Opinión

Taybeh

Taybeh es una pequeña aldea palestina situada en Cisjordania, a unos 15 kilómetros de Jerusalén. Tiene apenas 1.300 habitantes y una singularidad que la convierte en símbolo: es la única comunidad completamente cristiana de Palestina.

Hoy no es noticia por su historia, sino por su asfixia.

En los últimos meses, y especialmente al calor de la guerra salvaje de Israel en la región, colonos israelíes están intensificando el acoso sobre la población: incendios en campos y propiedades, vandalismo, robo de ganado, destrucción de olivares —que son su principal medio de vida— y bloqueo del acceso a las tierras. Todo ello ha generado, como denuncia su párroco, un clima de miedo constante.

Además, el patrón se repite: primero la intimidación, luego la pérdida de tierras, después el abandono forzado. Es una lógica conocida. Y cuando esa lógica se normaliza, lo que está en juego no es solo un territorio, sino la dignidad humana.

Y lo más grave: esto ocurre con una sensación de impunidad difícil de aceptar. No hablamos de hechos aislados, sino de una presión sostenida que empuja a la gente a marcharse. Y todo esto, bajo la responsabilidad última del Estado de Israel, que tiene la obligación de garantizar la seguridad y los derechos de quienes viven allí. Y no sólo de los judíos.

Dicho claro, sense embuts: esto no es solo una negligencia, es una responsabilidad política directa. El Estado de Israel no puede seguir escudándose en la complejidad del conflicto mientras permite —por acción o por omisión— que grupos de colonos actúen con violencia contra población civil. Cuando no se protege, cuando no se actúa, cuando no se detiene, se está consintiendo. Y consentir la injusticia es participar de ella. Israel es culpable.

Ja n’hi ha prou. No todo vale en nombre de la seguridad. No todo puede justificarse por la guerra. Hay decisiones concretas, políticas concretas, que están favoreciendo un clima en el que estas agresiones se repiten. Y eso exige una denuncia clara: no es aceptable que un Estado democrático –si es que puede considerarse aún así a ese estado- tolere dinámicas que empujan, de hecho, a la expulsión silenciosa de comunidades enteras. La palabra genocidio está próxima.

Lo más inquietante no es solo lo que ocurre, sino la sensación de impunidad. Que esto siga pasando día tras día sin consecuencias reales. Que la comunidad internacional se limite a observar. Que incluso muchos cristianos en Occidente apenas sepan que Taybeh existe.

Y sin embargo, allí siguen. Resistiendo. Con una dignidad que interpela. Porque quedarse, hoy, es casi un acto de fe radical. Es decir: “no nos vamos, aunque nos empujen”. Y eso, para quienes creemos, debería sacudirnos por dentro. Esa permanencia tiene algo profundamente evangélico.

Desde la fe resulta doloroso. Porque Taybeh no es solo un pueblo más: es una presencia viva del cristianismo en la tierra de Jesús. Si desaparece, no será solo una cuestión demográfica; será un empobrecimiento espiritual para toda la Iglesia.

Pero no se les puede pedir heroísmo eterno mientras nosotros miramos desde lejos. Nuestra reacción es demasiado débil. Nos indignamos un momento, compartimos una noticia y seguimos adelante. Y así, poco a poco, nos acostumbramos. Y cuando uno se acostumbra a la injusticia, ya ha empezado a perder algo por dentro. Lo más doloroso es la soledad. Taybeh pide ayuda y apenas encuentra eco.

No se trata de tomar partido ideológico simplista. Se trata de llamar a las cosas por su nombre. Y lo que ocurre en Taybeh es una injusticia grave que exige responsabilidad política y moral. No basta con lamentarlo: hay que denunciarlo. La pregunta no es solo qué está haciendo Israel. Es también qué estamos haciendo nosotros.

Quizá no podamos cambiar el curso de la historia, pero sí podemos negarnos a ser indiferentes. Informarnos, hablar de ello, exigir responsabilidades, sostener con nuestra oración y nuestro apoyo a quienes están allí. Porque el silencio, al final, siempre favorece al más fuerte.

Y aquí viene una llamada directa a nuestra conciencia. Cada Viernes Santo, en todas las parroquias del mundo, la Iglesia realiza la colecta para Tierra Santa. Una colecta concreta, real, destinada precisamente a sostener a comunidades como Taybeh: para que puedan seguir viviendo, trabajando y celebrando su fe allí donde nació el cristianismo.

Pero esa colecta no puede convertirse en un gesto automático o rutinario. No basta con dar unas monedas y pasar página. Si no va acompañada de conciencia, de información y de una mínima exigencia moral, corre el riesgo de tranquilizar nuestra conciencia sin cambiar nada.

Porque lo que está en juego es mucho más que una ayuda económica. Es la supervivencia de una comunidad cristiana que resiste en condiciones cada vez más difíciles. Es la posibilidad de que la fe siga teniendo un rostro concreto en Tierra Santa.

Taybeh nos lanza una pregunta directa: ¿vamos a dejar que esa luz se apague? Si un día Taybeh desaparece, si se apaga su luz, no será solo por la presión de fuera. Será también por la falta de respuesta, por la indiferencia, de quienes, desde lejos, podríamos haber hecho algo más.

Arnau Sunyer i Clota