¿Pueden los cristianos ser felices?
Si me preguntas a mí, que soy cristiana, lógicamente te diré que sí. Tendría que replantearme mi religión si pensase que no es posible la felicidad por mi fe. ¿Quién no quiere ser feliz? Así que voy a centrarme en intentar explicar cómo un cristiano puede ser feliz, en mi humilde opinión.
Por partir de una fuente más seria y reflexionada que mi propia experiencia, vamos a empezar por la Biblia, en concreto por las bienaventuranzas. En general, el texto tiene un formato que vendría a ser: “Bienaventurados los que *inserte razón por la que están mal*, porque *inserte forma en la que Dios cuida de ellos*”.
Con estas palabras, Jesús nos está diciendo que, en los malos momentos, cuando no encontramos la forma de ser felices, ahí está Dios; el único que nos puede dar una felicidad auténtica. San Agustín escribe que su alma busca a Dios porque lo que busca es una vida feliz. Es importante para el cristiano tener siempre presente esa búsqueda, porque si no podríamos caer en la desesperanza de creer que no hay consuelo para los que lloran o no vale la pena mantener el corazón limpio en este mundo a veces muy sucio.
Además este texto también es una enseñanza sobre la vocación. Si alguna vez le habéis preguntado a un padre qué le gustaría que fuera su hijo de mayor, seguro que os han respondido: “Lo que quiera, mientras sea de verdad feliz”. ¿Y a qué estamos llamados por nuestro Padre sino a ser felices? La vocación o la llamada de cada uno marca el camino que Dios le sugiere para alcanzar esa vida feliz. En concreto, en las bienaventuranzas habla de una llamada a trabajar por la justicia y la paz.
Antes de pasar al siguiente punto, por favor, que mi miserable resumen de las bienaventuranzas no te quite las ganas de releer el texto original. Creo que es precioso cómo cada vez una se siente interpelada por un verso diferente. Pero, por motivos logísticos, no lo copiaré entero aquí.
Y ahora, la parte más subjetiva de mi reflexión. Mi experiencia como cristiana que, como cualquiera, busca la felicidad. Por un lado, supongo que todos y todas en algún momento le damos vueltas a lo que nos hace realmente felices, aunque sea porque nos interpela una típica película Disney con moraleja. Si pienso en cuándo he sido realmente feliz me viene a la cabeza muchos momentos con mi familia y también con amigos que no dejan de ser otra manera de formar familia.
Por otro lado, ha habido momentos en los que la felicidad ha sido extraordinaria y no tenía que ver sólo con quién estaba a mi alrededor. Recuerdo llegar a Santiago de Compostela o a Santo Toribio después de días de peregrinación y algunas oraciones en Pascuas o campos de trabajo. Seguro que también puedes pensar en momentos en los que te has encontrado con el Señor que te han pillado con el corazón abierto y entiendes de qué estoy hablando. Supongo que tiene que ver con descubrir a qué te llama Dios y sentir la paz de que si tomas ese camino serás feliz. Y lo supongo porque es lo que he visto en mi vida. Cada vez que tomo una decisión siendo fiel a mi fe siento esa paz.
No significa que después de una conversión una persona no va a volver a pasarlo mal jamás. Un cristiano vive tantos momentos duros como cualquiera. Ahí están las bienaventuranzas para advertirlo, nadie dirá que no estaba avisado. Pero sí tenemos la esperanza y la promesa de que pase lo que pase estamos llamados a ser felices y que Dios es la fuente de la auténtica felicidad. Cuidado, que felicidad no es sinónimo de comodidad. A veces, esa llamada nos llevará a escoger el camino difícil. En ‘Alma misionera’ cantamos: “Llévame donde los hombres necesiten tus palabras” con mucha alegría, pero realmente, un lugar donde falta la palabra de Dios puede ser un infierno. También puede ser que uno tenga vocación de padre y sabe que su llamada le va a quitar muchas horas de sueño. Sin embargo, conozco tanto misioneros como padres ojerosos a quienes se les nota que son felices.
Hasta aquí mi ‘review’ personal de este método casero para la felicidad. Continúo en ese camino que con sus piedras y baches sigue dándome una alegría y una paz que no he encontrado en ningún otro sitio. Y como san Agustín, ojalá no abandone nunca esta búsqueda de la felicidad en quien realmente puede dármela.
Miriam Simón
