Teoría de la relatividad
En el monasterio hay tareas que van rotando semanalmente. Sobre todo, las que se refieren a la Misa y la mesa. En el comedor las hermanas se van turnando entre servir, fregar o leer –pues nuestras Constituciones establecen que las monjas nutran el espíritu con una lectura provechosa mientras alimentan el cuerpo−. En el coro sucede lo mismo con algunos oficios como el de hebdomadaria –la hermana que semanalmente dirige los rezos−, versicularia –la que entona los salmos− o las lectoras –sea del oficio o de la Eucaristía.
Esta semana me tocaba proclamar la lectura de la Misa. Digo “proclamar” porque me creo firmemente que el contexto de la liturgia hace que sea mucho más que simplemente leer. Habitualmente mi oración personal se alimenta con la meditación de las lecturas de la misa, pero, aun así, la semana que me corresponde esta tarea, procuro mirarlas antes con más detenimiento –y más ahora que hay una versión distinta del leccionario que cambia las expresiones−. Procuro que la entonación, pronunciación y el sentido de la lectura sean lo más correcto posible y así la asamblea pueda recibir la Palabra sin que el mensajero desfigure el mensaje. A veces me pregunto si este cuidado que pongo son ganas de lucirme o manías mías. Pero más bien lo vivo como una responsabilidad hacia quienes conforman la comunidad y que se merecen que el lector no interfiera, distorsione, ni distraiga en el alimento de la Palabra que cada día nos regala la Iglesia en su liturgia.
El caso es que, a pesar del repaso que hago con anterioridad –y esto confirma mi experiencia de que la Palabra en la Eucaristía tiene una fuerza especial que no acontece en mi celda cuando estoy sola meditando− me sucede algunas veces que el mismo pasaje, al proclamarlo o escucharlo en el contexto de la celebración, adquiere una profundidad o perspectiva que no había valorado antes.
Estos días pasados, con la lectura de la carta de san Pablo a los Corintios me encontré con un pasaje (8, 1b-7. 11-13) que he tenido que haber escuchado, leído y meditado un puñado de veces antes de esta y que, sin embargo, me sorprendió precisamente mientras era mi voz la que estaba pronunciado aquellas palabras desde el ambón.
«Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos –decía el apóstol−, sabemos que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno». «Sin embargo –continuaba diciendo −, no todos tienen este conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia está insegura, se mancha. Así por tu conocimiento se pierde el inseguro, un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecáis contra Cristo, por eso, −concluía− si por una cuestión de alimentos peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro».
Mientras mi voz recuperaba la firmeza para asegurar: “Palabra de Dios”, miré al comienzo de la lectura y me aseguré de que fuera Pablo quien había dicho aquello. El mismo Pablo que en la carta a los Gálatas (2, 11-14) confesaba su desavenencia con Pedro a causa de este mismo tema: «Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible. En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo a los de la circuncisión. Los demás judíos comenzaron a simular con él, hasta el punto de que incluso Bernabé se vio arrastrado a su simulación».
El maestro de los gentiles, el defensor a ultranza de la libertad de los seguidores de Cristo, sometiéndose a una norma contraria a la doctrina que proclama. ¿Cómo era esto posible? ¿No caía en la misma simulación que le había reprochado a Pedro? Consultando la Biblia de Jerusalén, los oportunos paralelos aclaraban la razón de su postura, tan crítica con algunos y tan comprensiva con otros: «No vayas a destruir la obra de Dios –el hermano débil o la comunidad, dice la nota a pie de página− por un alimento. Todo es puro, ciertamente, pero es malo comer dando escándalo» había dicho a los romanos. Y en la misma cita a los corintios, el fragmento del leccionario se saltaba una frase significativa: «Tened cuidado que esa vuestra libertad no sirva de tropiezo a los débiles».
La aparente contradicción me ocupó unas cuantas horas. Quisiéramos las cosas fáciles. Una lista de lo que es correcto y lo que no lo es. Un guion que nos indique la voluntad de Dios aquí y ahora. Pero hay decisiones en nuestra vida que no están determinadas. En algunas ocasiones nuestras acciones pueden ser neutras y lo que hace que se conviertan en reprensibles o encomiables son las motivaciones e intenciones con que las hacemos, o la ausencia de ellas. Con frecuencia había identificado ambos aspectos, como si fuera suficiente con tener buena voluntad, o con que el hecho cometido no pudiera considerarse malo en sí mismo. Sin embargo, en el caso de Pedro, por ejemplo, la intención había sido buena –no generar escándalo− pero la motivación era ambigua –por cobardía, por miedo, con doblez−, teniendo como consecuencias la confusión. Las buenas intenciones no bastan. Y el hecho de que nuestras motivaciones no sean reprochables tampoco es suficiente: Pablo tenía derecho y fundamento para comer carne ofrecida a los ídolos. Hay motivaciones no evangélicas –el miedo, la necesidad de aprobación o de reconocimiento− que confunden a los débiles tanto como la falta de buenas intenciones en el ejercicio de motivaciones legítimas –la libertad de Pablo es legítima, pero por encima está el bien del hermano−.
El problema no es comer o no comer. Las acciones son muchas veces subjetivas y el juicio de los demás sobre nuestro proceder también lo es. A los ojos de quienes no nos quieren, hagamos lo que hagamos estará mal hecho. El corazón de los que nos aman, en cambio, estará siempre dispuesto a buscar un atenuante para aquello que no pueden pasar por bueno. Por eso, muchas veces estamos solos con nuestra conciencia delante de Dios, como dice el mismo san Pablo: «Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón» (1 Co 4, 3-5). Es nuestro corazón el que experimenta la contradicción entre la motivación −que nos empuja o tira de nosotros, siempre desde atrás− y la intención, −que nos atrae hacia adelante en una u otra dirección−. Es en lo escondido del corazón donde se libra la batalla en la que solo el amor y la libertad, −de la mano, porque no hay amor sin libertad ni libertad para otra cosa que no sea amar− pueden reconciliar ambos aspectos de nuestro discernir y nuestro actuar. Y solo Dios conoce esa antesala de nuestro proceder.
A falta de un libro de instrucciones sobre nuestra libertad y un programa concreto para la vida de cada día, jamás tendremos la garantía de proceder con absoluta lucidez y sin engaño. Y por eso, sin renunciar a la tarea permanente que conlleva la libertad, debemos descansar también en la confianza de san Juan: «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino con obras y según la verdad. En esto sabremos que somos de la verdad, y tendremos nuestra conciencia tranquila ante él, aunque nuestra conciencia nos condene –o la opinión de los demás, añado yo−, pues Dios, que lo sabe todo, está por encima de nuestra conciencia» (1 Jn 3, 18-20).
Sor Teresa Cadarso
