Religión

Mi reino no es de este mundo

Hace algunas semanas estuve viendo una interesante charla sobre la esperanza en la que el ponente afirmó: «Esperanza no es solo creer que el futuro puede ser mejor, sino que yo puedo hacer algo para que eso suceda». Entendí que lo contrario, la falta de acción y reacción, es signo claro de desesperanza. Y que el sentirse impotente y espectador pasivo de las circunstancias dolorosas que a uno le suceden es uno de los signos más claros de depresión: Si no puedo hacer nada, todo da igual; si todo da igual, no tengo nada que hacer. Si no hay nada que hacer, ¿qué sentido tiene todo?

Estamos inmersos en la Semana de Pasión. Miro a Cristo en estos momentos previos a consumar su muerte, y se me desmoronan los razonamientos. ¿Qué esperanza conservó Él? ¿Era posible aferrarse a algún tipo de esperanza en sus circunstancias? ¿Qué podía pensar hacer mientras era clavado en aquella cruz? ¿Habremos de concluir, necesariamente, que esa pasividad –pasión, mejor dicho−  era sinónimo de desesperanza? ¿Es posible vivir la esperanza cuando no hay nada material que se pueda hacer por evitar el sufrimiento o superarlo; cuando no existe perspectiva realista de mejora?

«En esta encrucijada vital, se resigna a no comprender, a no entender la lógica de los acontecimientos. Todo su edificio conceptual queda en ruinas. Llegado a este punto, se abren dos vías alternativas: caer en la filosofía del absurdo o abandonarse al misterio del mundo.

En el primer caso, uno llega a la conclusión de que vivir es un sinsentido, un fenómeno carente de lógica y racionalidad. Nacemos y morimos sin una explicación. El absurdo se convierte en la llave de la existencia. No sabemos por qué estamos aquí, ni por qué dejamos de estarlo. Este pensamiento choca contra su anhelo de comprensión, pero se impone como único relato. Según este planteamiento, el fondo de la vida es irracional y, por tanto, no tiene sentido buscarlo. Lo que pasa es gratuito, aleatorio. Puede pasar lo mejor, pero también lo peor. No hay una relación causa-efecto. No se debe esperar una reciprocidad por parte del cosmos, ni una compensación por las buenas obras, ni una condena por los pecados. El culpable no siempre paga y, a menudo, paga quien no es culpable.

También existe la posibilidad de tomar la otra vía y constatar humildemente que la racionalidad humana no es capaz de comprender el sentido último de los acontecimientos que sufrimos. Esto no significa decir que el mundo es absurdo, sino reconocer la debilidad de la razón humana para comprender ciertos acontecimientos con la esperanza de que, en otra dimensión de la realidad, podamos entenderlos y se haga la luz». (Francesc Torralba, No hay palabras, Now books, 2024, p. 102)

En la conversación que Jesús mantiene con Pilato se atisba la esperanza que le va a sostener en el calvario. No está imaginando que un rayo de lo alto borrará de un plumazo a aquel cobarde; ni se agarra a la ingenua espera de una repentina conversión de sus acusadores que le obtenga la libertad; pero confía, cree y espera sin medida en Aquel que le ama –Eres mi Hijo amado−. Mira a Pilato, y reconoce en su interior, como cualquiera de nosotros, el absurdo de aquella injusticia: El hijo de Dios en manos de un cobarde. Su inteligencia es más que suficiente para rebelarse ante el abuso de unos cínicos intentado sacar provecho de su indefensión. Unos por miedo, otros por interés, otros por oportunismo… y él como un muñeco de trapo, pasando de mano en mano. No es ingenuo, ni mucho menos tonto. Sin embargo, reconoce aquella mediación como una permisión de su Padre − «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19, 11)−. ¡No es reproche hacia el Padre, sino confianza absoluta! «Porque mi Reino no es de este mundo» (Jn 18, 36) ¡No es evasión, sino Esperanza! Y, por tanto: lo humillarán, lo condenarán a muerte, le dolerá, sufrirá y nada podrá evitar que su piel se desgarre, sus huesos se rompan o su cuerpo desfallezca, pero jamás tendrán el poder de arrebatarle el sentido de su vida entregada: «yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 18, 17-18). No es un condenado a muerte, sino un apasionado que se entrega sin medida.

¿Cabe alguna esperanza en el relato de la Pasión? «Padre, perdónalos porque no saben lo que hace» (Lc 23, 34) habla de un corazón roto por el dolor, que no se deja vencer por el rencor. «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43) grita la mirada misericordiosa de un Dios que se pone a la altura de nuestra debilidad y por eso no nos condena.

Sor Teresa Cadarso, OP

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