El clericalismo: un cáncer con metástasis
Llevo bastante tiempo sin escribir. No es que me haya vuelto vago o perezoso. No. La razón de este «silencio» es que me he autoimpuesto una especie de largos «ejercicios espirituales» donde he procurado que la protagonista fuese la soledad buscada. Sin salir de mi entorno habitual -dado que mis obligaciones y responsabilidades me impiden el poder disfrutar de la libertad que da la itinerancia frailuna- y alejado lo más posible del teléfono móvil me he dedicado a leer y rezar con tranquilidad monástica.
Durante estos meses, en mis lecturas, he descubierto a María Zambrano. Una autora a la que solo conocía de oídas. Sus obras le han dado una sacudida a mi necedad y torpeza abriendo mi razonamiento de tal forma que me he lamentado, y de qué manera, por no haberlo hecho con anterioridad. «Los bienaventurados», «Hacia un saber sobre el alma» o «El hombre y lo divino» entre otras, han sido lecturas que me han mostrado una espiritualidad razonada que echa por tierra tantos ídolos que a lo largo de la historia han reducido lo trascendente a la etapa del parvulario. Otra lectura -la cual recomiendo a todo aquel que sienta verdadero placer por el saber- ha sido «El elogio del pensar. Una cuestión de principio» (Palabra, 2023). Un pequeño libro de apenas 110 páginas donde el filósofo Ricardo Piñero Moral nos indica que ya va siendo hora de «abandonar el postureo y decantarnos por empeñar nuestras fuerzas en lo que de verdad importa» (p. 19). En el ámbito de la oración he recuperado el Rosario. Quizá algunos autores y lectores de este medio me tachen de carca y antiguo. Algo que, con toda sinceridad, me importa cada vez menos.
Pero ha sido Zambrano la que me ha indicado que hay que recuperar la piedad. Sí, la piedad que, según la pensadora malagueña, «se manifiesta en lenguaje sagrado, que es acción» (cfr. «El hombre y lo divino», Alianza editorial, 2019, p.256). Por ello, he recuperado algo tan señero e identitario de la Orden de Predicadores como es el Rosario. Durante estos «ejercicios espirituales» también he intentado seguir con detenimiento el desarrollo de la primera parte del Sínodo sobre la Sinodalidad. Desde las meditaciones dadas por nuestro hermano en la Orden Timothy Radcliffe –siempre tan certero, con tanta frescura, desde el sentido común… tan de Dios-, pasando por la «dudas cardenalicias» y sus respuestas -en las que quizá se van notando ya los matices del nuevo Prefecto de Doctrina de la Fe- hasta la síntesis de la Asamblea Sinodal, he intentado estar al día sobre este acontecimiento eclesial. Algunos hermanos me han preguntado cuál ha sido mi impresión. A lo que yo he respondido con toda sinceridad: «nada nuevo bajo el sol».
Sin embargo, hay una lectura que no me ha dejado indiferente: la intervención del papa Francisco al terminar la Asamblea Sinodal.
En este texto el Papa hace un crítica considerable al clericalismo. Sin tropiezo alguno en su lengua se despacha a gusto exponiendo que los malos de la película somos los presbíteros. Y no digo yo que el Papa no tenga algo de razón en esto. ¡Claro que la tiene! Pero, ¿qué ocurriría si le damos la vuelta al calcetín? ¿Por qué no intentamos hacer otra hermenéutica de sus palabras? El Santo Padre ha manifestado que «cuando los ministros se exceden en su servicio y maltratan al pueblo de Dios, desfiguran el rostro de la Iglesia (…)». A lo que yo me pregunto: ¿Y cuando este maltrato fruto de un exceso en el servicio lo realiza el laico agente de pastoral… el rostro de la Iglesia se queda tal cual? ¿Solo tenemos poder para desfigurar la Iglesia los clérigos? ¿Por qué no afrontamos de una vez, también, desde la sinodalidad, el grave problema del «clericalismo laical»? Qué razón tenía mi abuela cuando me decía: «En la Iglesia, nadie es el niño de San Antonio».
Sé que la etimología del término clericalismo no hace referencia alguna al estado laical ( clericalismo según la RAE) y que el origen de este «látigo» -en palabras del Papa- reside en los clérigos. De esto último no cabe duda alguna. Pero la praxis clericalista se ha extendido, desgraciadamente, cual metástasis, por gran parte del santo pueblo fiel de Dios: Un empoderamiento mal entendido sobre lo que es el servicio pastoral del laico; una vocación frustrada en busca de revanchas; el narcisismo pastoral; el creer que no se necesita saber nada más; la pandemia del relativismo; el postureo eclesial; una afectividad no equilibrada; el querer mantener un estilo pastoral postconciliar que feneció hace décadas… todo esto y algunas cosas más, dejan a la intemperie la urgencia de una espiritualidad razonada. Y es que todos, clérigos y laicos agentes de pastoral, todos «hemos ensuciado y hemos dañado» con nuestros clericalismos -siguiendo con los términos utilizados por Francisco- el dulce rostro de la Iglesia, cual niño de parvulario, al que no le importa que su baby del colegio esté de cualquier forma.
Cuando me disponía a escribir esta entrada para la web meditaba -para un proyecto que tengo en mente- un texto del Evangelio. En concreto los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). Un texto que nos habla de hacer camino juntos. De todos es conocido el relato y lo que nos cuenta: Alguien que, por propia iniciativa, sale al encuentro de dos que huyen frustrados y, con una curiosidad bien interpretada, va a reconducirlos a Jerusalén cuando todo termine. Mi meditación me llevó a formular una cuestión: ¿El origen de cualquier clericalismo -a la luz de este pasaje- podría estar en que nos creemos ese «alguien» que sale al encuentro? ¿No sería más sinodal aceptar que somos el que acompaña a Cleofás (cfr. Lc 24,18) -el único de los dos caminantes al que se le da identidad en el texto- y reconocer con humildad que necesitamos que ese Alguien nos muestre una espiritualidad razonada que nos sacuda en nuestra necedad y torpeza, para convertir nuestro frío y clerical corazón en uno ardiente y sinodal? El clericalismo, cualquier clericalismo, nos convierte en creyentes incrédulos como les ocurría a los dos que se dirigían a Emaús. Por eso, pienso yo, que urge dejar ya a un lado, eclesialmente hablando, tanta sensiblería y espectáculo emocional que lo único que consigue es crear nidos de clericalismo. Y cómo no, abandonar, tanto clérigos como laicos agentes de pastoral, postureos y dedicarnos a lo que de verdad importa «dejándonos iluminar por la luz de la inteligencia» (Zambrano dixit).
Fr. Ángel Fariña, OP
