Opinión

Carta de un venezolano que aún no puede decir su nombre

Hace algunos días, cerca del 3 de enero, un fraile me escribió para preguntarme si estaba bien. El miedo me silenció. Sí, así como lo lees, miedo. Solo pude decirle: «Sí, estoy bien; estamos bien todos, gracias a Dios». Pero ahora que el «estamos bien» es un poco más real y, ahora que dentro de Venezuela hemos leído algunas cosas —y digo algunas porque no tenemos acceso a todas—, me veo en la obligación, como ciudadano venezolano y como hijo de Santo Domingo de Guzmán, de definir qué significa «estar bien» en los primeros días de enero de 2026 dentro de mi país.

Sí, estoy bien. Bien indignado, porque los que durante 26 años decidieron callar ahora quieren darnos clases de política internacional, de protocolos, de tratados, de formas, de diálogo y de posturas ante lo que hemos vivido.

Sí, estoy bien. Bien sorprendido de que la polarización política en torno a la Administración Trump y la figura del Presidente sea tan fuerte que prefieren defender a un dictador, narcoterrorista y violador de los derechos humanos, argumentando que hubo una «invasión». Aquí no hubo ninguna invasión; las hemos visto en otros países y sabemos cómo son. La madrugada del 3 de enero, el ejército estadounidense realizó una operación quirúrgica para la extracción de un criminal de lesa humanidad por el cual ofrecían una recompensa de 50 millones de dólares, cifra superior a la ofrecida por Osama bin Laden en su momento; y esto ya dice mucho.

Los más de 150 aviones que entraron a Caracas atacaron estructuras militares identificadas y llenaron de pánico al país, pero es el pánico que más hemos agradecido. Nos despertamos con la noticia de que Maduro estaba en EE. UU. esperando ser presentado ante un juez. Gracias, Norteamérica, por brindarle un juicio justo; él y Cilia Flores no saben lo que eso significa porque nunca permitieron que los presos políticos tuviesen acceso a derechos humanos básicos y condiciones de mínima dignidad en sus detenciones. Basta con ver Ramo Verde o el Helicoide.

Sí, estoy bien. Bien impresionado porque les parece un atropello contra la soberanía nacional lo que EE. UU. hizo para capturar a Maduro. Pero, ¿qué les sorprende? Nosotros hace 26 años dejamos de tener soberanía; cubanos, chinos y rusos la han violado de tal manera que en el ataque murieron 32 soldados cubanos encargados de cuidar al «presidente ilegítimo». Eso sin contar lo que estos países hacen desde tiempos de Chávez, el principal responsable de todo lo que ha sufrido el pueblo. Él permitió su injerencia en muchas cosas, por ejemplo: en las fuerzas armadas, en la industria petrolera o en la extracción de oro que, por cierto, Delcy Rodríguez sabe llevar muy bien hasta España.

Sí, estoy bien. Bien triste, porque les aterrorizan las muertes del 3 de enero, pero durante años callaron cuando los venezolanos gritábamos ¡S.O.S! Solo en las manifestaciones de 2017 murieron 157 inocentes entre los que destacan jóvenes, estudiantes y hasta adolescentes; en 2024 hubo 25 muertos tras las elecciones que nos robaron, y 22 presos políticos han muerto bajo custodia del Estado. Me da tristeza verlos juzgar una sola noche cuando ignoraron años de represión sostenida.

Sí, estoy bien. Bien agradecido por el petróleo que ahora sí podremos disfrutar. Veo gobiernos de izquierda preocupados por el «oro negro» y con razón, porque con él se sostienen, tal como se ha sostenido la dictadura en Cuba durante décadas. No nos preocupan nuestros recursos ahora; nos han robado tanto que lo único que nos queda es la esperanza de ser libres. Durante la era chavista y madurista, Cuba, China, Rusia y otros países gobernados por la izquierda fueron quienes realmente se robaron el petróleo venezolano. Es fácil hablar de los intereses de EE. UU. sin memoria histórica, olvidando las expropiaciones de Chávez donde sin respeto alguno por el debido proceso o los principios básicos del estado de derecho y del principio de legalidad, las petroleras extranjeras que habían realizado inversión legal en Venezuela perdieron millones de dólares en procesos continuos de expropiaciones injustas. 

Esto no se trata de ideologías, de derecha o izquierda; se trata de gente. Se trata de mis hermanos, de los más de 8 millones de venezolanos que se fueron a pie porque preferían eso a morir en manos del Socialismo del Siglo XXI. ¿Qué hizo la comunidad internacional entonces? Se trata también de los que nos quedamos, levantándonos para pedir a Dios que no perdamos la esperanza mientras trabajamos con un salario de 3 dólares, sin agua ni luz, rogando no caer en un hospital donde la muerte está más cerca que la vida.

Se trata de merecer ser libres. Hoy escribo esta carta sin poner mi nombre porque en mi país no hay libertad de expresión; porque desde 2007 se cierra todo medio de comunicación que sea objetivo o no comulgue con las exigencias del régimen. Escribo desde el silencio, esperando el día en el que, por fin, pueda decir mi propio nombre sin miedo estando en Venezuela.