La orla de su manto
“En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban” (Marcos 6)
Tocar, sanar, sufrir, rozar, acariciar… La orla de su manto: efluvios de caridad, irradiación de vida, arroparse “al aire de su vuelo”, arrojar la pena al paso cálido y amoroso de su bondad. Cuando el dolor mudo, cuando el aguante soportado, cuando alguien en silencio, cuando otro alguien indiferente o ciego, cuando las multitudes apretujadas, cuando sin nombre, bocas ebrias de insano griterío, cuando “somos legión”, cuando precipitarse por los acantilados más oscuros con los animales impuros, cuando la sangre incontenible, cuando cuerpos arrastran la ignominia, cuando almas no lo saben decir, tan sólo atreverse a tocar, rozar… Temblar luego de miedo y alegría la vez: “mujer tu fe te ha salvado”
Por fin vamos acabando estos días las lecturas rabiosas, por decirlo de alguna manera, del Antiguo Testamento en el libro de Samuel, las andanzas de David, las batallas ganadas en nombre de Dios. Ese modo de matar, destruir, prevalecer, triunfar, etc. Tengo que confesaros que estaba deseando que se terminara este ciclo porque realmente lo que resonaba en mí escuchando la proclamación de la Palabra era un eco de las noticias espantosas y dolorosísimas de todo lo que está pasando en la franja de Gaza, y en otros lugares que de dejan de ser noticia, por la fuerza de nuevas violencias. Terrorismo y muertes de inocentes. En el templo, como en los noticiarios, mejor desconectar. Cierto que paralelamente el evangelio de Marcos nos iba presentando curación y compasión en las andanzas de Jesús y sus discípulos. Así quizá resaltaba más el contraste entre los dos Testamentos, la novedad de la “buena noticia” de Jesús. Me consoló por fin la luz que se despejaba alguno de esos días y venía a resplandecer con la niña de Jairo: “Talita cumi, no está muerta, sino dormida”
Marcos es difícil, Marcos es desgarrador también porque la curación da cuenta de un dolor previo, lacerante y enquistado, largamente soportado, de una casi desesperación, de parálisis, de la angustia que hasta ahora nadie ha sabido ensanchar con el salto de la fe y el amor confiado. ¡Ay, qué duro suena a nuestros oídos ilustrados y a nuestro corazón empedernido Marcos! Nociones e ideologías postmodernas llegan a bloquear nuestra comprensión del relato de la curación del poseído que habitaba los sepulcros, y luego el envío de los demonios a la piara de cerdos que se precipitan por los acantilados. Todavía no he escuchado una homilía que alivie un poco el espanto de este terrible drama.
Así pues, entre carnavales y cuaresmas, me detengo un momento, para caligrafiar después y despacio este recorrido, con la hemorroísa y la hija de Jairo: con la niña dormida en su inconsciencia, con la mujer desviviendo(se), porque se le va la vida en el flujo incontenible de sangre. Intento colocarme en esa otra orilla: no entender, no saber, no gustar, en palabras de san Juan de la Cruz. Os invito pues, a esa atención serena, a dejarnos estar, entre el texto hermético y la ruidosa multidud: “¿por qué alborotais y estáis llorando?” Por si un acaso os invito a encontrar el lugar del corazón donde tal vez arrodillar el deseo, o tal vez rozar la orla, orilla, andadura de su manto, abajado a las penas de tantas muchedumbres sufrientes y mudas, en franjas, periferias, geografías ignoradas del dolor.
Sagrario Rollán
