Experimentum crucis
«Nunca sabe uno hasta qué punto cree en algo, mientras su verdad o su falsedad no se convierten en un asunto de vida o muerte. Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella. (…) Solamente un riesgo real atestigua la realidad de una creencia. Seguramente la fe –creo que será fe- que me permite rezar por los otros muertos me ha parecido fuerte solo porque no me ha importado en realidad, o al menos no de una forma desesperada, que existieran o no» (C.S. LEWIS, Una pena en observación, p. 36)
El pasado 27 de enero, Europa conmemoraba el octogésimo aniversario de la liberación de Auschwitz −27 de enero de 1945−. Tenía quince años cuando mis padres quisieron que viajáramos a Polonia tras las huellas de san Juan Pablo II. Fue un viaje inolvidable. Perfecto incluso en sus imprevistos. La visita al campo de concentración supuso un antes y un después en mi vida. Pocos meses después de aquello una profesora nos pidió que leyéramos e hiciéramos un trabajo sobre El hombre en busca de sentido. Su lectura me remitía una y otra vez a aquel verano. Lo que allí había visto me confirmaba el relato de este hombre en cuanto al grado de sufrimiento que debieron experimentar los prisioneros. En lo que se refería a la parte externa-objetiva de los acontecimientos y a las condiciones que iba describiendo, mis ojos podían representar aquellas escenas en los lugares que había visitado. Todo era terriblemente real, no había exageraciones. Y eso me llevó a dar una oportunidad a lo demás: ¿Por qué no creer también que su convicción con respecto al sentido de la vida –incluido el sufrimiento− fuera cierta y posible?
Así comenzó mi descubrimiento sobre el pensamiento y la teoría de Viktor Frankl y el punto de partida del voto de confianza que di a la posibilidad de que el dolor más injusto, absurdo y repelente pudiera vivirse sin desesperar e, incluso, ser fecundo; que cualquier ser humano, por inhumana que fuera su existencia, tenía la posibilidad, la libertad y responsabilidad, de dar a su vida el sentido que hubiera encontrado como propio. Durante años me apoyé en ello, reflexioné e incluso lo puse en práctica a pequeña escala en variadas circunstancias de mi vida, con mayor o menor éxito y mayor o menor trascendencia: «El papel del logoterapeuta se parece más al de un oftalmólogo que al de un pintor. El pintor ofrece una imagen del mundo tal como él lo ve; el oftalmólogo, en cambio, quiere que veamos el mundo tal y como el mundo realmente es. La función del logoterapeuta consiste en ensanchar el campo visual del paciente hasta que visualice responsablemente el amplio espectro de valor y de sentido de su horizonte existencial. La logoterapia no necesita imponer al paciente ningún juicio de valor porque la verdad se impone por sí misma» (El hombre en busca de sentido, p. 93). Viktor Frankl me acompañaba discretamente en mi vida, haciéndome abrir bien los ojos para descubrir, acoger y vivir con generosidad el sentido de lo que me sucedía o había decidido que pasara.
Su influencia era importante. Pienso que decisiva, como todo en esta vida, por pequeño que sea, acaba siendo determinante. Pero no lo viví como algo de vida o muerte hasta que llegó la enfermedad. Unos días antes de que me diagnosticaran cáncer la Providencia había querido que publicara en este blog un artículo (De los ritos a la experiencia) en el que incluía la cita con la que he vuelto a abrir este escrito. En aquellas primera semanas me estremecí, y mientras me precipitaba en el abismo, me agarré a la desesperada como a esa cuerda de la que hablaba Lewis: ¡Necesitaba que fuera verdad!
«Cualquier hombre, a lo largo de su vida, se verá enfrentado a su destino y tendrá la oportunidad de convertir un puro estado de sufrimiento en una hazaña interior» (El hombre en busca de sentido, p. 64)
En su libro, el famoso psiquiatra austriaco narra cómo al convertirse en prisionero y perder el manuscrito en el que desarrollaba la teoría de su logoterapia, fue capaz de reconocer y creer que aquella circunstancia –dolorosa, absurda, mortal− podía convertirse en la oportunidad de comprobar el carne propia y ajena la validez de su estudio. E hizo de ello el sentido de su sufriente vida en el campo. Salvando las distancias, espero que se entienda el ejemplo si digo que estos dos años han sido el particular campo de concentración en el que probar la teoría y pasar de la creencia a la fe. Afirmar que Cristo había vencido a la muerte pasó de ser un dogma a una cuestión de vida o muerte. Que la Cruz no fuera el fracaso más absoluto de Dios se hizo una necesidad, y mi propia cama el lugar en que eso se iba a comprobar. Que la experiencia de san Pablo fuera posible también para los demás, cuando se asoció a los sufrimientos de Cristo, se convirtió en algo mucho más importante que una cuestión de veracidad histórica de los hechos. Que pudiera dar un sentido a mi enfermedad y a todos los sufrimientos que conllevaba era mucho más decisivo que el simple tener razón o haber vivido engañada.
«En el campo de concentración había muchos y muy complejos problemas, pero en última instancia la máxima preocupación para los prisioneros era: “¿Sobreviviremos? Pues solo en ese caso tendría sentido nuestra vida”. En cambio, para mí el problema era otro, justamente el contrario: ¿tiene sentido el sufrimiento y la muerte?
Pues solo entonces tendría sentido sobrevivir. Dicho de otro modo: una vida con sentido –con sentido en cualquier caso− es la única que para mí merecía ser vivida. (…)
Si mi convicción acerca del sentido incondicional de la vida –un sentido hasta tan punto incondicional que incluye el sufrimiento y la muerte, aparentemente tan absurdos− superaba esa prueba tan sumamente dura, si superaba ese, permítaseme expresarlo así, experimentum crucis que fue el campo de concentración, entonces se mantendría para siempre (Viktor Frankl, Llegará un día en que serás libre, pp. 18-19).
En agradecimiento a Viktor Frankl y reconocimiento de aquella intuición tan certera que, 80 años después, sigue ayudando a no caer en la desesperanza o a levantarse de ella.
Sor Teresa Cadarso, OP

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