Opinión

Aprender a improvisar

El otro día recibí un correo que comenzaba diciéndome Si el año pasado por estas fechas te llegan a decir lo que te espera en el nuevo año, nos morimos juntas. Y la verdad es que yo misma llevo unos días pensando en el giro de 180º que ha dado mi vida sin verlo venir. Me acordaba de la entrada que publiqué en este mismo blog, titulada “Plan de vida 2023: confiar”: Desde entonces solo tengo un proyecto de vida, una intención para cada año nuevo: aprender a confiar. Dejar que Dios sea Dios. Y disfrutar con sus ocurrencias que desde aquel “Paquito el chocolatero” no ha dejado de superarse. ¡Qué peligroso es escribir! Parece que Dios lee el blog de la Llama y me ha tomado la palabra.

Durante años, había creído que mi error estaba en los planes: que no se ajustaban con realismo a mi persona y a mis circunstancias y por eso nunca llegaban a término. Me pasaba los doce meses del año corrigiendo y tachando el proyecto en base a los imprevistos que iban apareciendo. Aunque fueran los últimos 15 días del año, a ver si algo de todos aquellos papeles y buenas intenciones encajaba con lo que al final había sido mi vida en ese tiempo. El resultado era desolador. Y no porque el año fuera terrible en sí mismo, sino porque no se correspondía nunca con lo que yo había pensado.

No sé cómo se llaman esas maquinitas que tenemos que manejar cuando hay que pasar el test de coordinación para renovar el carné de conducir; hay una pantalla y un volante y la prueba consiste en ir dirigiendo el “coche”, a derecha o a izquierda, para permanecer –en la medida de lo posible- dentro del carril. En realidad, el coche no avanza, sino que es todo lo demás lo que se le viene encima –las circunstancias–, y tú tienes que moverlo hacia los lados en función de lo que se va aproximando. En ese simulador –si se puede llamar así– tú solo tienes que reaccionar a lo que va a venir: derecha o izquierda, no hay más opciones. Si te equivocas –chocas o te sales de la línea– lo último que debes hacer es querer enmendar el fallo. Como pretendas ir arreglando los estropicios que has hecho, irás siempre unas milésimas de segundo por detrás y, en consecuencia, te irás saliendo constantemente del camino y tragándote todos los obstáculos que se suponía que tenías que esquivar. En ese recorrido solo existe el presente: dónde te colocas en este momento con esto que te viene encima ahora.

Como en la maquinita aquella, me pasaba la vida retrasándome, intentando corregir el error –los imprevistos que no había visto llegar–. En lugar de seguir y fijarme en lo que venía a continuación, duplicaba y triplicaba los choques y tropezones en el camino por mirar hacia atrás y no de frente. A lo largo de estos doce meses he descubierto que lo que determina la capacidad de superar los imprevistos no es el acierto en las previsiones. El éxito, en contra de lo que yo creía, no está en poseer una lúcida visión de lo que somos capaces y de lo que nuestro entorno nos va a ofrecer. No basta con el realismo, el orden, la tenacidad, y el empeño. Los imprevistos son parte integrante de la vida y no simplemente un accidente que aprender a esquivar en el camino. He llegado a la conclusión de que no es más feliz el más organizado sino el que mejor improvisa. No consiste tanto en prever bien el futuro, como en asumir con madurez el presente.

«Y también vemos cuán neciamente se plantea la cuestión del sentido de la vida cuando no se sitúa en toda su concreción del aquí y del ahora. Desde esta perspectiva, preguntar por el “sentido de la vida” ha de parecernos tan ingenuo como, por ejemplo, la pregunta de un reportero que entrevista a un campeón mundial de ajedrez preguntándole: “Así pues, respetable maestro, dígame, ¿cuál es para usted el mejor movimiento?”. Pues ¿acaso hay uno solo, un solo movimiento que pudiera ser no solo bueno, sino incluso el mejor, y en todo caso al margen de una situación del juego concreta y totalmente definida, al margen de una posición concreta de las figuras sobre el tablero?» (Viktor Frankl, A pesar de todo, decir sí a la vida)

Vivimos en un mundo con un exceso de ofertas: puedes ser lo que quieras; puedes hacer lo que quieras y tantas veces como quieras. Nada es irremediable –nos venden–. Todas las decisiones son posibles y todas son subsanables en cuanto tú lo decidas. Y cuando la realidad te impone algo, o las decisiones tienen consecuencias insalvables: ¡es una injusticia! Pero lo cierto es que las cosas más importantes de nuestra vida no las hemos elegido y que en la vida real, aunque no seamos conscientes de ello, todo tiene unas consecuencias que son en sí mismas definitivas. Y eso no significa que estemos condenados a “chocarnos” contra ellas. Los hombres más libres de la historia han sido aquellos que supieron abrirse camino con circunstancias muchas veces impuestas o con graves errores cuyas consecuencias supieron asumir. A eso me refiero con el arte de improvisar. No se trata de vivir sin cabeza, irresponsablemente, sino de caminar en el presente. Es cuestión de vivir suficientemente desprendido –porque aferrarse a cualquier cosa puede suponer tener las manos demasiado ocupadas para acoger lo que llega–. De vivir confiado: en uno mismo, en los demás, en la bondad de la vida y, sobre todo, en Dios que no permitirá que la prueba supere nuestras fuerzas y que es capaz de hacer que todo redunde en nuestro bien. Y es un rasgo que requiere decisión: mirar hacia adelante, a lo que llega, sin estar constantemente volviendo la vista atrás –hacia lo que nosotros pensábamos. Saber acoger lo bueno y enfrentar lo menos bueno para que no tenga la última palabra sobre nosotros.

«Luego están los costes de los proyectos, que nos hacen cerrarnos frente a los hechos, frente a los demás y frente a la realidad, que ya no aceptamos como lo que es, sino como búsqueda que nos confirme nuestros pensamientos. Y si la realidad contradice mis planes, es ella la que está equivocada. Y yo, esclavizado por mis expectativas, pierdo la paz, la sinceridad, la humildad, la capacidad de acoger, y por mis propios proyectos no me doy cuenta de que estoy arruinando mi vida, mis relaciones, mi equilibrio, mi capacidad de crecer, de dejarme evolucionar, de aprender a estar donde la vida me coloca. Despilfarro la sencillez de ser yo mismo, sacrificado en nombre de un títere de mi imaginación. Y no alcanzo los objetivos naturales de mi existencia. Y realmente no sé ya qué tengo que hacer con mi vida y no he amado a nadie por lo que era, porque quería algo más» (Fabio Rosini, El arte de una vida sana)

«Mis planes no son vuestros planes» dice el Señor por medio del profeta. Y cuando añade: «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes» (Is. 55, 9) nos está dando la clave. El problema no es que sean planes “diferentes”; el problema es que nuestros planes son muchas veces mundanos, de tejas para abajo, mediocres, porque los calculamos desde nuestras capacidades y para satisfacer nuestras carencias. Pero sus planes tienen otra perspectiva, otro punto de apoyo ¡su Gracia! y otra motivación ¡su Amor! que los hace completamente distintos.

“Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, es el veneno que alimenta al resignado, al prudente –en el peor sentido de la palabra–, al burgués acomodado. Es la tumba en que se ahoga sin posibilidad el plan de Dios para cada uno de nosotros. Un plan que nunca coincide con nuestros esquemas cuadriculados, conformistas y tranquilos –¡a mí no me compliques la vida!– pero que es fruto de su Amor por nosotros que no se conforma con que seamos gente “satisfecha” o “tranquila”. «Mi paz os doy, pero no la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27).

Sor Teresa Cadarso, OP