Álvaro de Córdoba: el santo reformador
Propiamente hablando tendríamos que decir que nuestro dominico de hoy, 19 de febrero, es el Beato Álvaro de Córdoba. Pero uno que es cordobés, desde pequeño aprendió a llamarle «san Álvaro», porque en la ciudad que acogió la labor que hizo fray Álvaro es tenido por santo, pese a que para la Iglesia universal es Beato.
Álvaro nació a mediados del siglo XIV (1360 suele darse como fecha más aceptada, y discuten los historiadores si fue en Zamora por su apelativo o la propia Córdoba, donde algún indicio hay de su origen) y murió en Córdoba en 1430.
El tiempo que le tocó vivir no fue fácil. Los últimos compases del siglo XIV y los albores del XV fueron tiempos recios: peste negra, guerras, el gran drama del Cisma de Occidente, con tres tiaras a la vez y la cristiandad herida en su unidad.
Aquello atrajo a la vida religiosa a muchos que buscaban refugio y, en no pocos casos, se instaló una manera de vivir que los autores llaman «claustra»: comodidad, relajación, licencias, poca tensión espiritual.
Pero, a fuerza del impulso del Espíritu, surgió también la reacción: hombres y mujeres que quisieron volver a la fidelidad del primitivo carisma de Santo Domingo de Guzmán, al estudio, la contemplación y la predicación desde una vida comunitaria regular.
En la Orden de Predicadores, la reforma venía impulsada por figuras como el beato Raimundo de Capua y el círculo reformista que, en Italia, encarnaban también santos como Catalina de Siena. Y algo muy significativo para toda la identidad dominicana: la reforma no supuso, como en otras familias religiosas, la ruptura en distintas órdenes. Se salvaguardó la unidad, y no se hizo ni con imposiciones ni con dramáticos enfrentamientos, sino que fue poco a poco ganando, desde sus propios valores comunitarios y democráticos, la vida de los frailes para una mayor tensión y responsabilidad religiosa en la misión de la predicación.
En esa encrucijada aparece Álvaro como figura vibrante de inquietud y de dinamismo predicador.
Pasa primero su vida entre el claustro y la docencia, ligada a la Universidad de Valladolid y de Salamanca, pero al comenzar el siglo XV deja la cátedra y se echa a los caminos: España, Provenza, Saboya, Italia… Predicando, observando, rezando, haciendo penitencia por la unidad tan deseada.
A su vuelta a España, con fama de predicador ardiente, es nombrado confesor de la reina Catalina de Lancáster y de su hijo Juan II. Pero fray Álvaro deja pronto la corte, porque anhela la reforma dominicana más que el brillo palaciego.
Quizás su nuevo regreso a los caminos, pudo tener que ver con su posible participación en el tan importante concilio como fue el de Constanza de 1413, que pondría punto final al Cisma de Occidente. Pero de nuevo ese viaje cambió definitivamente su vida de teólogo y hombre de corte y diplomacia, que podemos intuir, buscaba un algo más, un mucho más…
Esta vez su viaje fue una peregrinación a Tierra Santa. Allí quedó impactado en el corazón por el doloroso Camino del Calvario, la Vía Dolorosa, las mismas calles que Jesús recorrió con la cruz a cuestas.
De vuelta, deseoso de vivir una existencia en soledad y perfección donde templar el espíritu para un apostolado más provechoso, obtuvo apoyos decisivos. El rey Juan II de Castilla —del que había sido confesor— respaldó su empeño, y el papa Martín V abrió vías para que la reforma pudiera tomar cuerpo: en 1418 se expiden breves que facilitan el impulso reformador y autorizan nuevas fundaciones; y, andando el tiempo, la reforma será consolidada con figuras de gobierno propias.
Y llega el gran hito: el 13 de junio de 1423, fray Álvaro compra la Torre Berlanga, a unos siete kilómetros de Córdoba, en las estribaciones de Sierra Morena, y funda el convento observante de Santo Domingo de Scala Coeli, «escalera del cielo», el primer convento reformado de la Orden en España. No era solo levantar paredes: era encarnar un sueño de reforma auténtica. Un lugar para vivir en comunidad, en oración y predicación, buscando la autenticidad del Evangelio.
