Solidaridad

Lección de humanidad

Hace unos días leía una noticia de la OMP (Obras Misionales Pontificias) cuyo titular sin lugar a dudas llamó mi atención: “Más de 10.000 jóvenes españoles han sido misioneros este verano”. (https://omp.es/noticias/mas-de-10-000-jovenes-espanoles-han-sido-misioneros-este-verano/) ¡Wow! ¡Eso es mucha gente! Creo que todos los que tenemos el gusanito misionero compartimos con los jóvenes de la noticia que este tipo de experiencias (bien acompañadas y contextualizadas) son un revulsivo para la vida de cualquiera. Si realmente dejas que la misión te toque, si de verdad haces un esfuerzo por integrarte y no ser un mero “turista del buenismo”, salir de misión, aunque sea una experiencia de corta duración, es una experiencia fuerte que de alguna manera te ayuda a fortalecer tu fe, y a volver a tu contexto de origen con la mirada transformada.           

            Sinceramente creo que la misión es un lugar privilegiado para aterrizar y salir de tu burbuja, para encontrarte con la realidad, para encontrarte con el otro y contigo mismo, pero, sobre todo, para poner en el punto de mira tu vida cotidiana, tus actitudes y tus rutinas. Este tipo de experiencias son una oportunidad, y el regreso es todo un reto. El contraste es fuerte. Espero que todos estos jóvenes que compartieron su verano en la misión logren que un poquito de su transforamción interior permee en su vida cotidiana aquí y tomen conciencia de que la misión no es un compartimento estanco de algo que vives fuera de casa, sino que lo que merece la pena es vivir la vida como misión, allá y aquí.

            Y precisamente pensando en que el reto está “aquí” cuando regresamos a nuestra rutina, comparto algo que viví hace unos pocos días y que sigue generando fuertes interrogantes en mi mente y mi corazón. Un día cualquiera, entre semana, en una calle muy transitada y a una hora en la que muchos universitarios salían de clase, con lo que era “hora punta” de coches y de peatones, en su mayoría gente joven que imagino  podrían ser jóvenes de los de la noticia de la OMP, o bien de su entorno, o al menos de su misma generación. Yo iba, como otros muchos, por la acera, con los cascos puestos y la hora “pegada” para llegar a clase. Muchos o casi todos los jóvenes con quienes me crucé en ese momento iban también mirando la pantalla del móvil. Es decir, cada uno a lo suyo, sin prestar apenas atención a quienes les rodeaban, mucho menos a lo que les pasaba. En un banco estaba un señor, calculo que pasaría los 60, por su aspecto y lo que había en el banco era fácil deducir que se trataba de una persona sin hogar. 

Al poco de llegar a la altura del banco, el señor en cuestión empezó a “escurrirse”, claramente iba en dirección a darse un golpe en el suelo. Inmediatamente la masa de gente jóven abrió espacio para retirarse, colapsndo la acera y haciendo bastante complicado pasar. Al mismo tiempo un joven que vestía chaqueta y corbata, corrió en dirección al hombre para sujetarlo evitando que se diera un golpe contra el suelo, lo sostuvo al vuelo y lo sentó en el banco. Algo le pasaba. Fue todo cuestión de unos segundos. Este joven se quedó ahí con él, el resto seguimos. Imagino que el grupo de gente que se retiró para que no le tocara habrá seguido con su vida de manera indiferente. Yo seguí, llegué a donde iba, pero con una buena dosis de remordimiento, pues sé que me tenía que haber detenido yo también. Tanto hablar de la misión, de los hermanos, de la comunidad… solo me resobaba esta frase del Evangelio: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.” (Mt 25, 45).

¡Cuánta razón! Si decimos, o digo, que de la misión volvemos transformados, ¿por qué cuesta tanto trabajo implicarnos aquí en pequeñas situaciones cotidianas como la de este hombre?

Quizá sea esto una fuerte llamada de atención para mí, pero también para tanta gente que sale a la misión, tiene una buena experiencia, y vuelve tocado. No podemos dar por hecho que la transformación de la misión es un “click” y ya está. Es algo que hay que trabajar, y mucho, a la vuelta.

Toda mi admiración a ese joven desconocido, el de chaqueta y corbata, por esta lección de humanidad una tarde cualquiera del mes de septiembre.

Mónica Marco, CSD