Solidaridad

El agua que me falta, el pan que me sobra

Hace días, desde que volví de Malabo que me viene a la mente esta especie de mantra, que no es ninguna adivinanza. La entrada de este artículo viene trabajando mi reflexión desde mucho antes de volver: cuando estaba allí  surgía con frecuencia por la mañana temprano,  sobre todo los sábados cuando me disponía a tomar una ducha, a lavar el pelo, o simplemente a lavarme los dientes y no tenía agua; entonces caía en la cuenta de que tenía que haber dejado un cubo preparado como acostumbré a hacer después, porque los sábados por la mañana la vida en el patio de Maravillas despertaba rauda,  los niños venían e inundaban los alrededores del templo esperando su hora de catequesis,  luego supe que  algunos venían sin desayunar,  tal vez se sentaban allí a la orilla del templo o a la sombra del mango,  porque en casa no había nadie y sus padres los habían puesto fuera de buena mañana como si fuera un día más de colegio…

Pude ver como otros niños acarreaban desde más temprano aún el agua de una fuente cercana que conectaba con nuestro surtidor, entonces comprendí, yo tenía que prever que los sábados como no había colegio los niños se dispondrían a acarrear el agua y por tanto yo no podría disponer tranquilamente de mi ducha a esa hora, lo que sí podía hacer entre semana cuando ellos acudían al colegio más pronto.

Entonces di en pensar que era esta una manera de compartir involuntariamente y a veces a regañadientes, pues de repente cuando el grifo chirriaba vacío yo pensaba ¡vaya otra vez, y no he dejado agua en el cubo! Este compartir tal vez es el más importante allí y aquí. Se trata de compartir aquello que nos falta, lo que necesitamos, de lo que todos carecemos de una u otra manera, porque todos tenemos necesidades básicas, aunque muchos no las puedan cubrir.

Como contrapunto esto me llevó a pensar que con demasiada frecuencia compartimos, – y esto es casi un eufemismo porque en realidad desechamos para el saco de la caridad- lo que nos sobra, el pan que nos sobra, el pan duro, el pan amargo, la ropa impropia e impresentable que ya no queremos utilizar, las baratijas inútiles que llenan nuestros baúles o nuestras cajas de recuerdos cuando hacemos una mudanza.

El caso es que mi reflexión sobre el agua que me falta y el pan que me sobra desearía ser una invitación a compartir lo que necesitamos de corazón y de piel, voluntariamente y a sabiendas, no porque nos lo arrancan o nos lo quitan de camino. Bien estará ser capaces de dejar correr el agua por otros grifos, acequias y surtidores con necesidades más imperiosas que las nuestras: yo puedo tomar la ducha en otro momento, yo puedo tener agua en el cubo que he reservado anoche y no he tenido que acarrear. Yo puedo, yo debo, tal vez, dejarme desapropiar.

Sin embargo, cuando arrojo mis objetos inservibles, mis chucherías como bolsos, zapatos, ropa imposible, a una caja o a un contenedor que viajará a África, entonces no solo estoy compartiendo de alguna manera despectivamente el pan que me sobra. Pero además estoy dando trabajo y una labor sin sentido y bastante inútil a las personas que cuando reciban esas cajas y esos contenedores tendrán que seleccionar o dejar arrinconado en una despensa por falta de tiempo, tantas cosas que si aquí no sirven allá tampoco. Disponemos de puntos limpios y vaciaderos donde arrinconar y limpiar. No hay porqué mandar el pan que me sobra en un largo viaje costoso en su trayecto y laborioso en su llegada, cuando el tiempo de las mujeres de una parroquia, o de una casa de misión es tan precioso. Y es triste que tengan que dedicarlo a seleccionar para finalmente desterrar en el rincón de las termitas.

Siempre será más hermoso dar, aunque sea a regañadientes, el agua que me falta, que hacer caridad trasnochada con el pan que me sobra. Entre el óbolo de la viuda de Lucas 21, y las migajas que caen de la mesa de Mateo 15, hay todo un espacio de discernimiento y meditación.

Sagrario Rollán

  • Imagen del Artículo: @SagrarioRollán