Sin esperanza nos convertimos en gentiles
Antes de entrar de lleno en el texto que propongo, quizá sería conveniente explicar qué quiero decir con «gentiles». Si vamos a la RAE podemos descubrir que esta palabra posee hasta ocho acepciones. Pues bien, para este escrito habría que centrarse en la primera. Dice así: «Entre los judíos, dicho de una persona o una comunidad que profesa otra religión». Pero en realidad lo más interesante son los términos que aparecen como sinónimos: «pagano, infiel e idólatra». Así pues, aclarada esta cuestión, ¿qué intento trasmitir con eso de que sin esperanza nos convertimos gentiles? Para empezar debo decir que la idea no es mía. En realidad hay que atribuírsela al apóstol San Pablo. Y en concreto la podemos encontrar en la 1ª carta a los cristianos de Tesalónica en el capítulo cuarto versículo trece. San Pablo en dicho texto nos habla, nada más y nada menos, del dinamismo transformador que posee la esperanza cristiana. Un dinamismo que es todo lo contrario a la tristeza y acedia que trasmiten aquellos que no aspiran a más horizonte que el que está al final de su nariz. Por ello, el Apóstol, lanza la invitación de no caer en la ignorancia de la gentilidad (cfr. 1ª Tes 4,13).
Así las cosas, en ciertas noticias -¿sensacionalistas?- de temática religiosa, con esto de la enfermedad del papa Francisco y su estancia en el hospital, he percibido muy poca esperanza y demasiada gentilidad. Me explico. Todo lo que se ha trasmitido -y se sigue trasmitiendo- ha girado en torno a la necesidad que, al parecer, tenemos de que Francisco siga al pie del cañón. Porque, según algunos artículos que he podido leer, hace más falta ahora que en el año 2013 cuando comenzó su Pontificado. Es más, que él es el único que puede arreglar las roturas del mundo. Y qué decir de las pullitas lanzadas a los supuestamente tradicionalistas y conservadores al decirles que «lo tienen (a Francisco) que seguir aguantando». Yo, sinceramente, no entiendo mucho de periodismo. Y con toda seguridad son necesarias estas noticias en estos momentos y con ese lenguaje. Pero he de decir que la imagen de Francisco, el pasado día 23 de marzo al ser dado de alta del hospital, me hizo recordar, mutatis mutandi, aquella otra tan poco afortunada del hoy santo papa Juan Pablo II la última vez que salió a la ventana desde donde los Papas suelen rezar la oración del Ángelus. Y es que alguien que apenas se puede comunicar -por no decir que parecía desorientado- y no solo eso, sino que su movilidad es prácticamente nula, ¿es dueño de sí? Y si la respuesta al interrogante es negativa, ¿actúa y decide con entera y absoluta libertad? Se me puede llamar fanático, y es legítimo hacerlo, pero sigo viendo lucidez, humildad y fortaleza en el gesto profético de Benedicto XVI al renunciar. Sí, porque mostró al mundo, y sobre todo a la Iglesia, que «las cosas de Dios» hay que comprenderlas como un proceso que se va realizando en la historia poco a poco y de forma misteriosa. Que por un lado ha de morir, mientras que por otro evoluciona. Y que ocurre en medio de acontecimientos críticos y de ciclos desconcertantes para que la esperanza, esa virtud tan cristiana, no deje jamás de resurgir. ¿Creer que el papa Francisco es imprescindible, no anula y sepulta toda esperanza para que pueda surgir un «nuevo Francisco»? ¿No es, de alguna manera, poner zancadillas al obrar del Espíritu?
Pienso que a veces se nos olvida que la esperanza siempre tiene por objeto el bien. Y esto hace que se distinga del temor y de la desesperación. Porque quien no espera, no confía. Y esto nos convierte en gentiles. Quizá por ello el papa Francisco, de manera muy clara, nos ha dejado por escrito en la Bula para el Jubileo de este año que «la esperanza no defrauda». Pero parece que algunos no han profundizado lo suficiente en el texto. Porque da la impresión de que quedarían defraudados y sumidos en el lamento si el actual Obispo de Roma soltara, de una manera u otra, el timón de la barca de Pedro. Y no sé qué pensarán ustedes, pero creo que sería muy interesante saber qué podría escribir un apóstol como San Pablo, ante una situación así.
Fr. Ángel Fariña, OP
