Cultura

La Sociedad del Espectáculo

La Sociedad del Espectáculo

Imagínenselo. Primer día de clase en la universidad (o puede que fuera el segundo), grado en Comunicación Audiovisual. La profesora, una mujer con cierta reputación, se sube al estrado y comienza a soltar nombres. Adorno, Horkheimer, Marcuse, Lazarsfeld, Benjamin, Bazin, Hall, Debord. Hombres que, según ella nos decía, habían cambiado la forma de percibir las industrias culturales. Pero pasó lo que tenía que pasar: claramente en aquel momento nadie le hizo demasiado caso y no leímos todo aquello que nos recomendaba porque aseguraba que eran las bases de nuestros estudios. Probablemente teníamos mejores cosas que hacer.

O eso queríamos creer. Vamos, que no nos apetecía empollarnos lo que un puñado de señores ya fallecidos tenían que decirnos. El caso es que hace poco he vuelto a esos nombres, por eso que hablaba hace no mucho de volver a los orígenes, y he entendido la insistencia por que supiéramos lo que en esos libros está escrito. En concreto en uno: La sociedad del espectáculo (Debord, 1967).

Curioso que, en este caso, el texto sea una crítica detallada y mordaz del entretenimiento. Es decir, de eso que estudiamos. Debord define el espectáculo como “una relación social entre la gente que es mediada por imágenes». Es decir, si con el auge del capitalismo la sociedad occidental había transicionado del “ser” al “tener”, con la aparición del espectáculo se ha sustituido el “tener” por el “parecer”. No importa lo que seas, ni quién seas, sino lo que aparentas ser, aquello que el otro percibe de ti. La ficción, la fantasía, la mentira, pesan mucho más que la verdad. Es por eso que hemos pasado de relacionarnos mediante realidades para hacerlo mediante representaciones, no siempre fieles, de las mismas. Lo que deriva en un abandono de la propia identidad, que no se cuida y a veces ni siquiera se posee. El individuo, dice Debord, no encuentra el hogar en ninguna parte porque el espectáculo está en todas partes. Cuanto más contempla, menos vive.

No se equivoquen, el espectáculo no son esos programas de lo que se ha denominado telebasura (aunque la telebasura sea otra cosa completamente distinta), ni los grandes actos y galas que salen en los telediarios. El espectáculo no se advierte, no se ve a simple vista. Está posicionado intrínsecamente en la sociedad, en las relaciones personales y en todo lo que nos rodea. Nosotros también somos espectáculo. Y al convertir nuestra vida en espectáculo, cada vez somos menos dueños de ella, la transformamos en mercancía, en producto. Todo a nuestro alrededor es una gran campaña publicitaria, en la que cada uno trata de agradar lo más posible a sus espectadores. Cosa que se agrava exponencialmente con las redes sociales.

Y es que lo que no se comunica no existe. No estar presente en Internet es prácticamente equivalente a no existir, es una muerte simbólica – y lo que no existe, tiende a no importar, aunque la experiencia mostrada sea, frecuentemente, opuesta a la vivida. Es por todo eso que hemos aceptado ciegamente el espacio digital como nuevo hábitat natural. Nos nutrimos de él, está en lo más alto de nuestras prioridades. Y el que diga que no, que piense qué es lo primero que mira cuando se levanta. La respuesta muchas veces será la misma: el móvil.

Además, las redes, como personificación del espectáculo, traen consigo la comparación. Esa de la que todos hemos oído hablar – y a veces negamos haber experimentado– pero que está presente en el día a día. Es una comparación en lo físico y exterior, sí, pero no se queda únicamente en eso. Traspasa la barrera de lo material y entra en el terreno de lo abstracto, lo psicológico y lo artístico. Y ahí llega el problema, porque lo hemos normalizado y ha pasado a formar parte de la rutina. Se comparan a veces incluso las creencias, y no es complicado encontrar personas que por tener unos cuantos miles de seguidores y subir una foto de una adoración al Santísimo, creen que tienen más asegurado el Paraíso y que su fe es mejor que la de los demás.

Pero no se crean, Debord lo predijo todo, incluidos los influencers. Él los llamó estrellas, pero el concepto viene a ser el mismo. Son aquellos personajes admirados en quienes se personifica el sistema y el espectáculo, conocidos por no ser lo que son. Es más, se han convertido en lo que son a fuerza de descender por debajo del umbral de la más mínima vida intelectual, y ellos lo saben. Basta decir que entre las diez cuentas con más seguidores en Instagram (en el momento en que escribo esto) se cuelan los nombres de tres miembros del clan Kardashian. Y si se están preguntando ustedes quiénes son esas personas, mi más sincera enhorabuena, les debo un vino.

Dicen por ahí que la mía es la generación más formada (no sé si mejor), pero da la sensación que sabemos cada vez menos. Cada uno tiene su realidad, su mercancía, su espectáculo, y esa relativización hace que las bases de lo verdaderamente real e importante se diluyan. Hemos estudiado más, pero también lo hemos cuestionado todo más. Que no debería estar mal, de no ser porque ese cuestionamiento sólo ha servido, en la mayoría de las ocasiones, para destruir aquello que nos inculcaron pero sin tener nada con lo que sustituirlo. Despreciamos lo anterior, pero nadie propone nada que vaya a solucionar el problema. Estamos en caída libre. La mayoría de nosotros nunca hemos pisado tierra firme, y no tiene pinta de que vayamos a hacerlo próximamente (pero ese es otro tema a tratar). Y en medio de toda la vorágine y la sucesión de crisis que enfrentamos, la bola del espectáculo se hace cada vez más grande. Y nos consume. Y no nos deja respirar, pues hace que apartemos la vista de aquello que debería tener nuestra atención. Y nuestra única solución es entrar en Twitter. Éramos pocos y parió la abuela.

En fin, háganse un favor y reordenen sus prioridades. Pueden alimentar el ego con el espectáculo, sí, pero no el alma. ¿Y de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?

Elena Martín Tascón