Cultura

Volver a Galilea: El Hombre Tranquilo de John Ford

No soy yo mucho de John Ford, lo admito aquí ante todos ustedes y desde el principio para que queden las cosas claras. Siempre digo que elegiría a muchos antes que a él. Y jamás pensé que después de tanto tiempo sin hacerlo, me sentaría de nuevo a escribir, nada más y nada menos, que sobre la dupla Ford-Wayne. Pero cuando las cosas están bien hechas, están bien hechas. Y resulta que «El hombre tranquilo» (John Ford, 1952) es de esas películas que, digan lo que digan los modernos y alternativos (que no expertos, porque para eso hay que saber), está maravillosamente concebida. Hasta tal punto que me sigue sorprendiendo, y maravillando claro está, que esa escena en el cementerio, esa camisa pegada al pecho y ese beso, consiguieran evadir el código Hays. Pero no es de eso de lo que vengo hoy a hablar. 

Porque, aunque bañada en cerveza y con muchos señores irlandeses gritándose y pegándose cada dos por tres, no es más que una historia sobre el regreso al hogar, al origen, al sitio que nos vio nacer y que, por mucho que a veces nos pese, nos conoce como si nos hubiera parido. Y volver al principio no es más que un esfuerzo por entender el final. Es por eso que Sean Thornton, que tuvo la suerte (o la desgracia) de ser personificado por John Wayne, retorna a Innisfree, porque solo en ese regreso a su Galilea personal será capaz de entenderse a sí mismo. Porque los orígenes siempre sacan a relucir la verdad. Y es en ese intento por deshacerse de todo lo que arrastra de su paso por el Nuevo Mundo, donde se da cuenta de que, en realidad, uno no puede renunciar a lo que verdaderamente es. Pues, escribe Gil de Biedma, a quien del mundo huye raras veces la vida le perdona. 

Volver al hogar, volver a Galilea no es más que releerlo todo desde el final. A partir de la derrota y la cruz, sí pero también de la victoria. Desde ese nuevo comienzo por el que también hay que luchar (y que se lo digan al señor Thornton), porque hay cosas, y personas, por las que sí merece la pena pegarse a diestro y siniestro. Aunque sea, al menos, una última vez. Hay quienes se lo merecen. No que les pegues (que también), sino que pongas sus necesidades por encima de las tuyas. 

Es simple y llanamente, un intento por volver a leerlo todo desde lo que sabemos ahora y deshacer los pasos que te trajeron a donde estás hoy. 

Ojo, que tampoco hay que caer en la tentación de mirar, y sobre todo juzgar, el pasado de cada uno con los ojos, los conocimientos y los sentimientos del ahora. Porque no se lo merece. Ese pasado, el tuyo, el mío, lo hizo lo mejor que pudo y supo en aquellos momentos. Y es eso lo único que hay que tenerle en cuenta y reconocerle. No se trata de retroceder, porque hacia atrás ni para coger carrerilla (que diría mi profesora de Historia de España), sino de volver al primer amor. Porque no es nostalgia, es más bien esperanza en el futuro y lo que está por venir. Es regresar al inicio para mirar con perspectiva, y por ende entender, el final. Igual que Sean Thornton encuentra en ese origen su fin último y descubre allí algo, y alguien, por lo que luchar. Esta vez de verdad. Volver a Galilea, como volver a Innisfree, es volver a uno mismo. Especialmente en estos días marcados por lenguas de fuego, palomas y vientos huracanados. Y es que el verde en Innisfree brilla más, los caballos corren más rápido, el agua cae con más fuerza. Y probablemente la cerveza sepa mejor.

Elena Martín Tascón