El hábito no hace al monje…
El día que tomé el hábito -aquel caluroso y sevillano 1 de noviembre de 2009- un amigo me envió un sobre en el que había una tarjeta. Y en dicha tarjeta se podía leer: «el hábito no hace al monje… pero ayuda». Sí, en el sobre también había 50 euros y en un possit decía: «para libros». Este buen amigo -ya fallecido y que me conocía muy bien- lo que me quería trasmitir era que fuera coherente con lo que había decidido. Que lo importante a partir de ese día no era el hábito -sin llegar a despreciarlo, claro está- sino todo lo que iba a experimentar, descubrir y aprender y que estaba representado en los libros.
Así las cosas, últimamente parece que se reclama, aún más, -porque a decir verdad no ha desaparecido del todo- la presenciadel hábito en todo momento y lugar, es decir, intramuros y extramuros. Y esto no está mal, claro que no. Ahora bien, a la hora de «reclamar» el hábitoquizá sería bueno pararse a pensar con detenimiento unas cuantas veces. Porque el hábito es para la persona religiosa, para nadie más. Me explico. El hábito tiene la finalidad de ser «un recordatorio» para quien lo usa. Sí, el hábito nos recuerda qué es lo que se ha escogido desde la libertad, qué se ha decidido ser y qué es lo que no se quiere hacer. En definitiva, el hábito recuerda que la coherencia debe vertebrar toda la vida de quien lo lleva y que ahí, solo ahí reside lo esencial. Porque lo importante no es la forma de vestir, sino la manera de vivir. Y quien no lo entienda así debería hacérselo mirar, dado que no estamos ante una cuestión de fashion week. Por ello, cuando se reclama el hábito desde cualquier ámbito -digo esto porque muchos laicos también echan en cara el supuesto poco uso del hábito- sería conveniente activar todos los radares y mantener distancia de seguridad. Sí, porque se podría estar ante un «fetiche de uniformes». Lo sé, se me puede tachar de exagerado a la par que grosero. Pero no se puede negar -porque lo sabemos muy bien- que la viña del Señor alberga de todo.
Lo verdaderamente revolucionario en este tema, lo que de veras hará pensar a quien tenga dos deditos de frente es mostrar el ser íntegros en la vida que se ha escogido. Así pues, ¿de qué vale pasear el hábito si nos mostramos impasibles ante cualquier situación de vulnerabilidad? ¿De qué sirve el hábito si la misericordia, la comprensión y la ternura -notas características del evangelio- no se encarnan en quien lo porta? ¿Para qué el hábito si no se reconoce la «caricia divina» en todo ser humano, sea quien sea y como sea? Y es que vivimos unos tiempos en los que no se debería reclamar tanto hábito. Llegará ese momento; no desconfiemos. Pero ahora, en nuestro hoy, habría que exigir antes que otra cosa, coherencia comenzando por uno mismo. Porque a más autenticidad, menos errores se van a cometer; a más coherencia, más centrados se estará en lo que de veras hay que estar; a más integridad, más confianza nos depositarán. Lo demás -de todos es sabido- llegará de una manera u otra.
Mi amigo, el de la tarjeta con el recadito y los 50 euros, me insistió más de una vez en esta cuestión. Porque él sabía perfectamente que una vida sostenida por la autenticidad y la coherencia es la única manera de conseguir el ser únicos e irrepetibles. Como también sabía que, gracias a estas dos características, la hipocresía no tendría cabida en nuestra existencia. Algo que el hábito, en no pocas situaciones, no es capaz de conseguir.
Fr. Ángel Fariña, OP
