El Bautismo: nombre y misión
Entre tanto sobresalto, de Venezuela a Groenlandia en las lejanías del frío polar, desde el incendio que devora la fiesta inconsciente de los más jóvenes en Suiza, hasta Gaza y Ucrania, y eclipsados los conflictos persistentes, casi siempre en off, de Sudán, Congo o Nigeria… A veces la historia parece diseñada por una malévola inteligencia artificial. Pero los cristianos deberíamos permanecer alerta y, a pesar de todo, anclarnos en la esperanza.
Decía Leon Bloy cuando le preguntaban qué periódico prefería, cuando quiero conocer las últimas noticias leo el Apocalipsis. En definitiva, es en las Escrituras, desde el Génesis al Apocalipsis, y en la liturgia dominical donde se convocan los días y las horas con sentido, en un kairos de vida restaurada, más allá del desgaste inevitable de estos acontecimientos que suceden en el tiempo cronológico, en la historia que arrasa y corroe la esperanza.
Después de las fiestas de la inocencia con la Natividad, entre la Epifanía y el Bautismo del Señor, el gran anuncio que comenzó en Belén bajo la mirada absorta de los pastores empieza a cobrar vigor. Ya no son los relatos de infancia, pues no se trata de una novelita ni de un teatro infantil. Con el Bautismo irrumpe de lleno la vida adulta de Jesús. El gran misterio de la Encarnación se despliega en toda su altura y profundidad cuando los cielos se abrieron y se escuchó la voz: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” El Bautismo inaugura así el inicio de la vida pública de Jesús y la andadura del Reino.
En las tradiciones religiosas hay con frecuencia algún rito de iniciación, la inmersión en el abismo de las aguas es paradigmática, se trata de ser purificado y renacer a la vida, esto es recurrente en las épicas del Héroe. Jesús entra en nuestra carne, en nuestra historia, y también de algún modo en la lógica y la mítica de nuestros relatos, con una pedagogía que nos ayuda a asumir el misterio.
El bautismo de Jesús da sentido a la vocación y misión del bautizado. Inicia el envío. Después del domingo seguirán conduciéndonos por el tiempo ordinario los textos de Mateo recordando las palabras de Jesús, todo lo que da cuerpo al discurso del Reino. Estaría bien que, a la luz de estos textos fortaleciéramos nuestra esperanza, tan amenazada en los comienzos del año. Si el bautismo es misión, los que hemos sido bautizados también estamos bajo el clamor de esa voz que dice: “este es mi hijo”, y como tal habremos de reconocernos en el nombre que con el bautismo hemos recibido. El bautismo despeja un horizonte de envío y misión paralelo al descubrimiento del nombre: fulgor misterioso que encierra ese sabernos llamados en la escucha atenta y dispuesta.
Algo bien distinto de ideologías, partidos, o colectivos del orden que sea que pretendan absorbernos y deshumanizarnos bajo pretexto de libertades que nos salven de la confusión. A nadie se le oculta ya esta deriva hacia la desesperanza y el miedo, que más o menos solapadamente, con intención declarada o con astucia mezquina va prendiendo en nuestras sociedades, a expensas de los conflictos a nivel planetario. Algo insidioso nos debilita, y no es sólo la guerra, la corrupción, la prepotencia al margen del derecho internacional y de los derechos humanos, sino la estupidez reinante, la credulidad ansiosa, el miedo, la negligencia, la superficialidad, la tendencia a encapsularse frente a cualquier amenaza, el afán de hacer soportable en su banalidad, como denunciara H. Arendt, el mal. Banalizar, que no remediar. Una deriva que no deja de ser, sin embargo, culpable. Hace mucho que el “yo no sabía”, ha dejado de tener credibilidad: “¿Cuando te vimos enfermo, desnudo, en la cárcel, extranjero, etc.?” Mt 25, 31-46. En realidad no queremos ver ni saber, buscamos coartadas emocionales y justificaciones racionales a nuestra indiferencia, eludimos responsabilidades, sobre todo cuando sufrimos, de modo que deseamos anestesia para la angustia del vivir, y seguir soñando para amortiguar la conciencia.
Pocos se desnudan y se meten en el río de barro que atraviesa nuestras sociedades descreídas para dejarse bautizar, interpelar, empujar, o romper. Pocos se atreven a oír la voz que les dice “tú eres mi hijo”, pocos se disponen a la andadura despojada del Reino iluminada por el fulgor del nombre. La revelación del nombre, siempre mesiánica, siempre misionera, siempre arrebatadora. Es más fácil sucumbir al hechizo reinante, dejarse devorar por la anomia, tomar pildoritas filosóficas de escepticismo que solidifican nuestra indolencia. Cuantos falsos profetas y gurús circunstanciales a la moda ratificarán y disculparán nuestra cobardía disfrazándola de sabiduría, ese tiempo perdido, recortando un bonsai de aforismos desengañados, perlitas perfumadas en una elegante biblioteca a la moda. Cuando pase esto, decíamos hace cinco años con el COVID, volveremos a abrazarnos y seremos mejores… No parece, sin embargo, que esta muerte lenta y cronificadora de desidia, entre fake news, bulos y miedos se detenga. No nos dejamos llamar hijos, ni osamos escuchar la buena nueva, la verdadera noticia que nos revela el fulgor del nombre y la alegría del envío.
¿Quién se atreve a seguir la estrella en el extravío de la noche del mundo, llegar a la casa de Belén, al desvalimiento del niño, del extranjero, del sinhogar, adorarlo en toda su pobreza, y luego volver a salir? Epifanía, bautismo y misión: esta es la revelación que corona el ciclo de Navidad, que vamos cerrando para iniciar el advenimiento vigoroso, atrevido, esperanzado, de la siembra del Reino, con Mateo.
Sagrario Rollán. Voluntaria de Selvas Amazónicas
