Religión

Meditación de Adviento (II)

¡Ilusiónate!

Vivimos tiempos de desidia. Sí, sé que a priori esto puede sonar catastrófico a la par que tremendista, pero es la realidad de no pocas generaciones. Las decepciones y los desánimos junto a todos los desencantos que nos invaden, consiguen que nos instalemos en una actitud en la que nos parece que venimos de vuelta de todo. Y me pregunto: ¿Dónde han quedado las ilusiones que nos impulsaron a tomar la mayor decisión de nuestra vida? ¿Dónde hemos escondido la pasión que trasmitíamos no mucho tiempo atrás? ¿Qué pasó con todo aquello que se proyectaba y que nos quitaba el sueño, porque la ilusión de llevarlo a cabo era tan fuerte que la falta de dormir y el cansancio no suponía problema alguno? ¿Dónde quedó aquel ser profundamente enamorado que no podía ocultar la sonrisa, porque la ilusión le hacía cosquillas en la zona abdominal? Muchos le echan la culpa a la COVID-19. Pero esa es la respuesta fácil, la cómoda, la que trasmite -si leemos entre líneas- «déjame en paz»; «no cuentes conmigo»; «todo va a fracasar»; «esto es un desastre»… Y es que la indiferencia -señora mala donde las haya- se ha adueñado de nuestros estados de ánimo y ha conseguido su propósito: que la ilusión se esfume. Y la batalla parece que está perdida. Pero lo cierto es que aún quedamos muchos en pie -más de los que imaginamos- y con fuerzas. Solo tenemos que dirigirnos por un momento hacia donde hemos dejado tirada la ilusión, y regresar sintiéndonos capaces -porque lo somos- de recuperar las ganas de emprender nuevas esperanzas. Por ello, sería bueno pararnos, serenarnos y pensar de manera detenida sobre la ilusión en nuestras vidas. El tiempo de Adviento es un tiempo precioso para ello. No olvidemos que este tiempo no nos prepara para la Navidad. No caigamos en esa ridiculez. El Adviento nos prepara para la vida: para afrontarla, para sentirla, para vivirla… y por qué no, para soñarla y ser capaces de acurrucarla en un pesebre. Ahora bien, no me digan que esto de la ilusión es solo para los más pequeños, que a estas alturas del año ya están mirando al cielo buscando la estrella de Oriente, porque no es cierto. La ilusión es ese «lugar» en el que todos, absolutamente todos adquirimos la fuerza necesaria que nos estimula para poder ejercitar nuestro ser en todo su potencial.

Ilusionarnos, si lo pensamos con detenimiento, es mirar de forma atenta al futuro, al mañana, a lo que está por venir. Y si esa mirada apunta más allá de nuestra nariz, es decir, si somos capaces de ampliar la mirada y traspasar nuestros egoísmos llenos de caprichos narcisistas y nuestras posturas endogámicas, lo que vamos a encontrar es una considerable apertura a toda posibilidad, a toda realización. No significa esto la negación del aquí y ahora haciendo de lo ocurrido hasta el presente un prólogo de lo que está por venir, o la conclusión de lo sucedido hasta ese momento. No. No seamos tan cortitos de miras; miremos más allá de nuestra nariz. Porque se trata, más bien, de ver oportunidades donde nuestro pesimismo solo ve necesidades y carencias, y ser capaces de reconocer que nada está perdido de manera total. ¿Por qué nos rendimos con tanta facilidad? ¿Por qué tiramos la toalla antes de intentarlo una vez más? ¿Por qué salimos corriendo -algo que siempre he oído que es de cobardes- ante la más mínima frustración y desencuentro? No pretendo querer dar la impresión de ser un iluso y mucho menos un «romántico» -esto último no me pega para nada- pero creo que no estaría nada mal ilusionarnos y pensar que lo que habita más allá de nosotros mismos pero que lo llevamos en nuestras entrañas, puede llegar a ser posible. Porque cuando surge en cada uno de nosotros la ilusión y ese ilusionarnos posee la suficiente fuerza como para asumir todos los riesgos de nuestro propio ser, ello significa que estamos preparados para ennoblecer la vida de la que somos portadores. Sí, porque lo que ocurre en esa situación es que nos interrogamos y reflexionamos; nos llenamos de dudas y elaboramos en nuestro interior una experiencia que pretende correr el riesgo de superar esquemas y circuitos repetidos de forma cansina y que ya no hacen sentir, ya no estremecen, ya no hacen vibrar ni trasmiten ni emocionan ni ilusionan. En definitiva, ser capaces de saltar más allá de lo acostumbrado, para poder así conquistar nuevos horizontes que hagan de la existencia la caricia más estremecedora que se pueda sentir: la de Dios.

Hay que decir, siempre en honor a la verdad, que no todo lo que nos ilusiona puede que nos convenga -esto daría para otra meditación-. Pero la realidad que hay detrás de la ilusión es que tiene el poder de llevar a la praxis ese «nosotros mismos» y no el que los otros quieren que seamos. Ese -el que los otros quieren- siempre va a echar por tierra, frustrar, destruir y eliminar el estado de felicidad pura en el que podríamos haber sido plenos cuasi en su totalidad. Porque si de algo habla la ilusión, si algo posee el hecho de ilusionarnos es la libertad necesaria para poder construirnos como personas. Y me vuelvo a cuestionar una vez más: ¿Qué nos está impidiendo alzar las manos y desear alcanzar la gloria? ¿Qué nos está impidiendo ilusionarnos y soñar juntos un futuro mejor? ¿Quién se atreve a decir que nuestras ilusiones de hoy no anticipan la plenitud que tendremos mañana? Todas estas preguntas -y muchas otras parecidas que pueden surgir- tienen su respuesta, claro está. Lo que ocurre es que no me atrevo a ponerlas por escrito aquí. Solo sé que sin ilusiones el futuro está muerto, pero porque lo habremos asesinado nosotros. Y la consecuencia de todo esto es que la esperanza… ¡ay la esperanza! Esta gran virtud huye y desaparece porque ya no es querida ni bien recibida. ¿Por qué? Pues porque hemos conseguido, nosotros solitos, que pierda su razón de ser.  

Fr. Ángel Fariña, OP