conversación con los libreros.
Porque los libros, a diferencia de otros objetos, están hechos para circular. Se compran, se venden, se prestan, se intercambian, se recomiendan con una mezcla de entusiasmo y pudor, como si al hacerlo compartiéramos también algo de nosotros mismos. Hay en ese gesto una forma de amistad: confiar en que el otro encontrará en esas páginas algo que le interpele, que le acompañe, que quizá le cambie. Que le guste, que le abra a nuevos mundos. Y cuando ese libro regresa —si regresa— lo hace transformado, con nuevas marcas invisibles: la lectura ajena, el tiempo compartido.
Leerlos, por supuesto, es el corazón de todo esto. Pero incluso ahí el libro nos recuerda sus límites y su grandeza. No deja de ser un objeto: lo que transforma no es el papel, sino la mirada que lo recorre. Importa qué se lee, cómo se lee y quién lee. Los libros han intentado mejorar el mundo, y a veces lo han logrado; otras, han sido cómplices de errores, prejuicios o engaños. En esa ambivalencia reside también su verdad: son herramientas, no oráculos. Dependen de nosotros. Son peligrosos también, desde luego. Como todo lo importante lo es.
Y más allá de su contenido, hay un placer sereno en su mera presencia. Las librerías, con su promesa de descubrimiento ordenado, invitan a demorarse sin objetivo claro, a dejarse llevar por títulos y autores desconocidos. Las bibliotecas públicas encarnan una idea profundamente fascinante: la posibilidad de acceder todo el mundo, sin que medie la capacidad económica, al fascinante mundo del libro, al conocimiento, traen la posibilidad de que cualquier persona encuentre un libro que le abra una puerta. Las privadas, por modestas o extensas que sean, son refugios personales, pequeños universos donde cada volumen ocupa un lugar ganado.
Ordenarlos, colocarlos, mirarlos: tareas aparentemente triviales que encierran una forma de contemplación. Alinear los libros es también ordenar la memoria, trazar un hilo entre lo que fuimos y lo que somos. Hay algo casi ritual en ese cuidado, en esa atención al detalle que convierte una estantería en un paisaje familiar.
Quizá por todo ello los libros siguen acompañándonos. No solo porque los leamos, sino porque están ahí, disponibles, silenciosos, esperando. Como amigos pacientes que no exigen nada, pero siempre tienen algo que decir.
Fray Vicente Niño, OP
