Un hospital en Yaoundé
Como cada año en estas fechas vuelvo en misión a África, esta vez he venido antes, en pleno agosto, dejando atrás la ola de incendios que asolaba nuestras tierras. Estuve en Yaoundé, Camerún un mes largo, haciendo voluntariado en el hospital de San Martín de Porres de las hermanas dominicas, fundado por la hermana Cristina Antolín. Ahora estoy de vuelta en Malabo, y trato de colocar en la memoria la experiencia allí vivida, algo que podría resumir en tres palabras: experiencia de misericordia entrañable.
Hace tiempo compartí en La llama algunas reflexiones sobre el sentido del sufrimiento, que ahora se me revelan en toda su hondura y trascienden mi entendimiento de entonces para anidar en algún lugar mucho más íntimo del corazón. Asumir como misión la asistencia pastoral y psicológica, de acompañamiento, en cuidados paliativos ha sido un reto insospechado. En realidad pienso que cuando escribía sobre el sentido del sufrimiento no había tocado tan de cerca las fibras vivas del daño en la carne, en el cuerpo y los huesos postrados, en las venas sondeadas una y otra vez por las vías abiertas del gotero para aliviar el dolor físico. Y mucho menos podía sospechar la vulnerabilidad de la enfermedad tal como aquí se vive: la precariedad económica, el miedo a la muerte, las sospechas y la angustia trabadas en torno a creencias ancestrales de rituales y letanías que, de alguna manera, se anudan en el cuerpo y en la sangre. La ronda por las camas de hospital es un viaje iniciático, un camino de discipulado: peregrinos de esperanza en este año jubilar, una prueba de esperanza y de fe, sin duda…
Las preguntas se agolpan, imaginando a los pies de la colina, que se levanta frente a las terrazas del hospital, el muladar de Job, y me vienen a la memoria los títulos de dos obras emblemáticas del dominico Bernard Bro, que podrían muy bien servir de pórtico y de cierre a esta reflexión: ¿Que diablos hacia Dios antes de crear el mundo? y Ama y sabrás todo.
A tal propósito recordaba también algunas lecturas que me habían impactado cuando regresé de mi primera misión en África, y que contribuyeron a mi interés por Camerún. Se trata de los escritos del jesuita francés Eric de Rosny (1930 -2012) el cual se metió a fondo en el mundo africano de curaciones y maestros curanderos, la brujería, el mal de ojo, etc. Todo esto sin dejar su vocación de sacerdote católico y pastor de almas. Si algo aprendí de estas lecturas fue a dejarme descolocar, para mirar el sufrimiento, el dolor y la angustia por el daño físico y moral de frente, más allá de las estrecheces habituales de nuestros parámetros médicos y científicos. Estas reflexiones me empujaban además a una reflexión nueva sobre los milagros de las curaciones de Jesús en los evangelios, para intentar trascender la lectura superficial de un relato de otros tiempos.
Lejos de prejuicios y condenas de una antropología ilustrada, Eric de Rosny se aproximó a los enfermos y a los hechizados, descubriendo entramados sociales y familiares en el cuerpo y en la mente de los enfermos que lo situaban muy cerca de ellos, del lado de sus afectos. Cómplice de su mentalidad, sin juzgar ni condenar, pudo ganarse la confianza y en ocasiones restaurar la fe en la vida, la estima personal, así como allanar el camino en vistas a la solución de conflictos familiares. Es decir, fue capaz de comprender, acompañar, consolar. Pues no siempre se puede curar.
Desde el cuerpo físico herido y el constructo psíquico trastornado, queda por subrayar ese otro nivel más profundo y trascendente de la vivencia espiritual de la enfermedad. Y aquí es la filósofa francesa de origen judío Simone Weil (1909- 1943) quien nos da luz, ella que empezó siendo agnóstica y entró en el Evangelio de la Cruz justamente a través del dolor compartido con los desarraigados de su sociedad, campesinos y obreros explotados como fuerza de trabajo y de producción en la Francia de entreguerras.
No hay que desviar la mirada del sufrimiento de los otros, sino asumirlo para mejor comprender bla naturaleza humana, escribe Weil, así me ayudaba a ponerme de aquel lado, sin juicios ni prejuicios, sin escrúpulos, sin repugnancias, lo cual no es evidente porque los hospitales aquí no son asépticos y pulidos, inodoros e insonoros como allá. En los pasillos de San Rafael, así se llama la sección de paliativos, en las misas con los enfermos que se hacían en la sala de espera, experimenté verdaderamente estas otras palabras de la filósofa sobre la que ya había escrito y trabajado: la respuesta al sufrimiento no es el olvido sino la capacidad de amar, porque el encuentro con la desgracia puede ser paradójicamente la ocasión de un encuentro con lo divino, que nos permita elevarnos más allá del sufrimiento. Las semanas de la misión en el hospital de las dominicas, los enfermos, desde el dolor, la generosidad y la acogida, han sido para mi ocasión de esta gracia, testigos privilegiados del peso de la muerte y la esperanza de la resurrección: anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, los enfermos y el equipo de médicos y enfermeros, en sus actitudes de atención y compasión, han sido para mi como un sacramento.
Sagrario Rollán
