¿De dónde eres?
El verano en Caleruega es tiempo de trasiego. La temporada suele comenzar con grupos pertenecientes o cercanos al carisma dominicano con quienes la comunidad celebra la Eucaristía. Julio es sinónimo de Familia Dominicana, con el encuentro anual que se organiza aquí; pero también de novicios, frailes y monjas de todo el mundo que aprovechan el calor para conocer la Cuna de su santo Fundador. Agosto, por supuesto, es el mes dominicano por excelencia: el 2 conmemoramos al Beato Manés, “nuestro tío”; el 8 es la fiesta solemne de santo Domingo de Guzmán, que se estira entre el 7 y el 9 −¡como mínimo!− entre vísperas, Misa y procesiones; y el 18 es la fiesta de Santa Juana de Aza, madre del santo, y primera Señora de Caleruega.
Con tantas celebraciones e hijos de la Orden como pasan por aquí, se multiplican las predicaciones sobre el Carisma, la vida y persona de Nuestro Padre. Las hay de todo gusto y color. Para mí, es muy interesante cuando coinciden en un breve tiempo dos personas de distinta procedencia que peregrinan a Caleruega y comentan algún episodio de la historia de nuestros orígenes. ¡Los mismos hechos significan cosas muy diversas para unos y otros! Mi teoría es que, según el contexto en que habitamos, así ven nuestros ojos y así funciona nuestra mente. También creo que, según la problemática que nos ocupa, así leemos la historia. Cuando son frailes de frontera suelen poner el acento en el episodio de la venta de los libros en Palencia. Cuando son frailes de vida conventual y gusto por la liturgia, prefieren hablar de Prulla y aquella primera fundación precedida por las monjas de vida contemplativa.
Para mi desgracia y mi sorpresa, tampoco hay año que no falte la teoría sobre Caleruega, según la cual este lugar no sería demasiado importante para los dominicos puesto que Santo Domingo “solo vivió aquí unos 8 años y nunca más volvió”. Mientras el mundo se hace rico vendiendo terapias prenatales para que el feto, ya desde el seno materno, tenga una positiva experiencia cuyo recuerdo quedará fijado para siempre en su memoria, algunos quieren hacer de menos la patria chica de un santo porque “solo vivió aquí ocho años”. Es curioso que se legitime la falta de interés por la Cuna del Fundador con un argumento tan contrario a las corrientes más en boga. Desde el punto de vista de la psicología y la historia, no hay apoyos para semejante conclusión tan gratuita.
Coincide –y pido perdón por ponerme de ejemplo− que esta que escribe nació y vivió sus primeros ocho años de vida en una ciudad –Lima− a la que nunca más volvió –y todo parece indicar que no volveré−. Cuando nos sentamos en familia y recordamos nuestro tiempo limeños soy, sin duda, la que menos puede intervenir. Mis recuerdos están difuminados, y sin embargo todavía hoy me parece escuchar las risas en aquella casa de santa María de Palao que siempre tenía las puertas abiertas y unos chifles, o morochitas y una inkacola para compartir –además de cocacola, claro−. Me pregunto si a Domingo no le pasaría algo parecido; al convidar vino a las monjas de Roma, ¿no era posible que su mente volara por un instante a las matanzas del cerdo en su pueblo con todas sus gentes compartiendo alrededor del fuego? Hace poco, una noche en que desperté con los ladridos de los perros, estuve a punto de salir a la calle para prevenir el temblor. Por suerte, cuando me estaba calzando, me acordé de que estaba en España y de que aquí no había temblores.
Me puedo imaginar a Fray Domingo por los caminos del sur de Francia distinguiendo el sonido de las campanas según llamaran a misa, a difunto, a fiesta o previnieran del fuego, como había aprendido en su pueblo de Castilla. Mi pronunciación de la letra “c” y “z” creo que pasa desapercibida en la actualidad, pero en confianza no he abandonado el uso de la expresión “linda”, o de la palabra “huachafo” o “chévere”. Domingo debió de hablar en latín los últimos quince años de su vida, como mínimo, pero puedo imaginarlo en París hablando en castellano con su hermano Manés o con fray Juan de España; o cantando por los caminos alguna melodía de su tierra natal.