Pero además, el paraje elegido tenía para fray Álvaro un encanto cautivador: le recordaba la topografía de Jerusalén. Allí el valle, acá el monte; aquí el torrente, allá el olivar. Y quiso que se pareciera aún más. Por eso levantó oratorios y capillas que evocaban lugares santos —Getsemaní, el Cedrón— y, sobre todo, trazó un itinerario de meditación de la pasión, desde el «Jerusalén cordobés» hasta un monte vecino donde puso tres cruces: su Gólgota.
No era todavía el Vía Crucis exacto al hoy usual, no estaban fijadas aún las catorce estaciones. Era, más bien, un Vía crucis en proyecto, una Vía dolorosa embrionaria, con un obvio fin de meditación y acompañamiento del itinerario de la Pasión del Señor. La sustancia, la intuición primera —esa «peregrinatio spiritualis» que hace asequible Jerusalén cuando la peregrinación real era casi imposible— está ya en Scala Coeli.
Y ésa es una de las afirmaciones más sorprendentes —y menos conocidas—: que el Vía crucis, tan propio de la cuaresma, tiene como origen en su nacimiento a los dominicos, y que ese origen está vinculado a Córdoba, Andalucía, España.
Scala Coeli se convirtió, y aún hoy lo es, en centro de peregrinaciones. La gente subía, velaba, rezaba, lloraba sus pecados, pedía perdón, expiaba, se reconciliaba. Y no es difícil entender cómo aquella plástica devoción dejó hondura en el alma andaluza: de esa fuente bebió, con el tiempo, el fervor por sus Cristos crucificados, sus pasos y sus Vírgenes; un surco tan profundo como las heridas que hicieron en la madera las gubias de Martínez Montañés, Juan de Mesa o José de Mora.
Junto a ese origen, hay una dimensión hondamente dominicana del Vía Crucis que no conviene perder: se convierte en una especial manera de contemplación, que nos permite asomarnos a los últimos momentos de la vida terrena de Jesús con los ojos de un espectador privilegiado.
Vivido con hondura y naturalidad, contemplar la pasión mueve internamente en algo tan dominicano como es la compasión. Nos conmueve el sufrimiento que vemos; nos toca por dentro el padecimiento de Jesús, justo e inocente. Y esa compasión tiene la habilidad de abrir nuestros ojos y vernos a nosotros mismos de otra manera.
Pero del mismo modo que ha de provocar ese cambio en la manera de entender nuestra propia vida, ha de suponer un movimiento hacia fuera: la compasión que se despierta al contemplar a Cristo nos recuerda que cada día hay muchos cristos que sufren dolor, rechazo, tortura, soledad, angustia… Al ver a Jesús arrastrando la cruz, cayendo bajo el peso del madero, necesitado de ayuda de extraños como el Cireneo, nos llama a mirar a los millones de seres humanos que sufren hambrientos y oprimidos; a quienes padecen explotación e injusticia; a quienes viven bajo el peso del hambre, la violencia, la discriminación, el abuso, la enfermedad.
Hay una anécdota que resume todo esto como un relámpago: la del Cristo de san Álvaro. Regresando de predicar en Córdoba hacia su convento, fray Álvaro encontró en una cuneta a un mendigo desmayado que ni hablar podía. Lo recogió, lo envolvió en su capa y lo llevó a hombros como un nuevo Samaritano. Al llegar y abrir el manto, en vez del mendigo llevaba la figura de un Cristo, que aún se venera en Scala Coeli. La clave es evidente: en los últimos, los pobres y desvalidos, es donde encontramos a Cristo.
De noche, además, fray Álvaro se retiraba a una gruta distante del convento, donde, a imitación de Santo Domingo, oraba y hacía penitencia. Oración y predicación, contemplación y misión, compasión y entrega: ahí están las claves de lo que quiso vivir en la sierra de Córdoba.
Y ahí está también la pregunta que nos deja su vida, seis siglos después: si nuestra vida necesita esa conversión que a él le llevó a comenzar la reforma en España, buscando —desde la experiencia cristológica— el impulso y el referente para que encarnemos, cada día más en verdad, la misión de la comunidad, el estudio, la contemplación y la predicación.
Fray Vicente Niño, OP
