Solidaridad

¡Soy Juan Carlos! ¡Feliz Navidad!

Todo empezó cuando oí el telefonillo: ¿Quién es?, dije y una voz muy animosa me respondió ¡soy Juan Carlos!

Ya lo echábamos de menos por aquí. Juan Carlos es un hombre sin techo que de vez en cuando pasa por nuestra casa. A veces porque necesita algo (ropa, una mochila, recargar la tarjeta del metro…), a veces es a buscar la cena – que siempre especifica que es lo que quiere: “un bocadillo de pavo y queso, una fruta y una bebida sin alcohol” por ejemplo – otras veces solo quiere hablar y busca ser escuchado. Claro, en el pedir está el dar, a veces podemos ayudarle con lo que necesita; a veces la cena es de otra cosa, pero cena hay; lo que si podemos y hacemos siempre es escucharlo. 

Hay días en que sus historias son de lo más interesantes y fantasiosas, otras veces son el drama personificado. Depende de como esté él, depende de lo que haya pasado, depende de si ha habido alguna “disputa” por las taquillas y espacios en el aeropuerto – del que he aprendido que, en su opinión, es más seguro que ir a un albergue. A veces es sobre los comedores, sobre otras comunidades religiosas que le ayudan, incluso a veces de algún altercado porque nos dice que “no estaba bien”. Habría opción de hacer un libro de historias, pero la historia de hoy no es realmente esa.

Juan Carlos es una visita habitual y reconozco que ese día según escuché que era él, el primer pensamiento que pasó por mi mente fue que era un momento muy poco oportuno. ¡Con la cantidad de cosas que tenía que hacer! Sabemos que una visita suya, como poco, son 30 o 40 minutos. Vamos, ahí planteamiento desde mi ombligo, desde mi yo. Pero respiré y abrí.

¡Venía contentísimo! Y me sorprendió porque ese día estaba especialmente contento. No, no había bebido (somos de un mal pensado a veces…..). Navidad se acerca, estaba feliz y ya está. Según abrí lo primero que me dijo fue “hola Mónica, hoy no necesito nada, vengo solo a desearos feliz navidad”. Wow…. Esto rompió todos mis esquemas y me sentí fatal por mi pensamiento anterior (aunque de verdad tenía mil cosas que hacer).

Mi sorpresa habrá sido evidente, porque rápidamente siguió contándome que había pensado en venir a desearnos feliz navidad porque siempre que viene a nuestra casa le abrimos, cuando algo necesita intentamos ayudarlo, pero, sobre todo – dijo – viene porque siempre lo escuchamos. Luego estuvimos un rato largo hablando. Bueno, hablaba él y yo escuchaba.

Este encuentro con Juan Carlos nos vino especialmente bien. El quería hablar, y a mí me ayudó a cambiar los esquemas. Durante este tiempo de adviento hablamos de la espera, de fijarnos en lo importante, de prestar atención a los pequeños gestos…. Y aquí tuve una ocasión privilegiada para vivir todo esto.

No pude evitar pensar en el texto del Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). ¿Quién esperamos que llame? O más bien, ¿cómo esperamos que llame Dios a nuestra puerta? Podrá hacerlo de mil maneras, muchas veces a través de quienes menos lo esperamos, y quizá una de ellas sea a través de Juan Carlos. 

Pienso que hablamos mucho de misión, de salir al encuentro del pobre, de salir de nosotros y de nuestras comodidades… y muchas veces necesitamos hacer menos de lo que pensamos. ¡Es Él (en el rostro del pobre) quien que viene a mi casa y llama! Lo único que necesitamos hacer es estar dispuestos a abrir la puerta y a escuchar. Esta acogida, esta escucha… esto también es misión

En estos días, muchos de mis pensamientos vuelven a Camerún, a tantos encuentros ahí, a las celebraciones de navidad, en definitiva, a la misión que recuerdo con tanto cariño. Este encuentro con Juan Carlos también ha sido un toque de atención a recordar que la misión no es aquí o allá, que el lugar (físico) es lo de menos, pues se trata realmente de una actitud, de la apertura de mente y corazón, en definitiva, de una manera de estar en el mundo.

Así que solo puedo decir, gracias, Juan Carlos por tu visita.

Mónica Marco, CSD