La noche de Dios
“La noche es tiempo de salvación”
Himno de la Liturgia de las Horas
Este año el Adviento me ha dejado una sensación de que estamos entrando en una noche larga. Este tiempo me ha tocado escuchar y palpar esperas que no comenzaron en diciembre, sino hace mucho más tiempo. Para algunos, la oscuridad es una compañera con la que convivir cada día, y para otros, es una realidad que acompañar en situaciones muy difíciles.
La noche es una realidad dura. La oscuridad puede hacerse densa en algunos rincones y comenzar a teñir la vida. Sin luz el camino es difícil y, lo que puede ser peor, nuestros ojos pueden acostumbrarse a ella. Como dice la psicoanalista Constanza Michelson, “la noche tiene una inteligencia, no obstante, el día y sus razones no le han dado descanso”.
Y con todo, la Navidad sucede de noche. En la tradición cristiana lo importante sucede en la oscuridad y sin muchos testigos. En un día y una noche que podría ser cualquiera, en un mundo complicado y polarizado, Dios se cuela en la historia humana por la puerta oscura y silenciosa de los bordes.
El relato de Lucas nos abre a la noche. De manera sutil pasamos de las grandezas brillantes del emperador Augusto al oscuro pesebre de Belén. Cómo si de un lento silenciamiento se tratara, vamos del bullicio imperial, largos censos, una ciudad llena y sin espacio para migrantes peregrinos, al solitario y silencioso establo. Es en este camino, cada vez más nocturno, que podemos reconocer algunas maneras específicas de andar en él. O él en nosotros.
La primera manera tiene que ver con el posadero. El relato es bastante escueto, pero suficiente para señalar que “no había sitio en la posada” (Lc 2, 7). Ante unos días tan complejos y con tanta gente venida de lejos es fácil no encontrar lugar. Sobre todo, si los peregrinos son de un pueblo tan perdido, viniendo sin ninguna previsión y con un embarazo apresurado. Y es que en la noche es difícil ver bien detrás de la puerta… Los prejuicios, el miedo y una prudencia malsana pueden protegernos, pero replegarnos de la vida que está fuera. La noche es peligrosa cuando es sinónimo de lo extraño, y no hemos conocido la noche de otros, la de los del otro lado, los de fuera, los que no son como yo.
La segunda manera es la de los pastores. Para ellos la noche es su casa. Conocen sus riesgos, pero saben que la tarea del cuidado se aplica a las ovejas y también entre compañeros. El frío de la noche cala los huesos, pero el calor del diálogo y de la vida compartida lo hacen llevable. Lucas nos los describe “a pleno campo”, y es que, en su tarea, la intemperie nocturna es espacio abierto y libre de muchos “peros”, permitiendo una hospitalidad honda que incluye, incluso, ángeles de todo tipo.
Los pastores, mientras vigilaban en la noche, fueron sorprendidos por lo inesperado. Su destreza surcando lo incierto de los caminos nocturnos les habilitó para reconocer en la sencillez y la pobreza, que conocían muy bien, el destello de una luz diferente. Se trata de “un sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), pero que se acuna en el desamparo, en la fragilidad y lo incierto de una noche oscura y llena de preguntas.
La Navidad, para que sea cristiana, se da en medio de la noche, ante los ojos de quienes viven en ella. Su resplandor es diferente: nos señala que ya no estamos solas y solos. Todos los fracasos y límites tienen cabida y comprensión en el Dios-humano de todos los pesebres. De ahí que las luces (¿e inteligencias?) artificiales pierden su atractivo ante una la luz de toda luz.
Que esta nochebuena nos encuentre al abrigo de una hospitalidad nocturna y pastoril, que incluya ángeles, pero también posaderos y familias sospechosas, para poder ver, juntas y juntos la gloria de Dios en toda fragilidad
¡Feliz Navidad!
fr. Ignacio Castro Ortega op
