Opinión

«Perder» el tiempo en Cuaresma. Por Sor Pilar Aparicio, OP.

Hace ya algún tiempo leí en un libro un capítulo en el que se hablaba de saber perder el tiempo. Y ahora que estamos en este tiempo de Cuaresma para caminar junto a Jesús en su Camino de Pasión, Muerte y celebrar la Resurrección, se venía a mi corazón una pregunta que no dejaba de resonar en mi cabeza: “¿Cómo vivimos nuestro tiempo? ¿Qué hacemos con nuestro tiempo?» Y pensaba en cómo “perder” mi tiempo durante esta Cuaresma…

Cuando vivimos envueltos en miles de actividades y trabajos, cuando sientes que el tiempo se te escapa, que pasa tu lado y no se para, que va con prisas, que no se detiene… Es entonces cuando te das cuenta de que el tiempo que tenías, ya no está, ha pasado. Pero, en realidad, no es el tiempo en que va con prisas, el que no se detiene, el que se escapa, somos nosotros los que vamos demasiado deprisa, los que escapamos, los que apenas nos detenemos. Somos nosotros los que vamos envueltos en miles de problemas y con miles de ruidos en nuestras cabezas que no nos dejan mirar a nuestro alrededor y sentir el paso de la vida.

Cuando el día termina y por un breve instante te paras a pensar en silencio: ¿qué ha pasado con mi tiempo? ¿Por qué se me ha ido tan rápido? ¿Qué es lo que he hecho hoy? Y reflexionas para quedar al final con una sensación demasiado triste, esa sensación extraña que te dice al oído que has perdido un tiempo demasiado valioso que no has sabido aprovechar, que no lo has vivido plenamente y no has sabido ver a Dios en él. Tal vez por las prisas, o por el ruido que nos vuelve locos. No te has dado cuenta de que, quizás, alguien haya pasado por tu lado y te necesitaba. No hemos tenido tiempo de mirar a nuestro hermano y VER su dolor, su tristeza, su necesidad de ser escuchado. No sé, tenemos demasiadas cosas encima, no podemos pararnos, a lo mejor en otra ocasión… Y mientras, aquella mirada triste de tu hermano se va quedando atrás como una sombra alargada en la noche fría.  

Se nos fue un tiempo que no volverá, oportunidades quizás perdidas…

Pero, tal vez, levantando la mirada hacia arriba, un momento de paz y sosiego nos entre en el corazón, con la esperanza de saber que mañana el tiempo volverá otra vez, y pasará ante ti deseando pararse, suspirando por ser disfrutado y vivido, anhelando que los muchos quehaceres del día no nos dejen impasibles ante los demás, que sintamos por fin cómo Dios pasa a nuestro lado y nos llama a gritos.

El tiempo que vivimos durante el día, en el trabajo, siempre nos hará un pequeño hueco para disfrutarlo en silencio y en soledad. Porque tenemos que saber que nuestro tiempo no es nuestro, es un Tiempo de Dios al que debemos dejarle que vaya actuando, que sea Él quien nos guíe. Tenemos que entregar nuestra vida a los demás y buscar un tiempo de silencio para encontrarnos a nosotros mismos y a los demás.

Debemos dejar nuestro tiempo para mirarnos el corazón. Y allí pararnos, y descansar, y hablar con Dios. Que nos espera. Que nos invita a hacer silencio. A mirar al hermano con ojos compasivos, con ojos de ternura, con ojos de Amor.

Y este es nuestro tiempo de ahora, el que llega, un tiempo de Cuaresma que se nos regala para mirar y admirar, descubrir y contemplar el Gran Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección.

Esta Cuaresma es otra invitación para dejar tiempo al silencio, para detenerte y profundizar en lo que va a acontecer, en emprender el camino junto a Jesús, a soportar la Cruz junto a Él. Tenemos que “perder” nuestro tiempo para Dios. Porque sólo así podrás ganar el tiempo de VIVIR por los demás. 

Tenemos que disfrutar de ese silencio de Dios, que nos habla en lo más profundo del corazón. Soñar con ese tiempo de paz que Dios pasa con nosotros y en el que nos prepara para recibir la luz y la esperanza que tenemos ante nuestros ojos. Y la Cuaresma nos ofrece este regalo. En el silencio, acompañar a Jesús en su caminar, y cargar con él la Cruz, secarle el sudor, limpiar la sangre que corre por su cuerpo ante los golpes recibidos. 