Cuando volví a comer, después de veintitrés años, unas típicas papas a la huancaína, no recordaba qué ingredientes llevaba ese plato, pero mi menté voló miles de kilómetros y retrocedió en el tiempo, porque la memoria olfativa a veces retiene más que la intelectual ¿No podría haberle pasado algo parecido a Domingo aquel día que unos ángeles le sirvieron unos panes blancos y deliciosos? Yo no sabría colocar en un mapa de Lima dónde estaba nuestra casa, pero cierro los ojos y puedo verme tirando globos llenos de agua desde la planta de arriba, en pleno carnaval, y me pregunto si fray Domingo no llevaría consigo los recuerdos del tiempo de la vendimia y lo divertido que era pisar la uva o lo mucho que le gustaba bajar a la bodega de su casa.
No me sé la letra del himno de Perú, pero me puedo ver en el patio del colegio, cada lunes, con la mano temblorosa en el corazón y los labios pronunciando aquel “Somos libres” mientras, por lo bajo, temía que me identificaran con aquellos españoles colonizadores de los que cantaban: que algún día las playas de Iberia sentirán de su estruendo el terror. ¿Y no es posible que fray Domingo, cuando defendía con tanto ímpetu el camino de la paz en el Languedoc, recordara todavía las lágrimas que las consecuencias de la reconquista había tantas veces hecho brotar de los ojos de sus paisanos? Me equivoco con frecuencia al poner nombres a nuestros vecinos, pero mi oración no olvida los dramas que de niña vi sin entender. Pienso que Domingo, cada vez que suplicaba ¡Misericordia! acogía en sí mismo el sufrimiento que tantas veces había presenciado sin poder dar explicación ni olvidar: el dolor de las mujeres a las que la violencia había arrancado a sus hijos y el vacío que la guerra había dejado en los hogares de su Castilla natal cuando él era niño. No puedo identificar muchos lugares de la Capital peruana en la que nací, pero nada me hace olvidar la ilusión que me hacía montar en cholo-taxi a la vuelta del mercado, o lo feliz que era con las bolsitas de maní dulce que compraban en el semáforo al volver del colegio. Es posible que, si volviera, ya no quedara casi nada de lo que mi mente infantil conserva como si fuera un tesoro, pero todavía resuena aquella despedida en el aeropuerto: No te olvides de la tierra que te vio nacer.
Me he dado cuenta que, en las presentaciones, después de preguntar por el nombre, la gente acostumbra a interesarse por la procedencia: ¿De dónde eres? Y me he acostumbrado −para no dar muchas explicaciones ni faltar a la verdad− a decir: de Madrid. Sin embargo, cuando intento poner en orden mi persona y entenderme a mí misma, no puedo obviar semejante dato. El lugar de nacimiento y de mis primeros años de vida me configura y me ha marcado para siempre. Y eso que –a diferencia de Domingo− la tierra que me vio nacer a mí no era la tierra de mi familia –yo era criolla, como me decía−. Pero conmigo llevo aquella tierra y está presente cuando me pregunto quién soy y me adentro en las profundidades de mi identidad, por mucho que “solo pasara allí ocho años”.
Pienso que Domingo de Guzmán quizá se olvidó también del nombre de aquella vecina que le acariciaba los cabellos rubios al pasar por su puerta o de aquella que le invitaba alguna uva de sus racimos, pero siempre llevó consigo el olor de los campos de trigo, el sabor del pan recién horneado y los rostros curtidos por el sol de Castilla. Cada vez que su corazón de hijo añorara el amor de sus padres y el calor de la familia, su mirada debió de proyectar sus sonrisas a la sombra del torreón. Reconozco que se convirtió en un santo universal, pero sostengo que si queremos adentrarnos en su identidad y personalidad es forzoso partir de este lugar concreto que lo vio nacer.
Y es que, cada vez que alguien le preguntó: ¿Y de dónde viene usted? Él siempre debió de responder: de Caleruega. Por eso, volver a las fuentes, para un hijo de Domingo de Guzmán, es volver a Caleruega.
Sor Teresa Cadarso, OP
Créditos de la Imagen: Juan José Revenga
