Ayuno. Variaciones sobre las ideas del Maestro Eckhart
La Cuaresma es camino. Y el camino puede ser un maestro en sí mismo para reconectar con nuestra humanidad a través de la experiencia de nuestra propia fragilidad. Cuando Jesús se retiró al desierto para orar, tuvo las experiencias más humanas que se conocen en el Evangelio. Se moría de hambre, al punto de poder ser tentado con un pan (Mateo 4, 3). Reflexionaba intensamente (y quizás sobrepensaba) sobre su misión, al punto de verse tentado a optar por el poder (Mateo 4, 9). Sobrevivió también a lo que nos parece imposible: si crees tanto en Dios, si tanto eres su hijo, si tan fiel es a su palabra en la Escritura…lánzate, Superman. Que los ángeles te lleven en sus manos. Tienta tu propia suerte (c.f. Mateo 4, 5-7).
Bajo esa óptica, por el cedazo del Evangelio, la experiencia del ayuno no es, no puede ser, sólo privación y sufrimiento. Desde una aproximación más dominicana, podría ser la del vaciamiento. Y tenemos grandes figuras que nos han hablado sobre esto antes. El 05 de octubre de 2023 me levanté muy temprano, para poder estar en el gimnasio, ya sobre la caminadora, cuando se anunciara el Premio Nobel de Literatura de ese año. Soñaba con una mujer hispanohablante, después de 13 años sin uno, y me decepcioné al ver salir en todos los noticieros un viejito barbudo de pelo blanco que hablaba un idioma incomprensible. Sin embargo, era una rara avis de la escritura. En sus entrevistas, referenciaba como su más grande influencia una figura insólita: fray Eckhart von Hochheim, OP, el maestro Eckhart.
Eckhart, el mismo rebelde que hablaba de un Dios que puede habitar “la nada”. O incluso, serla (como en su obra Blancura). El que habla de una chispa, una centella, que es Dios en el alma (porque puede estar en cualquiera de nuestros corazones). Del desasimiento, como una “variante” teológica y profunda del estoicismo pagano, una forma de soltar el yo para poder ser libres. El Dios de la vía doble: El ojo a través del cual me ve, es el mismo a través del cual lo veo a él.
Así, quizás, podríamos tener una nueva perspectiva, unos nuevos lentes (dominicanos) con los cuales mirar una palabra que puede ser tan odiosa como el ayuno. Porque ya no se trata de dejar de comer, sino de detenernos un segundo para ser capaces de elegir conscientemente. No solo de pan vive el hombre, y vale la pena poder plantearse con qué nos estamos llenando, qué es lo que estamos sirviendo en nuestro propio plato. Ofrezco un ejemplo: Está comprobado científicamente (y yo mismo me he usado como conejillo de Indias para afirmarlo) que el ayuno de pantallas durante al menos la primera hora que estamos despiertos en el día, cambia drásticamente la experiencia basal de la ansiedad que vamos a experimentar en la jornada. Aún así, muchos de nosotros tomamos el móvil como primera acción cotidiana. ¿Qué pasaría si nos planteamos un ayuno consciente, así fuese de forma experimental?
Porque la copa que se satura, no puede recibir nada. Se desborda, pero no retiene. Una atención saturada, una mente sobreestimulada, un corazón rebosado de angustia, de temor, de sinsentido, difícilmente podrá experimentar el momento presente. Aproximarnos al ayuno es reinterpretarlo en clave de oportunidad. ¿Qué pasaría si ayunamos un segundo y detenemos todo, para hacer un ejercicio sencillo de mindfulness (estar presente aquí y ahora, sin jugar)? No se necesita saber meditar, ni tener mucho tiempo. Podría ser poner una de nuestras canciones favoritas, y cantar cada palabra, cada letra, con toda la intención y la presencia. Volver a vivir en cada segundo que pasa. Para los más arriesgados, podrían ponerse un cubito de hielo en la mano y sentarse a ver cómo se derrite. No van a morir en el intento, pero podrían terminar descubriendo cosas muy interesantes sobre ustedes mismos.
En ese sentido, el ayuno puede ayudarnos a vaciar la maleta. El camino le enseña al peregrino lo que de verdad es importante. A través de la experiencia, le recuerda qué es lo esencial o, por el contrario, lo que podríamos conseguir en la siguiente parada. En Bogotá, diría que una botella de agua y una sombrilla. ¿Pero en la vida? Ayunar podría ser permitirnos reflexionar sobre qué es importante para mí y por qué lo es. En su mensaje para esta Cuaresma, León XIV decía: El ayuno debe ser sobrio para ser evangélico. Osea, que el Señor nos libre del Señor. De la idea que tenemos de él, de la voluntad de comerciarle el ayuno por un favor, por una gracia. De la tentación de lanzarnos del alero del Templo, porque los ángeles tienen la obligación de sostener nuestros pasos.
Finalmente, si en virtud del bautismo somos sacerdotes, profetas y reyes, el ayuno es un ejercicio de soberanía. Porque no somos más esclavos, sino que nos movemos desde la libertad, mi yo centrado, que habla con una mente sabia. Jonathan Haidt describió con precisión a mi generación, la Z, como “la generación ansiosa”: Y lo somos, sí que lo somos. Fallamos estrepitosamente en algo en lo cual el ayuno podría ayudarnos a entrenar, como atleta que se prepara para una maratón: ponernos límites, con amor pero con firmeza, a nosotros mismos. Como cantaba Rosalía: “Dios nos libre del dinero, queriéndolo. Buscándolo. Soñándolo. Vistiéndolo. Contándolo”. Es decir, Dios nos libre también de nosotros mismos. De nuestra pasión cuando se desborda, de nuestra ambición cuando se desafora, de nuestra emoción cuando es incontenible y se desregula.
Un pequeño pasito de ayuno en esta Cuaresma podría ser empezar por microacciones, que hoy, de forma concreta y modesta, pudiéramos hacer para ponernos límites a nosotros mismos y ejercitarnos en la antiquísima disciplina ascética de “reinar” sobre la carne. ¿Intercambiar media hora de pantallas por un encuentro, cara a cara, con un amigo?, ¿Durmiendo un tiempo decente, levantarnos media hora más temprano para dar un paseo, sin celular (o con él, pero solo para poner música que nos acompañe) en un parque cercano?, ¿Un día entero siendo conscientes de no hablar mal de nadie ni criticar a nadie expresamente?
El “tengo hambre” puede convertirse en un “aquí estoy, Señor, como un jarrón vacío”. Desde el pensamiento del Maestro Eckhart, no hay un corazón que intente vaciarse a sí mismo, que intente liberarse, que se haga ligero y use la travesía como ejercicio de acompañamiento y de establecimiento de límites a sí mismo, al que Él desatienda. Entrará en ese corazón por necesidad. Porque al final, el ayuno no es un sacrificio para “convencer” a Dios, sino un vaciamiento para dejarlo ser. No es “aguantar” hambre, es ensanchar el espacio donde la Luz no tiene más remedio que entrar. Y brillar, con nosotros, a través de nosotros,a pesar de nosotros.
Carlos Beltrán