Y todo esto sólo ocurre en la Cuaresma, caminar en el silencio, un tiempo para darnos cuenta de todas aquellas cosas, situaciones, acontecimientos importantes que pasan por nuestra vida y no vemos, personas que nos necesitan y no oímos. Y si frenáramos un poco nuestra agitada vida descubriríamos todas las maravillas que Dios nos ofrece, en lo pequeño, en lo sencillo, en lo más insignificante que, muchas veces, por no tener tiempo para nada, nos pasa desapercibido y lo dejamos en el olvido de un silencio vacío. Y no nos damos cuenta que en lo pequeño y en lo sencillo está lo más grande y lo más importante: Está DIOS.

Hoy, este tiempo de Cuaresma es único y no se repetirá más. Sí, habrá otras cuaresmas, pero no ésta, la que vivimos ahora. Y es aquí, hoy, a las puertas de la Pasión de Cristo. Jesús es Dios mismo y quien reclama toda nuestra atención. Porque es tiempo para el silencio, para callar, tiempo de escucha.

Subir a la azotea y, en silencio, contemplar el mundo que Dios pone ante nuestros ojos. Coches que van y vienen. Tambores que resuenan a lo lejos con sus ensayos para el Triduo Pascual y que acompañarán por las calles a Jesús el Nazareno para sentir y vivir las estaciones de su Vía Crucis. Gente que camina por el barrio, algunos asomados a sus ventanas. Y, desde el silencio, escuchar y llevar a Dios esas voces que claman, que buscan, que desean encontrar un momento de paz, de felicidad, de compartir en familia. Llevarlo ante el Paso de Jesús Nazareno alzado por sus costaleros que lo llevan con un amor indescriptible, con sentimiento, con sonrisas,… con lágrimas. Pasear por la huerta oliendo silencio, sintiendo el silencio en el trinar de los pájaros, en la voz de las hojas de los árboles que se mueven ante la caricia del viento. Despertar en el silencio de la mañana y escuchar el canto del mirlo que nos abre un nuevo día. Un canto que nos llevara a la alegría de la Resurrección. 

Preparemos este tiempo de Cuaresma en un silencio profundo. Hagamos de él una oración. Emprendamos el camino en silencio para contemplar el misterio de la vida, de la muerte, de la resurrección, del amor entregado hasta el Extremo. En una cruz, dos maderos entrelazados, donde se expresa el Amor más grande que un hombre es capaz de dar. 

Aquí estoy, Señor Jesús, dispuesta a darte mi tiempo.

A que este tiempo se haga un bella oración salida de un callado latido del corazón.

Caminando en el silencio, entrando en mi oración,

Aquí estoy Señor, en silencio, en oración, esperando la luz de tu resurrección. 

Una respuesta al amor que me das, al amor que se entrega, al que me ayuda a sentirte cerca y a amarte más.

En el silencio de la oración descubro, siento, vivo ese amor incondicional, ese amor entregado hasta el extremo, subido en una cruz, mirándonos, amándonos como hermanos, dándonos a María como madre.

Aquí estoy señor

En Un silencio que se escucha.

En Un silencio que da paz.

En Un silencio que transforma el alma.

En Un silencio que me hace caminar hasta ti.

En Un silencio donde escuchar el latido de tu corazón.

En Un silencio que me hace pequeña ante ti.

En Un silencio que a la vez me engrandece.

En Un silencio, en una oración, palabras unidas a ti, a tu amor.

La mejor de las melodías está en escuchar el silencio del corazón.

En el silencio nos encontramos para tener el mejor de los diálogos.

Muchas veces las palabras sobran, demasiadas palabras, muchas vacías, sin ningún sentido, un silencio vacío, pobre…

Y hoy, Señor, solos en el silencio más íntimo, en el huerto de los olivos, junto a ti, habló contigo, y escucho tu voz que dice: padre aparta de mí este cáliz, QUE no sea mi voluntad sino la tuya,

Un hermoso diálogo de dos. Dios y tú, y yo cerca, contemplando tanto amor.

En el silencio descubro la alegría, me encuentro con tu verdad,

En este silencio te acompaño con tu cruz a los hombros, anhelo tu luz para que mis ojos salgan de la oscuridad y sólo te vean a ti.

Gracias, Señor, GRACIAS por el regalo del silencio.

Sor Pilar Aparicio, OP

Monasterio de Santa María la Real de Bormujos