Opinión

Pasarse el juego

En la mayor parte de los cuentos de amor clásicos, el final es algo así como “fueron felices, tuvieron muchos hijos y comieron perdices”. Ala, así, cuarenta o cincuenta años del tirón en una sola frase, cuando nos hemos pasado horas y horas contando las aventuras y desventuras de ambos protagonistas.  Un camino que, muchas veces, tiene como único objetivo llegar a esa frase. En definitiva, superar aquello que se interpone entre la felicidad y los protagonistas.

Porque, sinceramente, no me imagino mucho a los autores de esas historias inventando increíbles aventuras sobre la caca, el cambio de pañales, los despertares nocturnos o las rabietas por los motivos más peregrinos que puedan imaginarse. 

¿Parece contradictorio, verdad? El superar las más arduas ordalías para, al final, disfrutar de una vida sencilla y tranquila en la que ‘no pasa nada’. Quizá lo sea, y quizá no sea tan emocionante para un cuento  el ver cómo se preparan las lentejas o se cambia el pañal, pero que es aquello que, en el fondo, a uno le da la pequeña felicidad del día a día. 

Sucede en muchos videojuegos, también. Una aventura de ritmo frenético que dura, aproximadamente, días o semanas, para terminar con un epílogo que viene a decir “fulanito cumplió sus sueños y el resto de días de su vida fueron una feliz rutina”. Al menos, hasta que sale la segunda parte si el estudio de turno quiere aumentar la cuenta de beneficios… o si es necesaria, que a veces lo es.

Algo así pasa a quienes ya hemos llegado a una cierta edad en la que nos queda más de la mitad de la vida por delante (esperemos), pero hemos dejado atrás el frenesí de la aventura emocionante. Por eso, a veces le digo en broma a mi mujer que nos hemos pasado el juego. ¿Cuál? El que sea. Si hace falta, ya nos sorprenderá la segunda parte.

Asier Solana