Religión

Cuando Dios se va (III): Recorrer vacíos

“Brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa”

Is 35, 6

Hoy el periódico me ayudó a comenzar este artículo: “Los escombros son parte de la patria a la que no renunciaremos” Así decía Mohammed Dwahreh, palestino de Gaza, luego de regresar a lo que era su casa tras los bombardeos que lo destruyeron todo. Ya nada se parece a lo que dejó cuando fue obligado a salir de su barrio con su familia. Sin embargo, Él percibe que algo hay en estos escombros que no es basura. Su esperanza nos sugiere algo más. En las ruinas hay una posibilidad, un brillo, un destello de lo que fuimos, pero también de lo que puede ser. 

Cuando Dios se va podemos recorrer nuestras ruinas. El vacío que dejó lo que fue, los agujeros de la frustración. Aprender a vivir en la apertura o en el desgarro y hacernos amigos de la fría espera, pueden ser si nos atrevemos un poco, un lugar desde dónde Dios puede venir. Será necesaria la paciencia de quien recorre desiertos y cultivar el arte de permanecer en lo inhóspito, hasta que la sequedad nos revele su posibilidad. Y es que cuando entramos en la oscuridad de que Dios puede que no esté, acogernos a la desconcertante rendición de nuestras limitaciones puede ofrecernos, en algún momento de nuestra perseverancia, el calor de un regreso inédito. 

El Evangelio de Mateo nos propone el vacío, la carencia, como un espacio de Dios: En la desnudez, el hambre, la necesidad, Dios está (Mt 25). Jesús no duda en hacer depender el juicio de toda la humanidad de la capacidad de descubrir en la carencia de alimento, ropa, hogar, la carencia-presencia de Dios. Dios está unido, en el espacio sufriente, a toda persona humana. No se trata simplemente de desarrollar caridad, sino de reconocer el vacío de lo humano como un espacio a recorrer porque Dios se encuentra allí. Las ruinas de lo humano son para Dios el lugar desde dónde se nos hace solidario. Si nos acercamos a la desnudez y al hambre de quien sufre, podremos navegar ese vacío para que Dios nos salga al encuentro en el barco de la solidaridad. 

Los discípulos de Emaús (Lc 24) también pueden ayudarnos a recorrer este vacío. El relato de Lucas nos ofrece la historia de un fracaso, de un quiebre irreparable: ¿Qué hacer con tanta expectativa? ¿Cómo volver a andar luego de la muerte? ¿Qué hacer con el amor? Hay que volver sobre el camino, peregrinar las ausencias, no permitir que oídos y corazón se paralicen, atreverse una vez más a la acogida. Si el vacío se transforma en búsqueda y camino compartido, puede ser que en el hogar que la tristeza reunió, y a través de lo partido, podamos vislumbrar a Aquel que nunca se fue.

En Chile se encuentra el desierto más árido del mundo: el desierto de Atacama. El clima hace que la vida sea casi imposible: altísimas temperaturas en el día y descensos abruptos por la noche. El paisaje es duro: rocas y planicies sin vestigios de nada. Sin embargo, cada 3 o 5 años, los perseverantes vientos arrastran consigo semillas de otros lugares, las siembran en el silencio y el anonimato de los vacíos abiertos que sus soplos recorren. De un momento a otro, llega sorpresivamente la lluvia altiplánica. Y sucede: lo que parecía muerto y seco, florece. El desierto florido se despliega como un jardín en medio de una nada que parecía que negaba la vida. Allí lo que parecía muerto, recobra la vida. 

Cuando Dios se va, podemos recorrer sus vacíos y desiertos, hasta arrancarle a lo inhóspito y al dolor, el mapa por el cual Dios regresa. 

fr. Ignacio Castro Ortega op