Religión

Misericordiar al estilo del samaritano

Si hay un texto que muestra la fuerza radical que posee la misericordia, ese es el que conocemos como la «parábola del Buen Samaritano» (Lc 10, 25-37). Sin embargo, la mayoría de las veces lo hemos reducido a un simple relato de solidaridad humana o a una narración moralizante. Pero lejos de tales reduccionismos, la esencia del texto nos muestra la manifestación práctica del amor de Dios o, dicho de otra forma, de qué manera irrumpe la gracia en nuestra cotidianidad.

Uno de mis mentores y maestros, el fraile dominico Miguel de Burgos (1944-2019), me enseñó que esta parábola nos sitúa ante una ruptura radical de etiquetas sociales y religiosas. Y Miguel añadía lo siguiente: «El amor no admite cuestionamientos; hay que amar a quien sea, sin preguntarnos el porqué. Porque Dios, al igual que el samaritano de la parábola, no se hace esas preguntas». Siguiendo este argumento, la misericordia del samaritano –ese misericordiar tangible y directo– se convierte en un símbolo que ilumina la presencia de lo divino en lo humano. Por ello, actuar conforme a este modelo no es una alternativa que se pueda dejar o tomar, cual asignatura optativa. ¿Por qué? Pues porque nos encontramos, nada más y nada menos, que ante el sacramento de la vocación cristiana; es decir, ante el ejercicio que dota de cuerpo a la fe, de pasión a la esperanza y de vitalidad al amor y que estructura la manera en que el cristiano debe habitar en el mundo. 

Las decisiones que tomamos al actuar suponen descubrir cómo hemos de orientarnos en la vida. Por ello, hay que ser capaces de fundamentar una actitud de respuesta frente a la presencia de los demás –es decir, «del otro»– que nos lleve a no instrumentalizarlo ni a utilizarlo como un objeto para nuestros fines (actitud propia del sacerdote y el levita). Se necesita, por tanto, de los otros sujetos para ser reconocidos como sujetos nosotros también (como el samaritano). Sería interesante, por no decir necesario, interiorizar esta cuestión durante la Cuaresma. ¡Pero ojo! La práctica del misericordiar no ha de verse como una obligación o una sanción –no seamos tan simplistas–, sino como la forma básica de ser personas. La libertad de actuación, la praxis que nos muestra el samaritano, es una conquista personal que nos lleva toda la vida. Otras formas de libertad se han asumido como derechos, y así hablamos de derecho a la vida, a elegir, a la libre expresión, etc. Pero la libertad que fluye de este misericordiar del samaritano es lo que debería vertebrar ese hacernos a nosotros mismos; es decir, aprender a aprojimarnos

En todo esto, como siempre, la decisión es del individuo. De ahí su responsabilidad. Tanto el sacerdote y el levita como el samaritano tomaron sus respectivas decisiones. Ahora bien, nuestra actitud ante el prójimo revelará mejor que cualquier otra práctica, por muy religiosa que sea, nuestra sinceridad ante Dios. Porque quien se acerque a la revelación, vea la conducta de Jesús de Nazaret o escuche sus enseñanzas y, luego, se encierre o refugie en un espiritualismo ritualista e individualista –preocupado solo por la propia perfección que, a la postre, resulta tan traicionera–, habrá tenido una experiencia engañosa y mutilada. Así pues, nuestra vivencia de la fe tiene que fundamentar, de forma racional, una actitud de respuesta frente al otro orientada a no verlo como un instrumento, sino a reconocerlo en su dignidad y plenitud como ser humano que, para nosotros los cristianos, tiene categoría sacramental.

Podríamos concluir este sutil acercamiento al misericordiar del samaritano diciendo que la parábola contiene una enseñanza magistral respecto a la Misericordia: el amor, el de verdad, no sabe de límites ni de prohibiciones. Es más, si «la misericordia es la suma de la religión cristiana» (Santo Tomás de Aquino dixit; cf. ST, II-II, q. 30, a. 4, ad. 2), el Reino de Dios pertenecerá siempre a quienes reaccionan misericordiando ante la necesidad ajena. Porque esto es lo esencial, lo decisivo: descubrir que el amor es la única verdad y que Dios reside allí donde el ser humano es capaz de amar y preocuparse por los demás. Porque el amor, solo el amor, es lo que verdaderamente nos redime.

Fr. Ángel Fariña, OP