Religión

Verano misionero con “mis otras jóvenes”

            Es innegable que uno de los mayores acontecimientos de este pasado verano fue la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, que congregó – según la organización – a cerca de un millón de personas. Los meses previos, al menos en ámbito eclesial, un sinfín de conversaciones giraron en torno a este macro evento. Planes, convocatorias, grupos movilizándose, emoción y expectación antes del comienzo. Emoción, caminatas, encuentros, conciertos y reflexiones durante esos días. Subidón, encuentros, recuerdos, conversiones, nuevos amigos, y ganas de hacer nuevos planes era de lo que se hablaba a la vuelta. Sin duda, un evento que a pocos dejó indiferentes, hayan participado o no.

            Tantas conversaciones y tanta literatura en torno a estas jornadas confieso que me emocionaba y me sobrepasaba quizá en partes iguales. Y la “clásica” pregunta saltaba cada poco: y tú, ¿no vas a la JMJ? Quizá en un principio me esmeraba más en dar una respuesta políticamente correcta de por qué no, otras veces solo me encogía de hombros, incluso a veces hacía alusión a otras misiones que también existen en verano. Y, por favor, que nadie malinterprete esas líneas, que nada hay en contra de estas jornadas.

            En cualquier caso, y al margen de motivos y motivaciones, el “efecto JMJ” me llevó a pensar (ampliamente) en todas esas misiones cotidianas, o de proximidad, o simplemente “las que están siempre ahí”, que en algunos casos pasaron a un segundo plano para que los jóvenes – y no tan jóvenes – tuvieran la experiencia de participar en la JMJ. Es precisamente este tipo de misión en donde centré mi verano.

            Tuve la oportunidad de compartir misión de verano con “mis otras jóvenes”: mi comunidad de mayores. En edadsumaban 1.199 años, pero desde luego jóvenes en toda regla en cuanto a espíritu se refiere. Fue un tiempo de auténtica misión. Llegué a una comunidad en donde compartí tiempo de mucha calidad con 14 hermanas. Todo el tiempo me imaginé viviendo con mi abuela, ¡multiplicada por 14! y eso era genial. Yo tenía la misión de estar, acompañarlas, cuidarlas, y ellas claramente se tomaron a pecho la misión de cuidarme, acompañarme y estar. Esto fue un camino de ida y vuelta constante. Desde el primer día me hicieron sentir “en mi salsa” y en mi casa, con una apertura sorprendente, no porque no fuera posible, sino porque yo no me la imaginaba. 

            Fue un tiempo intenso en donde hubo muchas conversaciones de vida y de historia viva. Compartimos, o más bien me compartieron ellas, muy interesantes experiencias y vivencias de cómo la vida ha ido cambiando, las costumbres, las diferencias entre “antes y ahora”, de un continente a otro…. todo siempre desde la reflexión de cómo lo importante en esta vida es evolucionar en formas, siendo capaz de adaptarte a cada sitio y momento histórico, sin perder ni tu esencia ni la esencia de nuestro carisma.

Compartir vida con tanta “sabiduría acumulada” me pareció todo un lujo. También lo fue el vivir de primera mano esas ganas de vivir y de hacer cosas. Es verdad que físicamente hay muchas cosas que ya no les es posible hacer, pero ver cómo me animaban a que las hiciera yo me pareció todo un testimonio. Generalmente la frase estrella era: “en mis tiempos era impensable, ahora lo veo bien, yo ya no tengo fuerzas, ¡pero tu sí!, ponte a ello”. Quizá esta apertura es difícil de entender en toda su dimensión si no se ha tenido oportunidad de vivirla en primera persona.

De este tiempo compartido con ellas es imposible plasmar en estas líneas todo lo vivido. Quizá me quedaría con dos experiencias, una más profunda y la otra más festiva. La primera fue la celebración de la fiesta de Santo Domingo. Fue emocionante ver como todas, sin excepción (hasta la más mayor con 95 años), se involucraron en preparar la fiesta, todas se animaron a salir al claustro, y prepararon una actividad en la que todas pudieran participar. Pensaron en algo compartido entre comunidad, hermanas de otras comunidades, trabajadores, amigos del barrio, y quien se quiso unir. Fue sencillo pero muy especial, y por supuesto, la comida de fiesta no pudo faltar.

La otra, más lúdica, fue comenzar con la tradición del “tardeo”. Todo empezó un día que una de las hermanas me preguntó: “¿y ahora qué hacen los jóvenes?” y se me ocurrió contarle lo que era el tardeo: el hacer planes de tarde con los amigos para compartir, tomar algo… ¡Fue todo un hitazo! Así que empezamos a convocar a las hermanas por megafonía a bajar a sesiones de tardeo, a veces con música, a veces con helado, otras con horchata. El “con qué” era lo de menos, lo maravilloso fue que les pareció un “planazo” de los jóvenes que ellas también podían hacer. Me atrevo a decir que rejuveneció a más de una, y como pasaran 3 o 4 días sin convocatoria, ¡alguna hermana la reclamaba!

            No habrá sido la JMJ, pero esta experiencia con “mis jóvenes” caló y lo hizo profundamente. Ojalá seamos capaces de transmitir a nuestros jóvenes cómo canalizar esa energía desbordante generada en los maxi-eventos para compartir tiempo y vida en misiones de proximidad que también generan vida y lo hacen en abundancia.

Mónica Marco, CSD