De islas y conejos
Me despierto el otro día con la noticia de que un tal Bad Bunny había desafiado a Donald Trump porque había salido cantando en español en la Superbowl.
Que yo pensaba que ese era un personaje de dibujos animados de cuando mis hijos eran pequeños, pero me dicen mis nietos que no, que es un cantante muy famoso. El caso es que el señor ha cantado -si es que lo que hace es cantar…- en la final de la liga de fútbol americano y debe ser, que no lo sé porque ni lo he visto ni pienso verlo, que su actuación no ha gustado mucho al gobierno estadounidense. Creo que a mí tampoco me hubiera gustado.
Pero no es ese el asunto. Les haya gustado o no, el tal Benito -creo que se llama realmente así, o eso me dicen els néts– habrá cobrado una millonada, digo yo. Que eso de la Superbowl, lo organiza alguien. Debe ser como nuestra final de la Copa del Rey o algo así. Así que me imagino que ese señor, de quien está cobrando es de los mismos a los que él critica.
Que no sé yo si tendrá razón o no en sus críticas. Que podrán ser legítimas y seguramente al final tendrán que ver con estar en contra de las políticas norteamericanas que están desarrollando en cuanto al tema de la inmigración. a echar a los miles de inmigrantes que este señor defendía en su actuación. Vaya. Pero el dinero no lo habrá rechazado, ¿no? ¿O ha sido una actuación no remunerada?
Que oigan, no digo yo que la denuncia esté mal. Nada más lejos de la realidad. Si el trato que se les está dando a los inmigrantes en Estados Unidos y la violencia que eso está generando es inhumano, se dice. Sobre gustos no hi ha res escrit. Por supuesto. Porque las injusticias no se pueden meter debajo de la alfombra, claro que no. No seré yo quien le diga al influencer de turno que deje de usar las redes para alzar la voz contra todo lo que piense que no es justo o está bien. Para algo vivimos en sitios en los que aún hay algo de libertad para opinar.
Pero resulta que entre tanta Superbowl y tanta guerra ideológica y tanto influencer, ¿saben qué? Que también comentan y dicen por ahí que hay otros escándalos. Y si es verdad lo que dicen y comentan y cuentan de los papeles de Epstein, aquello era un horror inhumano terrible y asqueante. Vomitivo. Salvaje. Degradante. Ni adjetivos me salen.
Que se comían a los niños.
Esperen. Déjenme que lo repita.
Se comían a los niños.
Los secuestraban. Los violaban. Los torturaban. Los despedazaban. Y se los comían.
Las élites mundiales, los que nos gobiernan, los que toman las decisiones que tienen el poder de cambiar radicalmente las vidas de todos nosotros. Pederastas, caníbales y satánicos.
Pero no he visto yo aún ninguna publicación denunciando lo que pasaba en aquella isla.
¿Dónde están los titulares? ¿Dónde están los influencers? ¿Dónde están las stories y los retweets y la mare que et va parir!?
¿Será, quizás, que solo denunciamos lo que es estético y queda bien en las redes sociales? Aquello que sabemos que no herirá la sensibilidad de aquellos que nos van a leer. Aquello que nos divierte, nos gusta y nos entretiene. Porque, me aventuro a decir, lo importante no es la denuncia o el que sufre, sino lo bonito que queden las publicaciones, que nos digan lo solidarios que somos.
Collons, que nos unimos a las cuestiones de moda, y se nos olvida las realmente serias. Y eso de las redes. Cuánto daño está haciendo… Sean las que sean las que usan ahora los jóvenes. Como mis nietos.
Arnau Sunyer
